Fidel y la diplomacia de la verdad: Mesa Redonda
Historia
Martes, 13 de Agosto de 2019

Mesa Redonda.- Dos generaciones de diplomáticos cubanos, evalúan, desde sus propias experiencias, el trascendente y prestigioso legado de Fidel en la construcción de la política exterior de la Revolución, en la Mesa Redonda.

Fidel, el más preclaro hijo de Cuba en el siglo XX

Demostró que sí se pudo, sí se puede y se podrá superar cualquier obstáculo, amenaza o turbulencia en nuestro firme empeño de construir el socialismo en Cuba, o lo que es lo mismo, ¡Garantizar la independencia y la soberanía de la patria!

Raúl Castro Ruz - Granma

La autoridad de Fidel y su relación entrañable con el pueblo fueron determinantes para la heroica resistencia del país en los dramáticos años del periodo especial (…).

Entonces pocos en el mundo apostaban por nuestra capacidad de resistir y vencer ante la adversidad y el reforzado cerco enemigo; sin embargo, nuestro pueblo bajo la conducción de Fidel dio una inolvidable lección de firmeza y lealtad a los principios de la Revolución.
Al rememorar esos difíciles momentos, creo justo y pertinente retomar lo que sobre Fidel expresé el 26 de Julio de 1994, uno de los años más difíciles, en la Isla de la Juventud, hace más de 22 años, cito:  «...el más preclaro hijo de Cuba en este siglo, aquel que nos demostró que sí se podía intentar la conquista del Cuartel Moncada; que sí se podía convertir aquel revés en victoria», que logramos cinco años, cinco meses y cinco días, aquel glorioso Primero de Enero de 1959, esto último añadido a las palabras textuales que dije en aquella ocasión.

Nos demostró «que sí se podía llegar a las costas de Cuba en el yate Granma; que sí se podía resistir al enemigo, al hambre, a la lluvia y el frío, y organizar un ejército revolucionario en la Sierra Maestra tras la debacle de Alegría de Pío; que sí se podían abrir nuevos frentes guerrilleros en la provincia de Oriente, con las columnas de Almeida y la nuestra; que sí se podía derrotar con 300 fusiles la gran ofensiva de más de 10 000 soldados», que al ser derrotados el Che escribió en su Diario de Campaña, que con esa victoria se le había partido la columna vertebral al ejército de la tiranía; «que sí se podía repetir la epopeya de Maceo y Gómez, extendiendo con las columnas del Che y Camilo la lucha desde el oriente hasta el occidente de la isla; que sí se podía derrocar, con el respaldo de todo el pueblo, la tiranía batistiana apoyada por el imperialismo norteamericano.

«Aquel que nos enseñó que sí se podía derrotar en 72 horas» y aún menos, «la invasión mercenaria de Playa Girón y proseguir al mismo tiempo la campaña para erradicar el analfabetismo en un año, como se logró en 1961.

«Que sí se podía proclamar el carácter socialista de la Revolución a 90 millas del imperio, y cuando sus naves de guerra avanzaban hacia Cuba, tras las tropas de la brigada mercenaria; que sí se podía mantener con firmeza los principios irrenunciables de nuestra soberanía sin temer al chantaje nuclear de Estados Unidos en los días de la Crisis de los misiles en octubre de 1962.

«Que sí se podía enviar ayuda solidaria a otros pueblos hermanos en lucha contra la opresión colonial, la agresión externa y el racismo.

«Que sí se podía derrotar a los racistas sudafricanos, salvando la integridad territorial de Angola, forzando la independencia de Namibia y asestando un rudo golpe al régimen del apartheid.

«Que sí se podía convertir a Cuba en una potencia médica, reducir la mortalidad infantil a la tasa más baja del Tercer Mundo, primero, y del otro mundo rico después; porque en este continente por lo menos tenemos menos mortalidad ­infantil de menores de un año de edad que Canadá y los propios Estados Unidos, y, a su vez, elevar considerablemente la esperanza de vida de nuestra población.

«Que sí se podía transformar a Cuba en un gran polo científico, avanzar en los modernos y decisivos campos de la ingeniería genética y la biotecnología; insertarnos en el coto cerrado del comercio internacional de fármacos; desarrollar el turismo, pese al bloqueo norteamericano; construir pedraplenes en el mar para hacer de Cuba un archipiélago cada vez más atractivo, obteniendo de nuestras bellezas naturales un ingreso creciente de divisas.

«Que sí se puede resistir, sobrevivir y desarrollarnos sin renunciar a los principios ni a las conquistas del socialismo en el mundo unipolar y de omnipotencia de las transnacionales que surgió después del derrumbe del campo socialista de Europa y de la desintegración de la Unión Soviética.

«La permanente enseñanza de Fidel es que sí se puede, que el hombre es capaz de sobreponerse a las más duras condiciones si no desfallece su voluntad de vencer, hace una evaluación correcta de cada situación y no renuncia a sus justos y nobles principios».

Esas palabras que expresé hace más de dos décadas sobre quien, tras el desastre del primer combate en Alegría de Pío (…), nunca perdió la fe en la victoria, y 13 días después, ya en las montañas de la Sierra Maestra, un 18 de diciembre del año mencionado, al reunir siete fusiles y un puñado de combatientes, exclamó: «¡Ahora sí ganamos la guerra!».

Ese es el Fidel invicto que nos convoca con su ejemplo y con la demostración de que ¡Sí se pudo, sí se puede y sí se podrá! O sea, repito que demostró que sí se pudo, sí se puede y se podrá superar cualquier obstáculo, amenaza o turbulencia en nuestro firme empeño de construir el socialismo en Cuba, o lo que es lo mismo, ¡Garantizar la independencia y la soberanía de la patria!

Nota: Fragmentos del discurso pronunciado por el Primer Secretario del Comité Central del Partido, el 3 de diciembre de 2016.

 

¡Venceremos, hermano, venceremos!

Amanece una vez más en la patria liberada. Agosto se empina, y tu nombre resuena en el tiempo, en ese espacio infinito cómplice de la historia

Leidys María Labrador Herrera - Granma

Amanece una vez más en la patria liberada. Agosto se empina, y tu nombre resuena en el tiempo, en ese espacio infinito cómplice de la historia. Con esas resonancias emotivas me atrevo a imaginar este diálogo amoroso y protector de dos hombres inmortales.
Hermano, ser de mi propio ser, vida de mi vida misma, tus manos aún las siento junto a las mías, las veo alzarse juntas por sobre los temporales del destino, y palpita en mi alma el más puro sentimiento de orgullo, sin los envanecimientos del poder ni las añoranzas de gloria; porque jamás fueron esos los sueños que compartimos.

Fuimos cómplices, sí, desde los inmemoriales momentos del vientre materno, las travesuras de infancia y juventud, pero nada nos unió más que el ideal de justicia. Ese fue el lazo que selló definitivamente la alianza que ya de sangre había sido perfilada, cuando, vestidos de Revolución, nos encaminamos al futuro sin que asomara jamás la más mínima intención de detenernos.

Hoy entiendo como nunca cuán grande fue nuestra suerte, al negarnos de manera rotunda a la muerte del Apóstol. Por él avanzamos hacia aquellos impenetrables muros del Moncada, por él pusimos el pecho a la furia del mar y vestimos el color de la esperanza para escalar las alturas de la madre Sierra. ¿Recuerdas el abrazo en Cinco Palmas? Qué sorprendente fue entonces la certeza del triunfo y qué indescriptible la alegría de saberte vivo.

Aún me sobrecoge la emoción de los días del fin de la ignominia, del pueblo abrazándonos en medio de esa llama de júbilo, que solo enciende la libertad verdadera. Y estábamos allí los dos, frente a aquel mar de gente humilde, firmando para siempre el compromiso de que a partir de aquel enero, cada segundo de nuestras vidas estaría dedicado a todos, al bien de todos.

Cuánto sacrificio, cuánta entrega, cuánto desvelo ha sido necesario desde entonces, pero la obra nunca desfalleció ni perdió su rumbo original. Los incontables obstáculos no variaron el curso del camino, y cada nuevo reto nos hizo más fuertes, más seguros de que renunciar es una palabra que los revolucionarios desconocen.

Hemos caminado juntos todo este tiempo, y ahora te siento aun más cerca, porque te has multiplicado; junto al pueblo nos propusimos seguir andando, sin que las prisas indujeran los errores, pero sin permitirnos pausas demasiado extensas que pudieran apagar las energías.

Y qué prometedor este relevo que se empina, que es­cribe ya su propia historia, que heredó el mismo amor incondicional por esta tierra que nos ha movido a nosotros durante tantos años de lucha.

Tú y yo somos, hermano, y seremos por los siglos de los siglos hombres en Revolución, tan fieles el uno al otro como lo hemos sido siempre a nuestra causa, que es la causa de los pobres de la tierra, de los que cada día pelean por un mundo mejor, de los que no pierden la esperanza ni las motivaciones para defender lo justo.

Nuestra historia es una, y no hay dudas de que desde la originalidad del individuo que a cada uno nos habita, también yo habité tu piel y tú la mía, y el de hermanos fue para los dos un concepto sagrado, inviolable, un pacto hecho desde el amor, que también implica admiración y respeto, que nunca fue egoísta cuando se trataba del deber.

Aquí estamos, hermano, de pie, juntos, desafiando al tiempo, con la vista atenta al futuro, con el corazón henchido del mismo fervor, que no envejece, tan jóvenes como en el año del centenario y con este pensamiento para siempre en la conciencia: ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos, hermano, venceremos!

 

Banderas sagradas de Fidel Castro: Solidaridad e internacionalismo

René González Barrios - Cubadebate

El 26 de julio de 1978, al valorar el significado para Cuba de la ayuda internacional recibida a lo largo de la historia, nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro, afirmaba: “…El internacionalismo es la esencia más hermosa del marxismo-leninismo y sus ideales de solidaridad y fraternidad entre los pueblos. Sin el internacionalismo la Revolución Cubana ni siquiera existiría. Ser internacionalista es saldar nuestra propia deuda con la humanidad.”

Aquella sentencia se sustentaba en el profundo conocimiento que de la historia de Cuba había adquirido, desde muy temprana edad, el joven Fidel y de sus extraordinarias y apasionantes vivencias solidarias al frente de la Revolución.

Insaciable lector, conoció en los libros los intentos de Bolívar y del gobierno de México a inicios del siglo XIX, en preparar expediciones para liberar la Isla de Cuba del colonialismo español; de la presencia de cientos de extranjeros en los campos de la Isla combatiendo por su independencia; del ejemplo luminoso de Máximo Gómez y el ideario solidario de Céspedes, Martí y Maceo.

Supo también que nuestros fundadores soñaron con la Confederación de Las Antillas, como patria común y escudo seguro ante el expansionismo yanqui sobre América y que jamás olvidaron a Puerto Rico en sus proyectos libertarios. Conocía la frase de Lola Rodríguez de Tió: “Cuba y Puerto Rico son, de un pájaro las dos alas….” Interiorizó el humanismo universal de su brújula inspiradora, José Martí, y valoró altamente el gesto noble de más de un millar de cubanos peleando en España por la República, y de los que combatieron el fascismo en la Segunda Guerra Mundial.

Es conocida su labor en defensa de la soberanía de República Dominicana, su participación en la expedición de Cayo Confite, su activismo en pro de la independencia de Puerto Rico, y su papel como estudiante combatiente en las calles de Bogotá, Colombia, durante el Bogotazo. Aquellos años forjaron las ideas que lo convertirían en un paladín de la solidaridad humana.

El apoyo popular en México, Venezuela, Costa Rica, Panamá, Ecuador, Estados Unidos, entre otras naciones, fue garantía de la legitimidad de la causa revolucionaria que triunfó el 1ro de enero de 1959. Mujeres y hombres de todo el mundo, ayudaron, de diversos modos, al triunfo de la Revolución Cubana el 1ro de enero de 1959.

Desde entonces, fue una constante en el discurso político de Fidel, sus alusiones a lo que llamó indistintamente solidaridad humana, solidaridad revolucionaria, ayuda solidaria, sentimientos internacionalistas, vocación internacionalista, deber internacionalista, conciencia internacionalista, espíritu internacionalista, entre otros. La deuda de gratitud de la revolución naciente, solo podría pagarse construyendo una Patria sólida y ejemplar, dispuesta a tender la mano a quien la necesitase.

El 23 de enero de 1959 arribaría Fidel a Venezuela en su primera salida al exterior tras el triunfo revolucionario del 1ro de enero. En la Plaza Aérea del Silencio, en Caracas, se referiría a “…la formidable y extraordinaria victoria del pueblo de Cuba que, sin más ayuda que la simpatía y la solidaridad de los pueblos hermanos del continente, sin más armas que las que supo arrebatar al enemigo en cada combate, libró durante dos años una guerra cruenta contra un ejército numeroso, bien armado, que contaba con tanques, con cañones, con aviones y con armas de todo tipo, armas modernas, las que se decía que eran invencibles…”.

En ese mismo día, en la Universidad Central de la capital venezolana, definiría el compromiso político de la naciente revolución con los pueblos del planeta: “…tengan la seguridad de que somos hombres conscientes de nuestra responsabilidad con nuestra patria, de nuestra responsabilidad con los pueblos oprimidos y de nuestro deber ineludible de solidaridad con todos los pueblos del continente americano…”.

Durante su viaje a Estados Unidos, el 24 de abril de ese año, en un mitin en el Parque Central de New York, en las mismas entrañas del imperio, refirió sin ambages cual sería la posición internacional de la Revolución:

“…Desde aquí decimos que Cuba y el pueblo de Cuba y los cubanos, dondequiera que estemos, seremos solidarios con los anhelos de liberación de nuestros hermanos oprimidos…”.

De Estados Unidos, pasó a Canadá, Trinidad Tobago y visitó Argentina, Uruguay y Brasil. Nuevamente el tema de la solidaridad fue eje de su discurso. El 5 de mayo en la explanada municipal de Montevideo, haría públicamente una declaración de fe, de su vocación solidaria e internacionalista:

“…No podemos sacrificar la esperanza que Cuba es hoy para los pueblos de América. Cuba —y lo digo sin sentido de orgullo, porque para nosotros eso no significa sino responsabilidades— es hoy como una lucecita que se enciende para América, como una lucecita que puede señalar un camino; Cuba, país pequeño, que surge sin ambiciones de dominio alguno, que surge con su Revolución sin ambiciones personales de ninguna índole; Cuba, que es hoy, en su Revolución, todo desinterés, todo generosidad, Cuba es como una luz de la que nadie puede sospechar, a la que nadie puede mirar con recelo, porque jamás podrá verse en Cuba sino que toda entera se da a los demás pueblos hermanos, que toda entera se solidariza con los demás pueblos hermanos”.

El 2 de septiembre de 1960, Fidel convocaría al pueblo en la entonces Plaza de la República, hoy Plaza de la Revolución José Martí, para contestar a las ofensas de la OEA en su reunión de Costa Rica. Ante un millón de personas reunidas en magna Asamblea Popular –conocida como Primera Declaración de La Habana–, enfatizaría en su artículo séptimo la irrenunciable vocación internacionalista de la Revolución:

“…La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba postula: (…); el deber de las naciones oprimidas y explotadas a luchar por su liberación; el deber de cada pueblo a la solidaridad con todos los pueblos oprimidos, colonizados, explotados o agredidos (APLAUSOS), sea cual fuere el lugar del mundo en que éstos se encuentren y la distancia geográfica que los separe. ¡Todos los pueblos del mundo son hermanos!…”.

Dos meses después, en el Palacio de los Deportes (actual Ciudad Deportiva), analizaba la importancia de resistir y triunfar, como ejemplo para otros pueblos del mundo. “…De nada valdría la solidaridad internacional si nosotros no fuésemos capaces de presentar, desde el primer segundo, una resistencia tenaz e invencible…”.

La ayuda estratégica que la Unión Soviética brindó a Cuba tras la ruptura de relaciones de Estados Unidos con la Isla y la ofensiva imperial para derrocar la Revolución, fue decisiva para su sobrevivencia. Desde todos los órdenes, la mano amiga soviética y de los especialistas del campo socialista, contribuyeron a la consolidación del proyecto revolucionario. Con armas soviéticas, los cubanos con Fidel al frente, derrotaron la invasión mercenaria de Playa Girón, enfrentaron la Crisis de Octubre y cumplieron las gloriosas misiones internacionalistas en Angola y Etiopía.

El año 1966 fue crucial en la definición del proyecto internacional de la Revolución. Agredida, aislada en el escenario internacional por las presiones del gobierno de los Estados Unidos, Cuba se convirtió en la capital mundial de los movimientos de Liberación Nacional y la lucha contra el imperialismo y el colonialismo en cualquier rincón del planeta. La resistencia del pueblo de Viet Nam, era fuente de inspiración revolucionaria. La solidaridad fue la premisa apasionada del pueblo cubano. El año, de hecho, fue nombrado oficialmente “Año de la Solidaridad”. El 15 de enero de 1966 se celebra en La Habana la Primera Conferencia de Solidaridad de los pueblos de Asia, África y América Latina (Tricontinental). Un año después, en agosto de 1967, se celebraría la Primera Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Ese mismo año, entregaba su vida en Bolivia, al frente de su ejército internacionalista, el comandante Ernesto “Che” Guevara. En la velada solemne en su honor en la Plaza de la Revolución de La Habana, el 18 de octubre, Fidel sentenciaría: “…¡Ningún hombre como él en estos tiempos ha llevado a su nivel más alto el espíritu internacionalista proletario!…”.

Convertido el internacionalismo en un pilar de nuestra cultura política y ciudadana, Fidel priorizaría la ayuda a otros países del mundo no solo por la vía armada, sino también ante situaciones de desastres como los terremotos de Perú y Chile.

En junio de 1975 visita Cuba el Primer Ministro del Reino de Suecia, Oloff Palme. En un acto de masas celebrado en honor del visitante en la Ciudad Escolar 26 de Julio en Santiago de Cuba, Fidel expresó:

“…El internacionalismo es una de nuestras banderas más sagradas, y desarrollamos nuestra conciencia internacionalista en la práctica del internacionalismo (APLAUSOS). Y sumándonos también modestamente, en la medida de nuestras fuerzas, a la tarea de colaborar y luchar también por otros pueblos.

Este espíritu internacionalista es la esencia de nuestros ideales revolucionarios…”.

Ese mismo año comenzaría la Operación Carlota, en la que el pueblo cubano bajo la conducción de Fidel escribió una de las más bellas páginas de altruismo y humanismo en la historia. Miles de cubanos, civiles y militares, ayudaron al pueblo angolano a consolidar su independencia y construir una patria digna y soberana. Lo mismo habían hecho antes en Viet Nam, y harían después en Etiopía, Nicaragua y Granada.

El historiador italiano Piero Gleijeses, en entrevista que le hiciese el periódico Granma en junio del 2015, declararía que “…No existe otro ejemplo en la era moderna en el que un país pequeño y subdesarrollado haya cambiado el curso de la historia en una región distante. El internacionalismo de los cubanos es una lección política y moral plenamente vigente…”.

Entre 1989 y 1991 se desmoronó el campo socialista. Cuba perdió el 85% de su comercio exterior. Comenzaba el período especial. Ni en esas condiciones dejó la Revolución liderada por Fidel de ser solidaria. La atención médica a las víctimas del accidente de Chernóbil es el más vivo ejemplo.

Los organismos internacionales como la ONU, el CAME o el Movimiento de Países no alineados, entre otros, han sido escenarios donde los cubanos han dado batallas solidarias por los pobres de la tierra. Fidel convirtió el podio de la Sala de Sesiones de la ONU, en las reuniones de jefes de estado y gobierno, en tribuna solidaria en defensa de la vida humana y de las causas nobles.

Al proyecto de becas para estudiantes del tercer mundo en la Isla de la Juventud, la Escuela Latinoamericana de Medicina y la Brigada médica Henry Reeve, se unen las brigadas de maestros internacionalistas Ernesto Che Guevara y Augusto César Sandino, que llevaron el saber a pueblos de África y América Latina. Con ellas hacía Fidel realidad los sueños de Céspedes, Martí, Gómez y Maceo.

Pero si una relación especial de solidaridad e internacionalismo ha tenido la Revolución Cubana en los últimos años, de agradecimiento sincero y basado en raíces históricas, es con el pueblo de Venezuela. El 23 de enero de 1959, cuando arribaba Fidel a Caracas, en el propio aeropuerto declaraba:

“…Vengo, en nombre del pueblo que hoy les pide ayuda y solidaridad, a decirles a los venezolanos que también pueden contar con nuestra ayuda y nuestra solidaridad incondicional y de cualquier forma cuando la necesiten… (…) Me falta solo decirles a mis hermanos de Venezuela que nunca tendrá Cuba con qué pagarles este gesto de solidaridad, que nunca tendrá Cuba con qué pagarles este formidable y grandioso apoyo moral que el pueblo de Venezuela le ha dado hoy, y que nunca, nunca tendré con qué expresarle al pueblo de Venezuela mi reconocimiento por el aliento que he recibido aquí.”

 

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Ramón Pedregal | Lunes, 19 Agosto 2019

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