Antonio Gómez (El Loquillo): “Yo no quiero filmar al que muere ni cómo lo matan”
Cultura
Viernes, 15 de Junio de 2018

Flor de Paz - Cubaperiodistas.- El camarógrafo de prensa Antonio Gómez (El Loquillo), Premio Nacional de Periodismo “José Martí”, es otro de los entrevistados en la serie audiovisual que comenzó a grabarse recientemente para dignificar la labor de los periodistas cubanos, que este año celebran su X Congreso. La producción corre a cargo de jóvenes egresados de la FAMCA y es fruto de la colaboración entre la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

En Nicaragua, en las afueras de Managua, Antonio Gómez Delgado presenció un combate que no olvidará jamás. Y no por la intensidad del tiroteo —bastante significativo—, sino porque en medio del descargo de proyectiles vio a través del lente a una familia que se acercaba corriendo, hasta con los calderos a cuestas, y con una niña de cinco o seis años, que de pronto se cayó al piso. Ir en auxilio de la pequeña y soltar la cámara fue una disyuntiva de pocos segundos, cuando pensó que la habían matado. Pero ella se puso de pie enseguida y siguió andando: había tropezado con su perrito. Y a Tony, le volvió el aliento, ese que pierde otra vez cuando lo cuenta ahora y las comisuras de sus labios en media luna, tiran hacia el mentón. Muchas fueron las situaciones punzantes que vivió en la nación centroamericana, pero esta le duele todavía, cuando piensa que el destino de la niña hubiera podido ser el otro.

Al contarlo, las palabras se le atropellan en la glotis con la misma asimetría en que sus ideas pugnan por expresarse. Habla muy rápido y entrecorta las frases, pero es un conversador infatigable y un hombre de gran sensibilidad humana.

La mayor parte de su infancia transcurrió en un barrio del municipio habanero San Miguel del Padrón, y su mamá lavaba para muchas familias. Él, con trece o catorce años, se montaba en las guaguas pregonando titulares de periódicos “¿Te imaginas?” Pero con esa misma mezcla de bríos y humildad ha distinguido su oficio de camarógrafo durante más de cuatro décadas, porque para conseguir una buena imagen no halla impedimentos, igual se sube a un helicóptero que a una azotea, o a donde quiera que haya peligro.

—Por eso me han apodado El Loquillo, dice mientras aclara que le parece muy natural que lo llamen así.

Porque El Loquillo también es capaz de tirarse al suelo si ha de lograr un ángulo visual más creativo, una buena foto, como hizo en Hiroshima, mientras Fidel escribía en el libro de visitas. Todavía, semi-acostado en el piso de aquel lugar solemne, le preguntó:

—Comandante, ¿usted puede leer lo que escribió?

—¡Que nunca más vuelva suceder esto!, respondió Fidel mirándole a los ojos.

Y por un momento pensó que se lo estaba diciendo a él. “Pero fue que respondió a mi demanda con el tono de indignación que sentía por el crimen de Hiroshima. Después me levanté y él me puso la mano en el hombro”.

—Cuando llegó la Revolución trabajé en el periódico Prensa Libre, pero al año y pico cerró. Entonces la mayoría de los dueños de medios de prensa se fueron del país. Estuve dos o tres meses sin trabajar, pero me pagaron. Ya no te dejaban fuera, ya estaba la Revolución. Y me mandaron para el ICR de aquel momento, a trabajar de mensajero. Allí, poco a poco, me inicié en la televisión, en el Canal 4, en P y 23.

Tres meses a cargo de llevar y traer documentos necesarios para la redacción y de recoger en diferentes agencias el material para los comerciales, fueron suficientes para que Antonio se quedara después de su horario como mensajero y comenzara a interesarse por otros quehaceres del entorno en que estaba.

Nunca antes había entrado en los espacios físicos de la televisión, pero me atrajo muchísimo todo aquello. Y enseguida, empecé a trabajar también como auxiliar de estudio, que es quien ayuda al camarógrafo, al coordinador, al director, y también tiene que ver con la utilería de los actores, de las actrices; el llamado utility.

Coordinador, asistente de luces, ayudante de cámara, de audio… Pasó por todos esos oficios. Hasta que, en 1967, por la carencia de personal, Roberto Garriga dio un curso de quince días para preparar camarógrafos de estudio.

—De veinte aspirantes, seleccionaron siete, y ahí caí yo. Entonces estuvimos como dos o tres meses en el curso.

Y se quedó como camarógrafo de estudio mientras no apareció el video tape, en 1970 o 1971. En ese tiempo, ya había transitado por control remoto, y solo le faltaba ser camarógrafo de prensa.

—Me gustó porque tenía más movilidad que en el estudio, y yo quería conocer mi país. Así, me incorporé al departamento de prensa del Noticiero, y caminé por toda Cuba. Después fui a misiones fuera de la Isla y me convertí en corresponsal de guerra.

En Managua, una semana después de la victoria sandinista, ocurrida el 19 de julio de 1979, las muchachas y muchachos del Frente Sandinista no le tenían miedo a la muerte (aunque todavía se encontraban soldados de Somoza en la ciudad), porque allí habían matado a más de veinte mil, cuenta El Loquillo.

—Fue la primera vez que estuve en Nicaragua. Pero en total, presencié unos 20 combates en la nación centroamericana.

De la frontera entre Vietnam y Kampuchea, otra de sus experiencias más duras como corresponsal de guerra, perpetúa un diálogo que escuchó en medio de una batalla donde resultaron masacradas muchas personas, y que según dice caracteriza la “pasta” de los asiáticos:

—Oye, están tirando.

— Tenemos que irnos (había un helicóptero esperando).

—Pero ahora no se puede salir.

—No, pero ellos tiran siempre y después paran.

—Con El Loquillo hice unos muchos viajes, dice la periodista Irma Cáceres, del Sistema Informativo de la Televisión Cubana. Él es un gran estudioso, un gran autodidacta, un gran lector. Y no solo se conforma con visitar un país, a la vez se interesa por informarse sobre él. Una de las veces que fuimos a Nueva York, estuvimos en el monumento a John Lennon, que encuentras en una de las entradas del Central Park, la más cercana al edificio Dakota, donde vivía y asesinaron al artista. Se trata de un gran mosaico circular, en cuyo centro está escrito Imagine. Estaba lleno de flores y él se emocionó muchísimo, porque es una persona muy sentimental. Le parecía increíble haber podido ir allí; entramos hasta el patio del inmueble e intentó, incluso, imaginar cómo había ocurrido el crimen.

—Estuvimos juntos en Angola, cuando las conversaciones tripartitas; en Sudáfrica, en la época del apartheid; en Namibia; en Egipto; en Argelia; en Ginebra, Suiza; en Brasil; en Argentina; en China; en Haití, un país que adora. El Loco ha visitado los lugares más importantes del mundo. Y ha crecido; a la par que su interés por el conocimiento, que el desarrollo de las tecnologías y del periodismo. Porque, además, sostiene muy buena comunicación con los periodistas. Tiene el reconocimiento de sus compañeros, ellos saben que va a hacer el máximo por hacer las mejores fotos. La gente lo quiere mucho y él cuida mucho sus amistades.

A la escultura de John Lennon que hay en el parque de 17 y 6, en el Vedado, va con su nieto cada vez que puede, y le cuenta al niño la historia del ex Beatles. Y juega pelota con él, porque El loquillo es un fanático de la pelota. Ha hecho muchos trabajos con Milton Díaz Cánter. Es, también, un hombre muy hogareño, aunque se haya pasado la mayor parte de su vida fuera de la casa.

—¿El mundo a través del lente? Primero miro a la realidad sin lente, y a partir de ahí saco lo que yo creo que es interesante. Por ejemplo, hace poco tuve el privilegio de hacer un documental con Wilmer Rodríguez Fernández, sobre los destrozos del huracán Irma; filmamos desde Gibara hasta Cojímar. Vimos lugares donde un gran por ciento de los pobladores lo perdieron todo. Y es difícil reflejar esas realidades con una visión optimista. Pero es importante que el problema sea apreciado de la manera más completa posible, incluso la imagen de la gente albergada haciendo sus casas, porque son fenómenos de la naturaleza para los que podemos prepararnos mejor, a partir de la experiencia.

—Por otra parte, hay realidades y realidades. Y hay fotógrafos y camarógrafos que miran un hecho específico, sin más. Hubo uno, norteamericano, que hizo una foto en la que se ve a una niña muriendo y detrás de ella un águila, esperando para comérsela. Rolando Pérez Betancourt la publicó en el periódico. Ese fotógrafo después murió. Pero, ¿no hubiera sido mejor intentar salvar a la niña? Porque al final, el águila se la comió ¡Qué horrible! A mí no me daría pena en un momento determinado soltar la cámara para salvar a una persona. La cámara es para recoger testimonios, pero yo no quiero filmar al que muere ni cómo lo matan.

Antonio Gómez Delgado, El Loquillo, es un hombre de baja estatura y tiene casi 73 años. Cada día, al levantarse, sale a correr uno o dos kilómetros. Luego se baña, desayuna y se va a trabajar. Es su ritual para mantener las aptitudes físicas que necesita un camarógrafo de prensa.

Hay que moverse con mucha rapidez para poder captar varias imágenes en poco tiempo y espacio.

Sabe que el fotógrafo y el camarógrafo de prensa no pueden ser sorprendidos por el hecho que deben registrar. “Tienen que prever lo que va a pasar, tener listo el micrófono, la luz, la batería… Es un trabajo muy dinámico. Cuando llega un presidente, por ejemplo, solo una vez baja del avión y recibe el abrazo de bienvenida. Hay que coger la cámara y grabar lo que veas”.

Son estas las experiencias que El Loquillo le trasmite a los jóvenes que empiezan en el oficio. “Salimos y vamos conversando en el carro sobre el trabajo que vamos a hacer. Les alerto de que casi nunca es igual, luego les muestro en la práctica cómo lo hago para que ellos vean. Después les doy la cámara, y me quedo al lado por si necesitan mi ayuda, pero les doy libertad para que lo hagan como entiendan”.

Cuenta que él tuvo muchos profesores, que le dieron “las mieles”, que lo enseñaron de verdad, que le decían: —Oye Loco, esto es así. Y él trata de hacer lo mismo con quienes empiezan, mediante una comunicación sana, en la que converge el profesor y el amigo, el colega.

—Después que miran los libros sobre el funcionamiento de la cámara y acerca de cómo se hace una información, la práctica diaria es fundamental. Porque usted puede estar cien años en la escuela, que, si no ve la cámara, si no la toca, si no filma…no aprende nada. Y son los jóvenes quienes van a continuar con este trabajo, quienes, como yo he hecho, van a reflejar las transformaciones de nuestro país, que hasta hoy han sido muchísimas. Por eso, a ellos les trasmito los pocos conocimientos que tengo y debemos de darles todas las oportunidades.

—Pero, quiero decirte que soy muy feliz con mi cámara, para mí la cámara lo es todo, siempre ha sido así desde que tuve la oportunidad de tenerla. Soy un hombre realizado en la vida gracias a mi cámara. Me muevo con ella como un pez en el agua. Entonces, si volviera a nacer también querría ser camarógrafo.

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