El planteamiento estratégico de las relaciones Turquía-Venezuela (informe especial)
América Latina
Martes, 04 de Diciembre de 2018

Misión Verdad - Video: teleSUR.- El arribo de Recep Tayyip Erdoğan a Venezuela significa un nuevo capítulo de las relaciones internacionales en un mundo que reconfigura sus mapas de alianzas políticas, comerciales y financieras. Turquía está dispuesta a fortalecer los lazos económicos con el Estado venezolano, y de manera contundente lo asume con creces desde el Foro de Negocios binacional en Caracas.

 

El presidente turco confirmó esto con su discurso, en el que dio el respaldo al gobierno de Nicolás Maduro frente a la política de sanciones de los Estados Unidos y dijo ver un "gran potencial" en las futuras relaciones comerciales turcas-venezolanas, enmarcadas en un plan de inversión de alrededor 4.500 millones de euros.

Con el fin de reunir a los sectores económicos afines de ambos países, sobre todo en las áreas de turismo, energía, cultural, agro, etc., Erdoğan y Maduro estrechan manos para poner en marcha un plan que aumente los niveles de intercambio en un momento álgido de Venezuela, que busca marcar un camino propio para esquivar el bloqueo financiero y al mismo tiempo construir relaciones geopolíticas acorde a los intereses de la nación.

La visita del presidente turco, sin embargo, deja ver una nueva escala de las relaciones con América Latina y Venezuela, en lo que se entrecruzan distintos aspectos de la geopolítica actual, así como los planteamientos en los que ambos países buscan redimensionar su rol en el caótico orden internacional actual. En eso ahondaremos a continuación.

Rápida historia de un nuevo planteamiento geopolítico

Desde el año 2007 en adelante, con el fortalecimiento del partido gobernante AKP del presidente Recep Tayyip Erdoğan, la República de Turquía ha venido incrementando su presencia geopolítica en América Latina y El Caribe, lo que representa un cambio de paradigma de su papel en las relaciones internacionales de hoy.

La joven República, construida posteriormente al desmembramiento del Imperio Otomano, mantuvo una relación marcada por el pragmatismo hacia las potencias occidentales en el marco de la Guerra Fría, como parte de su posicionamiento estratégico durante el siglo XX. Su acelerado proceso de modernización y de reformas políticas marcó un ritmo político inclinado hacia el fortalecimiento de la nación que contrastó con un impulso geopolítico limitado.

Con la caída de la URSS y la emergencia de la unipolaridad estadounidense, Turquía fue alineada definitivamente al bloque occidental tras su ingreso definitivo a la OTAN, en el marco de una agenda de sucuritización para la proyección geopolítica del eje atlántico hacia Los Balcanes y Medio Oriente. La culminación de este proceso de asimilación concluiría, definitivamente, con la incorporación de Turquía a la Unión Europea, proceso que se detuvo en 2007, generando contradicciones y recelos por parte de la élite turca.

El proceso de deterioro de la hegemonía estadounidense y la emergencia de un mundo de rasgos multipolares que flexibilizaba la disputa por zonas de influencia, fue acompañado por una relectura interesante de los ideólogos fundamentales del AKP sobre el papel de Turquía en las relaciones internacionales, debido al poco aprovechamiento que se le daba a su papel económico emergente.

Fue Ahmet Davutoğlu, ministro de relaciones exteriores hasta 2014 y primer ministro hasta 2016, quien lanzaría las líneas gruesas de la "nueva política exterior turca", en 2007. El planteamiento está marcado por el cambio de paradigma de Turquía como un "país central" por sus intereses compartidos en la compleja ubicación estratégica que ostenta y por la influencia que en la región afro-euroasiática ejerce. Así, noción de "país frontera o periférico" del ordenamiento occidental que imperó durante el siglo XX, fue impugnada por el gobernante AKP y dejada atrás.

Otro aspecto sumamente sensible en este replanteamiento es el abandono de Turquía del Heartland tradicional (área pivote) del Imperio Otomano, para desplegarse hacia áreas lejanas donde construir la "profundidad estratégica" de su nuevo papel geopolítico.

A partir de esta reconstrucción de sí misma en el plano geopolítico y en un cambio radical de prioridades estratégicas, Turquía comenzaría a reclamar su papel como potencia emergente de proyección global, apuntalándose en un sólido crecimiento económico, una estabilidad política consistente y en el aprovechamiento de su ubicación geoestratégica como llave energética entre Asia Central y Europa.

El primer antecedente y el inicio del ciclo Erdoğan

El primer antecedente de las relaciones turco-latinoamericanas se da con la visita del residente Süleyman Demirel a Argentina, Brasil y Chile en 1995, lo que concluyó con la implementación del "Plan de Acción para América Latina y el Caribe" en 1998, el cual se vería frustrado en los años siguientes.

Este primer acercamiento contribuyó a iniciar canales diplomáticos con varios países de la región y acercarse a organismos de integración como la OEA y Caricom, de las cuales se transformaría en observador. La expansión de negocios y contener el lobby de la diáspora armenia, fueron los dos objetivos centrales del despliegue diplomático turco, sin que detrás de esto hubiera una valoración de América Latina como espacio de proyección geopolítica.

Esto comenzaría a suceder cuando se lleva a la práctica la "nueva política exterior turca" en 2007, donde el continente latinoamericano pasa a ser concebido como una zona de interés para su ascenso como potencia emergente en el marco de la multipolaridad.

En este marco, entre 2009 y 2011, el primer ministro Erdoğan en persona refuerza los vínculos con Latinoamérica a través de distintas estrategias de cooperación parlamentaria, inclusión en organizaciones como el BRICS y alianzas que incluyeron la ampliación del comercio para cristalizar un aumento de su visibilidad como socio regional.

A raíz de su nueva estrategia de política exterior, dos aspectos rectores destacan: la ayuda humanitaria y la industria de defensa, vistos a partir de una lógica de acercamiento y de expansión de intereses desde el poder blando. En el ámbito de la ayuda humanitaria, sólo es superado por Estados Unidos como países que más dinero dedican a estas actividades.

Por su peso económico y papel predominante en los organismos de integración continental, Argentina, Brasil, Chile, Cuba, México y Venezuela, fueron los países priorizados dentro de la "nueva política exterior turca" para generar un marco de asociación e integración que consolidar la influencia de Turquía.

Muestra de ello fue que a pocos años de instalarse el primer consulado venezolano en Turquía, que también fue el primero de Latinoamérica, en septiembre de 2010 se celebró el Primer Encuentro de Complementariedad, en Estambul, para darle cause a mecanismos de cooperación en el campo económico-financiero. Un año después, fue instalada la I Comisión Mixta Venezuela-Turquía para reforzar la alianza.

Este mismo ritmo de integración sería puesto en práctica con los países priorizados con Turquía, pero con un énfasis especial en Venezuela.

Pragmatismo e intereses: el giro euroasiático de 2016

Hasta el año 2016, las relaciones turco-estadounidenses se mantuvieron estables ante una Turquía ligada al bloque occidental, coherente al mandato de la OTAN y partícipe de la guerra contra Siria.

En julio de ese mismo año, tras liquidar un intento de golpe de Estado en su contra, Erdoğan acusó a Occidente de apoyar a los insurrectos y específicamente a Estados Unidos de proteger a uno de los implicados, el clérigo Fethullah Gülen.

Como reacción a ese hecho se produjo un giro, pragmático y basado en múltiples ejes e intereses, en la política exterior de Turquía hacia Rusia y Eurasia, que contribuyó a la reducción de su papel en la guerra contra Siria y que condujo a una fractura geopolítica inédita con Estados Unidos. Pragmáticamente optó por colocarse del lado de los vencedores, ante las amenazas de su socio tradicional.

Dos años después, el giro euroasiático de Turquía ha provocado fisuras con la Unión Europea por el tema de los refugiados, un estrechamiento de las relaciones con Rusia e Irán para equilibrar las tensiones en Eurasia y Medio Oriente y el advenimiento de sanciones por parte de Estados Unidos, que han provocado impactos negativos en la economía turca, utilizando como excusa la decisión de Erdoğan de no liberar al pastor estadounidense Andrew Brunson.

Dos datos nos dan una imagen nítida del deterioro de las relaciones entre Turquía, Estados Unidos y el bloque occidental en general: la compra del sistema antiaéreo ruso s-400 y la supresión del uso del dólar en el comercio regional, junto a Irak, Irán y Rusia. En esencia estos y otros detalles abrieron paso al ingreso de Turquia como factor componente del denominado "Eje del Mal" al salir de la órbita estadounidense y sumarse a su propia polìtica estratègica de relaciones internacionales.

El nuevo balance de poder producto de este quiebre ha generado fuertes limitaciones para que Estados Unidos y la OTAN puedan mantener su proyección geoestratégica en Medio Oriente y Eurasia.

Esto representa un cambio sustancial que consolida la nueva distribución del poder global que vivimos y los nuevos bloques geopolíticos que plantean cambiar el eje de las relaciones internacionales por fuera de Occidente.

Relaciones turco-venezolanas: interdependencia, contrapesos y Estados Unidos

Este escenario inédito y de presiones por su antiguo socio, también ha presionado a que Turquía movilice mayores recursos para ampliar sus relaciones internacionales y encontrar puntos de apoyo para mantener su tendencia como potencia emergente. Ante esto la BBC, relatando las tres visitas del presidente Nicolás Maduro hacia Turquía en 2018 y su invitación a la toma de posesión de Erdoğan, afirma que "el enfrentamiento con Estados Unidos obligó a Turquía a buscar nuevos socios y Ankara puso la mirada en Venezuela —rica en petróleo— para diversificar sus intercambios comerciales".

También la BBC aporta datos sobre cómo ha venido creciendo el intercambio comercial y la integración económica entre ambos países. Afirma que "Erdoğan y Maduro firmaron una serie de acuerdos en 2017. El comercio bilateral entre Venezuela y Turquía alcanzó los US$892,4 millones en los primeros cinco meses de 2018, según el Instituto de Estadística de Turquía. Las exportaciones de Turquía a Venezuela fueron de US$52,2 millones y las importaciones fueron de US$834,2 millones en un período de 5 meses. En el período de cinco años entre 2013 y 2017, el intercambio entre los dos países había sido de US$803,6 millones".

El antecedente de esta intensificación de las relaciones, tiene fecha de 2016, cuando en el mes de agosto, tras una visita de la canciller Delcy Rodríguez, comenzó a tejerse la incorporación de Turquía en el Arco Minero del Orinoco. Dos meses después, el presidente Nicolás Maduro visitó Estambul y junto al presidente Erdoğan se allanó el camino para profundizar las inversiones energéticas y la cooperación.

La gira del presidente turco a América Latina en 2016, sumada a la ampliación de las relaciones con Venezuela, comenzó a generar incomodidad en Estados Unidos, pues fue interpretado como un mecanismo para contrarrestar su influencia a raíz del intento del golpe de Estado. Una de las instituciones más calificadas del Estado profundo estadounidense, el think tank Atlantic Council, comentaba en voz de su experto Aaron Stein lo siguiente: "La visita forma parte de la ambición a largo plazo de Turquía de expandir su presencia en América Latina, tanto para aumentar su influencia globalmente como para buscar nuevos socios comerciales".

En el marco del bloqueo financiero contra Venezuela, las relaciones con Turquía han permitido construir vías de escape mediante la venta y refinación de oro, con el objetivo de traer divisas frescas al país y darle sustento material al Plan de Recuperación Económica, lanzado por el Gobierno venezolano. Sobre esto, el Banco Torino Capital, en un informe reciente, afirmaba que en el año de 2018, el Instituto de Estadística turco registró que Venezuela había exportado 20.15 toneladas de oro entre enero y mayo, lo que suma 779 millones de dólares.

En tal sentido, las últimas sanciones de Estados Unidos contra el oro venezolano pasan por la necesidad de quebrar las relaciones turco-venezolanas, neutralizar el Plan de Recuperación Económica y evitar que la nación suramericana pueda encontrar válvulas de escape al bloqueo financiero al que está sometida.

Pero lejos de abordar la relación entre ambos países desde una perspectiva paternalista o unidireccional, debemos afirmar que son complementarias.

Para Venezuela, las relaciones con Turquía son clave para esquivar el bloqueo financiero y crear nuevos mecanismos de integración ante el veto del sistema dólar que le fue impuesta, en el marco de su estrategia de construcción de bloques de poder multipolares. En cambio para Turquía, las relaciones con Venezuela son esenciales para ampliar su visibilidad internacional, conseguir nuevas rutas comerciales y contrarrestar las presiones de Estados Unidos, encontrando nuevos soportes geoestratégicos que le permitan seguir ostentando el rango de potencia intermedia.

Representan relaciones dinámicas e interdependientes que vinculan distintos vectores de intereses, desde los energéticos, comerciales, hasta los geopolíticos relacionados a la apertura de zona de influencias y proyección mutua de intereses.

El consenso en el cual se cruzan ambas naciones, cada cual con sus propios rasgos y cosmovisiones, es que el contrapeso a la presión estadounidense está en el ensamblaje pragmático de coaliciones geopolíticas.

La visita del presidente Erdoğan a Venezuela, en un momento de puntos de inflexión del orden global y caos sistémico, pone de manifiesto que en la construcción (pragmática) de bloques de poder geopolíticos sirve de instrumento de presión estratégico para disuadir a Estados Unidos, hoy en su fase de peor declive, demencia y agotando la efectividad de las sanciones.

La reinvención de la política exterior venezolana

La idea de la construcción de bloques de poder como instrumento de contrapeso geopolítico, en lo que respecta a Latinoamérica, tiene factura venezolana y el nombre de Hugo Chávez. Justamente, la visita de Erdoğan a Venezuela puede verse como el cruce entre esa nueva política exterior que redimensionó el papel internacional de Turquía, con la reinvención que realizó la Revolución Bolivariana al paradigma tradicional de la política exterior venezolana, anclada al respaldo ciego al orden global liberal.

Con el presidente Hugo Chávez, la política exterior venezolana sufre un cambio radical en cuanto a la orientación del papel del país en un escenario caracterizado por el declive de las potencias hegemónicas y la emergencia de nuevos polos geoestratégicos en Eurasia. El golpe de Estado contra Chávez en 2002, patrocinado desde Washington, haría de la formulación de las relaciones internacionales de Venezuela un imperativo. Una necesidad para proteger, disuadir y contener el hostigamiento que vendría contra los cambios y transformaciones del proceso.

Sabiendo interpretar el momento y que tarde o temprano Estados Unidos utilizaría su acumulado internacional para acosar el proceso socialista, desde el año 2004 en adelante, el posicionamiento estratégico venezolano se reorienta hacia un nuevo orden global multipolar, para ello comienza a tejer relaciones con Irán, Rusia, China, entre otros países de Medio Oriente y Eurasia, proyectando al país no como una periferia del sistema-mundo, sino como partícipe de la construcción de un sistema de relaciones internacionales poliédrico y complementario.

En consecuencia de ese planteamiento, también se despliega a construir organismos de integración en distintas fases y momentos, que resultarán en la resucitación de la OPEP, ALBA, UNASUR, Petrocaribe, CELAC y las Comisiones Mixtas con Rusia, Turquía, China, Irán, entre otros. Un cambio sustancial al período anterior, donde la geopolítica tenía como única finalidad alcanzar réditos comerciales y no la reinvención del papel de Venezuela en las relaciones internacionales por fuera de la subordinación tradicional de Estados Unidos.

Por primera vez, la política exterior alcanza una visión geométrica del poder propia y una visión endógena de su rol en el mundo, prefigurando, de forma inédita, a Eurasia como polo geoestratégico vital para la construcción de su frontera exterior. La incursión a nuevas correlaciones de fuerzas que favorecieran la proyección de poder e incrementaran la capacidad de maniobra a escala internacional.

En el marco de ese planteamiento, el petróleo no sería el fin, sino un medio para aumentar la visibilidad del país en la construcción de organismos de cooperación y bloques regionales que cambiaran en los equilibrios clásicos del orden global, en beneficio de la multipolaridad. Sus relaciones internacionales, distinto a la era puntofijista, parten del intereses de construir zonas de integración para crear sistemas de pesos y contrapesos a las potencias occidentales, tanto en la frontera inmediata latinoamericana como para Eurasia como nuevo polo hegemónico, al cual Venezuela debe conectarse para incidir en el nuevo orden multipolar. En resumen: la construcción de bloques de poder como reinvención venezolana de una región independiente.

Bajo esta idea, las relaciones venezolanas con Turquía (y con el resto de Eurasia) pasan por la necesidad de crear un núcleo de expansión geopolítica, aseguramiento estratégico y de contención en un momento de amenazas de intervención, fuertes presiones financieras y acoso de su zona de influencia inmediata, donde la integración económica y construcción de coaliciones con potencias emergentes es sinónimo de líneas de defensa geopolíticas. En ese imperativo se da la visita. Para ambos países.

De cara al 10 de enero, donde se plantea un nuevo intento de deslegitimación del presidente venezolano, el viaje de Maduro a la toma de protesta del presidente Andrés Manuel López Obrador en México, sumado a la visita de Erdoğan, generan contrapesos y disuasión para limitar un escenario de intensificación de las hostilidades geopolíticas contra Venezuela, comandadas por su enemigo tradicional, Estados Unidos.

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