La cultura: escudo y combate
Cultura
Lunes, 15 de Abril de 2019

Luis Toledo Sande - Cubarte.- Al pasar balance a su trabajo de un año, una dirección territorial de Cultura disfrutó recientemente el derecho a mostrar el saldo de la buena cosecha lograda con inteligencia y tesón. Pese a escollos y deficiencias de diversa índole, se había realizado con alta calidad un gran número de lo que es habitual llamar “actividades culturales”. Pero este sintagma es discutible, más que por el plural de actividad, que va siendo exitoso, porque —y así se corroboró en aquella reunión de balance— coadyuva a que el concepto de cultura se reduzca a los dominios gremiales de las artes y las letras.

Hace algunas décadas, en uno de sus afilados discursos deploró Carlos Rafael Rodríguez el hecho de que, después de una brillante disertación de Nicolás Guillén, el maestro de ceremonia del acto en que el Poeta Nacional había hablado anunciara llegada la hora de la “actividad cultural”. La intervención de Guillén clasificaba como discurso político y, para algunos, quizás “descarga” o “muela”, mientras se suponía que “la cultura” estaría a cargo de un grupo musical que, según el tono y algún término del testimonio citado, podría calificarse como “de mala muerte”. Pero su “aporte” relegaba a otro plano la participación del autor de tanto poema fundamental y de una también rica aunque todavía poco valorada Prosa de prisa.

A quienes se desempeñan en el gremio nombrado, o provengan de él, podrá resultarles halagadora semejante reducción de lo que significa cultura; pero se trata de un equívoco que empobrece el pensamiento y, por tanto, entorpece la acción necesaria para una más afinada conducción de la sociedad. De ahí que, en la reunión mencionada al inicio, alguien tomara la palabra para decir que lo entusiasmaba el informe leído y aplaudía el buen trabajo hecho por las instituciones representadas en él, y por la propia dirección territorial bajo cuya guía actuaban; pero añadió: “Aun aceptando que Cultura está muy bien, me preocupa seriamente cómo está la cultura, porque no la veo tan lozana como necesitamos que esté”.

Si al comienzo de sus palabras el énfasis y la ausencia de artículo señalaban el nombre de un organismo administrativo, Cultura —con implícita cresta ministerial—, la entonación de la cultura apuntaba a una realidad más amplia, irreductible a lindes administrativos o institucionales, por muy bien entendidos que se les tenga. (Otro tanto corresponde decir de un ámbito afín a ese, la educación, que ni empieza ni termina en un ministerio y el autor de estos apuntes tiene presente mientras los escribe.) Las artes y las letras son parte —importante, pero parte— de un conjunto mucho más vasto, cuyo alcance estas líneas no intentan explicar exhaustivamente: es nada menos que la obra de los seres humanos en su devenir, a nivel planetario o en una comarca determinada.

En ese conjunto van la política —aunque un maestro de ceremonia vocero de entendimientos insuficientes pero exitosos pensara lo que pensase, si pensaba, del discurso de Guillén—, la historia, las artes y las letras, la ciencia y la tecnología, la industria, la cocina, las fiestas, los deportes, los juegos, los modos y las modas del vestir, las comunicaciones, los hábitos cotidianos... Abarca asimismo los criterios y las maneras con que se interrelacionan las personas, ya sea en fraternidad o en discordia, para el amor o el odio, y también, lejos de ceñirse a lo individual, los nexos entre comunidades, hasta llegar, por el camino de los pueblos, al mundo. Con todo, eso estaría incompleto si no se tienen en cuenta las actitudes y los valores desde los cuales se asume esa realidad y cuanto más quepa considerar en ella.

La cultura, vista estrechamente y, sobre todo, en su justa vastedad, es heterogénea, como la humanidad que representa y a la cual le abre vías para su devenir. En la cultura entran los valores que pueden ayudar al progreso de la especie, y los que lo contrarían y pueden considerarse desvalores, pero —así como no todos los hijos de un mismo padre y una misma madre son iguales— son otras expresiones del pensamiento. Tildarlos de barbarie o de anticultura puede parecer justo, y hasta serlo; pero esa calificación solo señala que se oponen a lo que deseamos, y no por eso quedan fuera de la cultura: por muy repudiables que sean o parezcan ser, están dentro de lo deseado por quienes los portan y propalan y ocupan asimismo un sitio en la esfera cultural.

Uno de los mayores problemas y retos con que esa esfera carga es precisamente que también da cobijo a la barbarie. ¿Alguien, digamos, por muy crítico que sea del imperialismo, puede desconocer que existe una cultura imperialista, opuesta a cuanto huela a emancipación y crecimiento de pueblos que se le atraviesen? Si un peligro encierra esa cultura para el conjunto humano es la astucia con que se le hace pasar por natural cuando es patrimonio de un sistema opresor. El poderío económico, político, militar y mediático que la sustenta le propicia entrar en el pensamiento de distintos pueblos, y ser recibida como si nada tuviera ella que ver con intereses terrenales.

Nadie se asombrará ante afirmaciones como esas, pues abundan claras evidencias de un imperio que trata de estrangular gobiernos y pueblos que no le son complacientes, para luego justificar todo tipo de acciones contra ellos, hasta las más cruentas, con el pretexto de ayudarlos a tener democracia y disfrutar de derechos humanos, aspiraciones que él es el primero en violar en grande. Está a la vista, con pavorosa actualidad, lo que hace contra Venezuela. Pero, para saberlo, Cuba dispone de su propia realidad, aunque haya quienes quieran enjuiciarla como si no hubiera padecido el castigo, que aún sufre, de seis décadas bajo asedio imperialista con agresiones armadas y un bloqueo asfixiante.

La potencia que le impone a Cuba ese bloqueo para aplastarla e implantar en ella una supuesta democracia, es la misma que tiene entre aliados, o cómplices que gozan de su simpatía, a regímenes criminales como los de Israel y Arabia Saudita. Patrocinó cruentas dictaduras militares en nuestra América, y trata de seguir procreándolas con otros ropajes, y hasta lo consigue. Para ello tiene el entrenamiento acumulado desde la gestación con que se formó como potencia voraz, y le sirven mercenarios variopintos.

En los años 80 del siglo XX los centros de la irradiación académica ejercida por Europa —donde habían atesorado una larga prosapia colonialista— se desplazaron a las universidades de los Estados Unidos, especialmente a las más poderosas. Desde ellas se magnificó la importancia de las minorías y de ciertos sectores demográficos, con el fin de solapar la realidad de las clases sociales y la lucha entre ellas, y se propalaron otros conceptos afines a tal maniobra. Se acuñaron así, como si designaran algo ciertamente nuevo, rótulos del tipo de estudios culturales, con lo que todo lo hecho en ese terreno antes y en otros lares quedaba devaluado o, a lo sumo, reducido a protoconocimento.

Esa misma maquinaria echó a rodar la noción de estudios poscoloniales, acertada acaso como visión del pasado, pero falaz en la medida en que silenciaba que lo colonial perdura en distintos sitios del planeta y, sobre todo, en la urdimbre de dominación cultural planetaria capitalizada por el imperialismo. En el colofón de tales maniobras, un mediocre discípulo de Hegel decretó que la historia había llegado a su fin, y un economista pragmático —es decir: capitalista— dictaminó terminada la lucha entre la riqueza y la pobreza, asumiendo que la habían perdido para siempre los pobres.

Con tantas engañifas en acción, se lanzó la idea de que la modernidad había dado paso a la posmodernidad. Así a los pueblos obligados al subdesarrollo por las potencias que se desarrollaron esquilmándolos —lo cual los había excluido de la riqueza y condenado a ser pobres— solamente les quedaría una opción: dejarse arrastrar por dichas potencias. A los que se negaran se les reservaban fondos y becas para formarles líderes de opinión, vanguardias periodísticas y otros “salvadores” troyanos con que minarlos.

Todo eso tendría en mente Fidel Castro cuando, en medio de la ofensiva ideológica del imperio, y de la debacle del llamado socialismo europeo —con la cual la Cuba bloqueada y amenazada perdió de golpe más del 80 por ciento de sus relaciones comerciales—, declaró que lo primero que Cuba debía salvar era su cultura, y que esta era el escudo de la nación. Ser fieles a esa luz reclama una fortaleza cultural capaz de enfrentar los embates del imperio, que se expresan por los caminos más “inocentes”.

Ante la ofensiva de un imperio que ya ni se toma el trabajo de enmascarar como extraeconómicos los intereses con que intenta doblegar pueblos y dominar al mundo, sería ingenuo considerar que hechos como la invasión de Cuba por símbolos imperiales son frutos de la casualidad y la inocencia. Para hacerle frente a ese hecho —que persiste incluso mientras en la ONU se condena el carácter genocida del bloqueo de los Estados Unidos contra el país antillano— se requieren concepciones culturales bien forjadas.

Esto se escribe cuando Cuba está a punto de proclamar su nueva Constitución socialista, en un proceso del cual forma parte la preparación de un reglamento actualizado sobre el uso de los símbolos patrios. Ese tema encarna un desafío cultural en el que las leyes —a las cuales compete el castigo de las infracciones cometidas— deben tener un papel relevante. Pero este andaría incompleto, desguarecido, si no lo acompañara el trabajo educacional, persuasivo, cultural, que desborda ministerios y recaba la activa participación de las instituciones, del gobierno, del estado, del pueblo, de las personas.

La mayor aspiración ha de ser tener una ciudadanía mayoritaria y crecientemente dotada de la mejor preparación cultural, presta a combatir y capaz de pensar por sí propia, lo que, al decir de José Martí, es el primer deber de un ser humano. Solo así será capaz de actuar lúcidamente en la defensa de la patria. Nadie, ninguna ley escrita orientó al autor de Versos sencillos qué hacer ante el teatro neoyorquino donde disfrutó la actuación de la bailarina española Carolina Otero, experiencia de la cual brotó el poema que le dedicó en ese libro. Él decidió por su cuenta la actitud que tuvo, también en lo simbólico, hacia la metrópoli opresora de su patria: “Han hecho bien en quitar/ El banderón de la acera; / Porque si está la bandera,/ No sé, yo no puedo entrar”.

Con todo, si en la ciudadanía primara el conocimiento deseado y necesario, pero faltara el civismo y la civilidad indispensables para el buen funcionamiento social —para la convivencia en orden y honradez: para una cotidianidad decente—, el escudo de la nación no tendría suficiente consistencia. Cuando en 1887 José Martí repudió el asesinato, en los Estados Unidos, de obreros que reaccionaban contra la opresión que su clase sufría, escribió que el sistema allí dominante había cometido aquel crimen “para aterrar con el ejemplo de ellos, no a la chusma adolorida que jamás podrá triunfar en un país de razón, sino a las tremendas capas nacientes”.

De ese modo se expresó el revolucionario profunda y realmente democrático que en 1880 había declarado: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”. Doce años después, en las Bases que redactó para el Partido Revolucionario Cubano, entre las aspiraciones cardinales de esa organización política para Cuba plasmó la de “fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia”.

Para que esos ideales guíen efectivamente al país, este debe alcanzar un funcionamiento, una conducta social que favorezca la defensa de su cultura y no la enturbie. Vale decir que lo que suceda en su territorio no es ajeno al mundo, y viceversa, y que una revolución verdadera necesita esplendor cultural. El servicio de la grosería y la ignorancia a gobernantes como los actuales de los Estados Unidos y Brasil no es un hecho aislado, sino una tragedia que reclama atención.

Grandes razones tienen el pueblo cubano y su dirección para abrazar la cultura como el escudo que es, y cuidarlo de modo que cumpla su cometido en la lucha por salvar a la patria frente a peligros foráneos e internos, a la vez que la cultura misma es un campo de lucha. En ella se requiere usar con resolución y lucidez el escudo del pensamiento para garantizar la victoria, que no está segura de antemano: es un propósito que exige inteligencia y valor para no sucumbir a la propaganda que el imperio busca propalar como si emanara de la naturaleza o de un estado divino, y que, además de tener cómplices, seduce a incautos. La cultura revolucionaria renueva la vigencia de la convicción martiana de que “Ser culto es el único modo de ser libre”.

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