Tengo algo que contarte (27) Correspondencia entre dos mujeres
Género
Viernes, 05 de Octubre de 2018

La Guerrilla Comunicacional.-

Salt, 24 de septiembre del 2018

"Siempre queda la esencia"

Mi amiga,

Linda tu carta, casi me llegaba hasta aquí el son de la fiesta. Veo que tenéis entre manos tremendo reto político y social, pues avanzar en este mundo que nos movemos (donde el capital manda, rige y dirige), sin renunciar a vuestros pilares ideológicos socialistas, es como mínimo difícil, a la vez que encomiable. Todos mis mejores deseos y esperanzas para vuestro éxito.

Me hablas del calor estival. ¡Ay Habanera qué capítulo! Resulta que aquí tuvimos una “ola de calor”. Supongo que lo de llamarle ola es porque viene y se va (afortunadamente), pero se quedó unos días con nosotros. Fueron unas temperaturas muy altas día y noche, poco usuales y que nos dejaron como marionetas con los hilos rotos. El indio como vosotros le decís al sol, se ve que desenterró el hacha y sus mejores pinturas de guerra, atacando a su estilo de fuego. La verdad es que uno no sabía dónde meterse, cualquier sitio era bueno para intentar refrescarse, ya fuese el río, el mar, la fuente de la esquina o el charco de los patos. La cuestión era intentar contrarrestar el sudor que caía no ya en gotitas, sino en continuos chorretes desde cada poro existente de la piel, y algunos nuevos que yo creo que se abrieron para la ocasión. Un sudor que te empapaba por fuera y te dejaba seco por dentro, con lo que intentabas hidratarte constantemente y acababas bebiéndote hasta el agua de los floreros.

Como tú bien dices, tenemos a la madre naturaleza un poco harta de tanto maltrato, y claro, nos devuelve como puede la jugada. El indio buscó alianzas por las alturas, y en términos del más puro far-west, creo que se alió hasta con el séptimo de caballería, porque varios días nos remató las horas de achicharre vivo con unas tormentas de agua y granizo que no dejaban títere con cabeza. En mi tierra natal le llamamos pedrisco, porque cuando llegan del cielo tantas piedras de hielo, a veces del tamaño de huevos de paloma, juntas y con fuerza, allí donde caen arrasan con lo que encuentran. Los cultivos que tienen la desgracia de recibirlas quedan irreconocibles, y habrá que esperar al año próximo para volver a intentarlo. Nada se puede hacer, como mucho cobijarte para no quedar además con la cabeza abollada.

Pero además de estos obsequios celestiales, al igual que vosotros, también hemos estado de fiesta en Salt. Las nuestras no eran para celebrar ningún progreso político (el día que alguien le meta mano al sistema electoral y constitucional vigente, si hace falta ¡me visto de majorette y desfilo volteando la varita!), eran las fiestas patronales. El verano está plagado de ellas, la mayoría de pueblos las celebran en esta estación porque el clima ahora nos permite vivir las calles, siempre y cuando al indio no le dé por ponerse en contra.

Estas celebraciones son un remix del antes y el ahora; se mezclan las actividades más antiguas con las incorporaciones modernas. Somos también gente de música y ruido, y estos días vamos desde los conciertos más clasicones para quienes se quedaron anclados en el pasodoble y el bolero, hasta los últimos éxitos que los jóvenes animan con su energía y sus saltos. En algún momento de las fiestas siempre se deja un hueco para las sardanas, que es el baile tradicional de Cataluña. Por si nunca lo viste, es una danza que se baila en círculo con los participantes cogidos de la mano. No importa el número, con dos personas que se puedan coger las manos ya es suficiente para empezar. El círculo se puede ir aumentando indefinidamente, todo el que vaya llegando tiene cabida y puede colocarse donde le plazca agarrando dos nuevas manos que le harán sitio. Personalmente siempre lo vi como un baile comedido, con poco lugar para el desbarajuste, donde los movimientos están contados para cada pieza y el arte está en repartirlos bien para que pasos y acordes acaben cuadrados. La música casi siempre es en directo, interpretada por un grupo o banda que para esta ocasión y tipo de música se llama cobla, y que tienen unos instrumentos de viento característicos, que vienen de muy lejos en el tiempo, y que le imprimen un son y tono inconfundibles.

En otros espacios los más pequeños salen a bailar con los gigantes y cabezudos, a quienes acompañan música de tambores y grallas, una especie de antigua dulzaina. Los gigantes son figuras de 3 metros de alto, que normalmente representan un rey y una reina. Aquí en Salt ya hace tiempo que surgió otra pareja, formada por un hortelano y una trabajadora textil, que seguramente representan mejor nuestra historia que las coronas y damascos. Los cabezudos son grandes cabezas de fantasía, hechos de cartón piedra y pintados, preciosos; que enfundadas en cabezas de personas, conforman personajes desproporcionados y caricaturescos. Y todos estos elementos juntos desfilan bailando en pasacalles , invitando y arrastrando en su baile a adultos y niños, que desde su pequeña estatura aún les parecen más enormes.

Otro elemento que no nos falta nunca es la percusión y el fuego. En muchos pueblos hay un grupo de “diablos”. Los de Salt se llaman Pere Botero, recordando la mitología catalana en la que este personaje bajó a las calderas del infierno. El grupo, numeroso, protegido y formado en este arte, actúa normalmente de noche donde el fuego se magnifica. Hace otro circuito de calles con sus varas, tracas y carracas de chispas , bengalas y petardos continuos. Van acompañados siempre por su banda de percusión,¡tremenda banda!, y juntos confieren a la noche una fuerza y una magia que parece fluir mismamente del submundo infernal. Consiguen que una multitud se vaya mezclando con ellos, entre sus chispas, entre su ruido, (también entre sus sustos, porque juegan con la sorpresa y nunca sabes por dónde te atraparán), quizás porque la percusión te provoca latir inconscientemente, te encuentras moviendo los pies sin tu quererlo ni saberlo y compartiendo colectivamente el ruido y el fuego que te hacen burlar al infierno. Y así se danzará con los elementos hasta el alba, donde una traca de fuegos artificiales ensordecedora dará la bienvenida al día, y el sol mandará a dormir el fuego y los diablos.

Son días también de comida especial. Ya sabes que aquí la fiesta va ligada a la mesa con lazos indestructibles. En las casas siempre hay algún menú especial y las familias aprovechan para quedar. Por la noche se cena en la calle. Por turnos, se cierran al tráfico, y la calle se llena de mesas, sillas, banderolas y comida que compartirán todos los vecinos. Cada uno lleva lo que le parece y puede, se van acomodando y la calle queda convertida en un larguísimo comedor colectivo. Cómo no, la música rematará la noche arrancando de los asientos a los más bailongos.

Otro rato tocará ir a la feria. La feria es un compendio de actividades de ocio variopintas, y se dispone de una zona del pueblo donde se instalan.

El reino de los pequeños son las atracciones. Son esos artilugios donde te montas, ya sea en cubiletes, butacas o vagones, y que su cometido es subir-bajar, voltearte ya sea de lado o cabeza abajo, o girar sobre cualquier eje posible. Eso sí, siempre a una velocidad mayor a la que tus reflejos pueden procesar, y donde las fuerzas de la gravedad, centrífugas, centrípetas y demás parientas confluyen en el poco trayecto que hay de la cabeza al estómago, de tal forma que cuando suena la sirena del final del trayecto, uno no sabe si debe bajar ya o antes debe recomponer su anatomía poniendo el hígado en su sitio, encontrar los ojos que aún siguen en órbita sueltos por el universo e invitar dulcemente a las piernas a guiar el amasijo orgánico en que te convertiste en tan solo tres minutos. Lo increíble es ver a los pequeños y jóvenes cómo se ríen ansiosos esperando volver a subir.

Y aquí no hay fiesta sin castells. Son exactamente eso, castillos, pero hechos de personas. Los grupos de castellers cuentan con muchísimos miembros (el de aquí unos 200), porque todos tienen su papel asignado y todos se necesitan. Imagínate una base de personas abrazadas en círculo fuerte por los hombros, que a sus hombros van subiendo otros, a los hombros de éstos otros más, y así siguen subiendo hasta 8 y nueve pisos. El último siempre es un niño o niña que se llama anxaneta y que sube ágil trepando rápido para no demorar la carga de los de abajo. Cuando llega arriba de todo levanta el brazo y saluda a la gente congregada, debiendo volver a bajar por el otro lado, y seguir bajando todos en orden hasta desmontar el castillo. Está claro que el vértigo no puede estar entre sus cualidades. Mientras tanto, el resto del grupo y la gente que asiste, hacen piña en la base a modo de colchón amortiguador, por si hay algún contratiempo y el castillo se derrumba antes de tiempo, que los que caigan lo hagan sobre blandito. Dicho así puede parecer una simpleza, pero te aseguro que cada movimiento está calculado, y estremece ver cómo el de arriba cada vez se ve más chiquitín y parece que pueda bajar con un pedacito de nube en la mano. Me admira pensar la confianza absoluta que cada uno tiene en el resto, porque su seguridad individual y el éxito o el fracaso de ese castillo depende de todos y cada uno de ellos.

Ah, ¿y sabes una cosa?. Tenemos cada año una cantada de habaneras. ¡Como lo oyes!. Es una realidad en la historia que en muchos puntos del estado español sigue vivo este género. Nos llegó en el siglo XIX de tu Cuba querida, cuando guerras y comercios, con idas y vueltas, llevaban y traían armas, comida y música. Yo no sé muy bien cómo eran en su origen allá en tu Habana; aquí son canciones de ritmo calmoso y pegadizo, que hablan de amores y desamores (sobre todo esto último); de marineros que dejan queridas en puertos lejanos; de regustos de añoranza. En Cataluña especialmente hay grupos musicales específicos, y forma parte de la fiesta de muchos de sus pueblos. Hay dos o tres habaneras que sería raro encontrar a alguien que no sepa cantar alguna, aunque el mar más próximo le quede a 200 kilómetros y lo primero que le venga a la cabeza por Cuba sea el mojito.

Ahora ya hace días que pasó la fiesta patronal. Me he ido demorando en escribirte y ya ves, ¡se me acumulan tantas cosas que contarte!. Pero hace muy pocos días tuvimos otra fiesta, la diada nacional de Cataluña el 11 de septiembre. Es un día festivo para nosotros, en el que en realidad se rememora una derrota, la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas en 1714 tras 14 meses de sitio. (Ya ves que nuestro no-idilio con los borbones no viene de ayer). A pesar del hecho, se celebra la resistencia, el coraje y el convencimiento de los dirigentes y del pueblo que lucharon.

Cada año se organizan actos conmemorativos, entrega de flores a los caídos, conciertos, manifestaciones,….en fin, todo aquello que se corresponde a un día de fiesta nacional. Desde hace unos años, las manifestaciones han sido multitudinarias y reivindicativas. Este año también la manifestación fue tremenda, más de un millón de personas, pero con un triste tinte de demanda: la libertad de quienes los años anteriores las encabezaban y ahora aún siguen en la cárcel o en el exilio por haber ejercido la voluntad popular. Es ese contrasentido en que nos movemos sin poder llegar a entenderlo. Son concentraciones que a pesar de la magnitud numérica, se forman y se desmontan plácidamente y en paz, como de paseo y sin quedar lastimada ni una triste papelera. Creo que eso también enfurece a todos aquellos que buscan confrontación y violencia donde en realidad no los hay. Pero así es este pueblo, testarudo, constante y pacífico.

Y si lo analizo un poco, me doy cuenta que la esencia de gran parte de la fiesta es lo colectivo. Pienso en la manifestación de este día, en los castells, en el baile, en las sardanas, en las cenas, en la fiesta… y veo de nuevo la misma esencia, la colectiva, la de necesitar al otro para mejorar todos, la de que un individuo solo tiene sentido si es parte y trabaja para el conjunto. Es cierto que el formato de sociedad en que estamos inmersos va por otros derroteros mucho más individualistas, pero fíjate que cuando nos despistamos un poquito y sacamos del baúl las formas ancestrales, sin darnos cuenta estamos disfrutando de la colectividad.

Hablándote de esta esencia me asalta un recuerdo de mi pueblo manchego natal. Allí la gente, sobre todo ya mayor, se nombraba entre sí precediendo el nombre con la palabra hermano/a. Cuando me mandaban a casa de un vecino a llevar un melón del huerto o unas rosquillas de anís que acababa de hacer mi madre, (esas rosquillas que me quedaron grabadas a fuego en la memoria y creo que en el ADN; que su solo recuerdo me provoca aromas, sabores, placer y un amor infinito), me decían: anda, llévalo en casa del hermano Blas, o de la hermana Clara,... Esos intercambios eran habituales entre la comunidad, cada uno ofrecía algo de lo que producía al otro y así todos ampliaban su mesa y su despensa. Qué cosa tan sencilla y a la vez tan grande, ¿verdad? El tiempo eliminó este tratamiento, o en el mejor de los casos lo transformó en Sr. y Sra. Fulanito/a, pero estarás conmigo en que perdimos con el cambio. En la esencia del lenguaje el Sr. de hoy no substituye al hermano de ayer.

Pero soy optimista Habanera, entre todos los nuevos olores económicos y sociales del yo en que nos movemos, siempre queda la esencia del nosotros. Y con la esencia siempre se pueden fabricar nuevos y más frescos perfumes, ¿no crees?.

Hoy te mando un inmenso y oloroso abrazo

Vicentita

 
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