La ambigüedad de un término
Lorenzo Gonzalo
Domingo, 10 de Abril de 2016

Lorenzo Gonzalo*/Foto Virgilio Ponce

Por Lorenzo Gonzalo*/Foto Virgilio Ponce -Martianos-Hermes-Cubainformación.- El término democracia dicen que nació en Grecia. Al desaparecer aquella civilización se esfumó del léxico público y la humanidad no volvió a escucharlo hasta que los fundadores de las ideas liberales lo rescataron sin mucha pompa, aunque en el concepto de los derechos ciudadanos proclamados renacía con nuevos colores.

Surgió la nación estadounidense y al poco tiempo la palabra fue reciclada. El sistema político fundado por las Trece Colonias estableció una Constitución donde la palabra democracia no aparece en ningún párrafo. Aprobó una Carta Magna donde las palabras idioma y partido brillan por su ausencia. Sólo se enfatizan las estructuras del gobierno, las obligaciones y potestades de éste y el respeto a la propiedad privada de los medios de producción, sin mención alguna que prohíba o limite otro tipo de propiedad, ni siquiera la del Estado. Fue un documento amplio, en función de la sociedad que habitaba aquellas tierras, cuyo número de personas ascendía a unas tres millones y medio, de las cuales setecientos mil eran negros, algunos de ellos no esclavos. Su espíritu fue de un pragmatismo total. No se tomaron en consideración ni siquiera los principios de la moral religiosa que profesaban la mayoría de ellos, convirtiendo al “ciudadano” en un concepto más importante que “humanidad”, definido sólo por el color de la piel. Ellos representaban los dos millones ochocientos mil productores de aquellas tierras. El esclavo, era un simple instrumento que actuaba como herramienta del blanco que habitaba el Sur del inmenso territorio; para el Norte era una ficha de negociación. Por encima de las concepciones humanistas, prevaleció lo consuetudinario; hábitos formados durante doscientos años de convivencia europea, donde los ingleses fueron mayoría como núcleo separado del resto, pero minoritario cuando se sumaban los irlandeses, suecos, holandeses, alemanes y algunos otros llegados durante los años de colonización, fueron el fundamento clave de esa Constitución. La estructura de Estado que crearon respondió a esas prácticas.

La prioridad de la unidad territorial les hizo desconocer la humanidad del negro y con ello el derecho de los esclavos. Más allá de los valores humanos que esa época procuraba imponer, primó la urgencia de sostener esa unidad, para lo cual era necesario que las colonias esclavistas del sur no se vieran forzadas a cambiar el modo de producción empleado hasta entonces.

Una corriente de ideas que defendía el derecho de los estados sobre el gobierno central, el valor de la agricultura por encima de la manufactura y una severa crítica de la actividad bancaria, asumió el nombre de Democracia – Republicana. A partir de ese instante el término se incorporó a los debates de la cúspide política y al lenguaje popular. Frente a esa corriente nació otra, agrupada en torno a George Washington, quien estaba consciente de tres cosas: el gobierno central era imprescindible y su autoridad primaba sobre los estados; un banco federal debe administrar las finanzas para que el nuevo país pueda cumplir con sus obligaciones domésticas e internacionales; y tercero, Inglaterra era mejor aliada que Francia, quien entonces se debatía entre la violencia y el desorden de la insurrección revolucionaria contra la monarquía.

No obstante, estas desavenencias no restaron la importancia del ciudadano para elegir al gobierno, un instrumento tan celosamente defendido, como el rechazo a que persona alguna, ni siquiera Washington, se eternizara en la Administración del Estado.

Europa, acostumbrada al despotismo de los reyes y a los gobiernos vitalicios apostó que aquello desaparecería en breve, porque para la época esa nueva forma de Estado era algo así como un engendro salido de cabezas soñadoras, más aún cuando pretendía convertir Trece inmensos territorios, en una solo nación. Europa, en guerras permanentes, no concebía un sistema capaz de balancear las iras, desacuerdos y múltiples intereses sociales con los que lidia necesariamente la dirección de un país, sin recurrir a la represión violenta y la coacción.

La primicia acuño la etiqueta y con el tiempo, a pesar de los cambios acaecidos con el devenir, influenciados por un desarrollo económico vertiginoso único en la historia del planeta, que nunca estuvo contagiado con formas feudales en lo económico y jamás con procedimientos autoritarios dentro del núcleo de sus ciudades originarias, elevaron la generalidad de sus procedimientos a categorías absolutas de gobierno, convirtiendo un caso aislado en una solución generalizada. A esto se sumó la leyenda bíblica de pueblo escogido, la cual se arrogaron de tal manera que se convirtió en mito y creencia popular.

Estados Unidos tiene la esencia de su desarrollo y crecimiento en estos factores. El país no es sólo el resultado de prácticas imperiales y depredaciones. Sería una gran equivocación entenderlo sólo a partir de esos criterios pues los resultados de su historia demuestran precisamente la eficiencia de las estructuras del Estado que fundaron. (La expansión hacia el oeste, la fundación de los demás estados, sin responder a un plan central, la intransigencia unitaria frente al Sur y el éxito del enfrentamiento, demuestran la eficiencia estructural del nuevo sistema y su capacidad para la formación espontánea de metas).

La problemática surge, cuando la elaboración de un sistema fundado hace más de doscientos años, interpreta que su eficacia es absoluta, dogmatiza el hecho e ideologiza su existencia, pretendiendo convertirlo en sinónimo de democracia de manera tan absoluta que cualquier otra estructuración política queda anulada. Esta práctica, aceptada por muchos, hacen parecer ambiguas las concepciones democráticas.

En esto han consistido fundamentalmente los problemas internacionales del Siglo XX. Sin los afanes evangelizadores de Estados Unidos, el orden internacional hubiese sido menos confrontacional y China lo demuestra con su política de dejar hacer, porque el capital para abrirse camino, no requiere imponer estructuras políticas. Al menos, en gran medida, eso ha demostrado el Gigante Asiático.

La democracia, la participación del ciudadano en los destinos del medio social donde se desenvuelve, el balance de poderes y el control del Estado para garantizar que fluya la iniciativa, el orden y el respeto indispensable de ciertos elementales derechos que todo ser humano nos consideramos inviolables y básicos para nuestra felicidad, pueden lograrse por muchos procedimientos.

El aporte de Estados Unidos fue demostrar que las libertades personales pueden existir a escalas nunca imaginadas antes de 1786; que se puede escoger, dentro de amplios márgenes de libertad que nunca son absolutos, a la persona que gobierna; que puede existir la alternancia en la Administración del Poder, sin quebrar o poner en peligro el ritmo social; que a pesar del peso de los capitales y la influencia del dinero dentro de esa dinámica, el Poder del Estado puede decidir ante el peligro, por encima de los intereses de determinados grupos económicos; que prevaleciendo la legislación y la jurisprudencia sobre los personalismos, se garantizan la estabilidad del Poder y la paz social; que los ejércitos son resultado de la voluntad cívica y no a la inversa; y que los gobernantes pueden desaparecer sin causar mayores conflictos al desarrollo continuado del país.

Todo eso, fue un gran aporte, pero no significa que la democracia sólo es alcanzable a través de aquella estructura política que en un instante histórico convirtió en realidad lo impensable. Como muestra de esto pueden señalarse los síntomas de insuficiencia que comienzan a resaltar. De ellas han surgido los debates públicos que estamos presenciando durante el actual proceso electoral estadounidense. El sistema político mundial está en crisis, la economía se transforma a sí misma y en menos de una década se avizora el comienzo de la Cuarta Revolución Industrial. Los caminos que conducen a la Democracia son múltiples.

Así lo veo y así lo digo.

*Lorenzo Gonzalo, periodista cubano residente en EE.UU., Subdirector de Radio Miami.

Enviado por el autor a: Martianos-Hermes-Cubainformación

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