Entre premios y desafíos
Cultura
Sábado, 03 de Agosto de 2019

Ernesto Limia Díaz - Cubadebate.- “Tenemos que llegar para hacer justicia” —escribió Frank País García en una carta íntima, desgarradora, cuando supo que los esbirros de Fulgencio Batista habían asesinado a su hermano Josué, de 19 años de edad, el 30 de junio de 1957 (Hart, 2008: 332). Un mes más tarde, él corría igual suerte. Tenía 22 años.

“¿Quién era Frank País?” —preguntó Armando Hart en un artículo, a raíz de su asesinato—. Y respondió:

“Muy caro está pagando Cuba por su libertad. Hombres de su estirpe no nacen todos los días. Contadas veces la naturaleza obsequia a los pueblos con seres semejantes. Su muerte lo siembra en el corazón de Cuba. Pero su vida lo hubiera hecho mucho más grande. Triste es decirlo para quien sabe lo difícil que resulta encontrar gente así. Nuestra generación revolucionaria lo sabe bien porque recibió el influjo directo de su personalidad. Oriente, y en especial Santiago de Cuba, estarán también de acuerdo en esto porque se sintieron liderados por Frank País, pero ¡es necesario que Cuba entera sepa lo que ha perdido! El 30 de julio de 1957 fue asesinado en Santiago de Cuba un cubano de la estirpe de Mella, Martínez Villena y Antonio Guiteras. No era más pequeño, pero como ellos no pudo ser mayor. Es la tragedia cubana que una y otra vez se repite” (Hart, 2008: 329-330).

“¡Qué bárbaros!, lo cazaron en la calle cobardemente valiéndose de las ventajas de que disfrutan para perseguir a un luchador clandestino. ¡Qué monstruos! No saben la inteligencia, el carácter, la integridad, que han asesinado” —escribió ese aciago día Fidel a Celia Sánchez desde la Sierra Maestra (Cuza, 2014).

Los hombres no mueren cuando se alojan en el corazón de quienes les sobreviven, o cuando sintetizan el espíritu de una nación. Mas al igual que las grandes edificaciones, para que no sucumban al tiempo, los actos de evocación deben ser levantados desde los cimientos. Y en el caso de los seres humanos, solo es capaz de fraguar con el vigor requerido la argamasa que sale de la educación y la cultura. Quizás porque lo sabía, o porque lo intuyó con la iluminación de los poetas, uno de los más queridos amigos de Frank, César López, hoy Premio Nacional de Literatura, propuso su simbólico nombre de guerra: David, para el concurso con que la Dirección de Literatura de la Uneac se proponía alentar la creación de nuevas promociones de escritores, en 1967.

Tanto Nicolás Guillén como el resto de los gestores del concurso hicieron suya la idea de César, quien había cerrado un poema escrito al calor del crimen con versos estremecedores: “¡El ser que mutilásteis, / asesinos, / era, en resumen, todo lo posible!” (Juventud Rebelde, 2008). Así nació el 30 de julio de 1967, en el décimo aniversario de su asesinato, el Premio David, que, en palabras de Ricardo Riverón, constituye una puerta de acceso a la literatura.

Cuba tenía una centenaria tradición de premios literarios. El primero fue creado por la Comisión de Literatura de la Sociedad Patriótica de La Habana en 1831. Lo estrenó el venezolano José Antonio Echeverría por su “Oda al nacimiento de la Infanta María Isabel Luisa”. Desde aquella institución cultural animada por José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Felipe Poey y Domingo del Monte se promovió, junto a una sensibilidad típica del Romanticismo, auténticos sentimientos de cubanía que costaron el destierro a Saco.

En la República burguesa sobresalió el Premio Hernández Catá de cuento, creado en 1942, en memoria de Alfonso Hernández Catá, calificado por Cira Romero como “una de las figuras más interesantes de la literatura cubana de la llamada primera Generación Republicana de narradores” (Romero, 2015). Hernández Catá tuvo la altura ética de renunciar al servicio exterior en rechazo al régimen sanguinario de Gerardo Machado, como haría décadas después el mexicano Octavio Paz ante la matanza de Tlatelolco de 1968. Entre los laureados del certamen sobresalen Onelio Jorge Cardoso, Félix Pita Rodríguez, Lino Novás Calvo y Dora Alonso.

No fue, sin embargo, hasta después del triunfo de 1959, que el arte y la literatura se resignificaron. La temprana institucionalización de la cultura, de la mano de una política inclusiva que abrió espacio a todas las concepciones estéticas en un clima de libertad, otorgó una función social a los creadores y democratizó el acceso de las grandes mayorías al arte y la literatura. En su primera edición, el Premio David de poesía lo compartieron Luis Rogelio Nogueras por Cabeza de zanahoria y Lina de Feria por Casa que no existía; el de cuento lo ganó Luis Manuel Sáez por El iniciado. Nombres esenciales de las letras cubanas fueron distinguidos días como hoy: Eduardo Heras León, Premio Nacional de Literatura y de Edición; Delfín Prats, Marilyn Bobes, Senel Paz, Sigfredo Ariel, entre tantos.

Miguel Barnet recordó en el recién finalizado IX Congreso, que la “razón fundamental de la Uneac fue la de convertirla en un laboratorio de ideas, reflexiones y propuestas para un arte y una literatura de vanguardia” (Barnet, 2019: 6). A los depositarios de ese legado nos toca reconocer —y agradecer— que la generación fundadora y las que con posterioridad se unieron a ella en ese propósito, lo consiguieran. En un largo —y no pocas veces abrupto— camino, fueron partícipes activas de una revolución cultural que devino símbolo y brújula de un pensamiento descolonizador y anticapitalista. Su humanismo revolucionario y compromiso con el país y sus bases populares —sin apologética, en un clima de libertad y unidad—, convirtieron a la organización —al decir de Graziella Pogolotti— “en una interlocutora crítica privilegiada”.

Cuando desde los grandes centros de poder se pretende homogeneizar, descomplejizar, abaratar —en fin, desnaturalizar— la cultura; cuando soplan vientos de guerra y la cruzada contra Venezuela nos hace recordar a la República española de 1936, cuando el presidente norteño empuña el fundamentalismo y el cinismo como armas, cuando se extiende bajo el manto globalizador la filosofía del desarraigo y se reduce la historia a una sucesión abrumadora de anécdotas inconexas, los artistas y escritores de la Uneac seguimos empeñados en trabajar —como definió Guillén en su congreso fundacional— por “una cultura que nos dé carácter y espíritus propios […], una cultura que nos libere y exalte, y distribuya el pan y la rosa juntos, sin vergüenza ni temor” (Barnet, 2019 a: 10).

En ese rumbo tenemos otro desafío: la lectura culta, aportadora —imprescindible para formar un sujeto consciente y crítico— continúa perdiendo adeptos frente a las tendencias desintegradoras del mercado. Debemos ser coherentes para que lo mejor de la producción literaria cubana y universal se convierta en demanda de nuestro pueblo. Los premios pueden contribuir a ello, pero si se quedan en un recinto de unos pocos metros cuadrados —como este—, de nada nos sirven. ¿Qué podemos hacer? Preservar el espíritu creativo de la generación que nos trajo hasta aquí; trabajar para establecer jerarquías culturales propias en el imaginario de nuestra gente, sobre la base del reconocimiento de las vanguardias artísticas y de los valores más distintivos de nuestra identidad; defender un arte y una literatura propositivos, que no eludan los conflictos y contradicciones contemporáneos; preservar la unidad entre la vanguardia artística y la vanguardia política en torno a los principios de la Revolución. A eso estamos llamados. “Tenemos que llegar para hacer justicia”.

*Palabras de Ernesto Limia Díaz, vicepresidente primero de la Asociación de Escritores de la Uneac, en el acto de entrega del Premio David 2019 de narrativa y poesía. Sala Villena de la Uneac, 30 de julio de 2019.

 

 

Cultura

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Ramón Pedregal | Lunes, 19 Agosto 2019

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