Mi amiga le va a Trump
Sandra Abd'Allah-Alvarez Ramírez (Negra cubana)
Miércoles, 19 de Octubre de 2016

Sandra Abd´Allah-Álvarez Ramírez - Blog "Negra cubana tenía que ser" / Cubainformación.- Las redes sociales, esos medios donde nos desangramos digitalmente por uno u otro tema, me han puesto de cara ante la posibilidad de disentir y legitimar. Por esa vía me enteré de que mi amiga, mi pana, mi sorella, mi socita, mi hermana: ella le va a Trump.

Yo activista, consciente, luchadora, para mí “con mis propias guerras” -como dijera una amante-, y aunque la política estadounidense no es uno de mis intereses más sublimes, imposible permanecer impávida ante un hombre que promete devolver la grandeza a un país, como si alguna vez la hubiese tenido, a costa de la dignidad humana.

Soy antiTrump hasta la médula y las razones están a la luz del sol. Este señor representa el sistema al cual le intento hacer hoyos cada día, por racista, xenófobo, misógino, por antihumano. Él y sus muros, simbólicos y reales, son todo lo que no cabe en “mi nuevo mundo es posible”.

Sin embargo, para mi amiga ahora se acerca la posibilidad de regresar al Estados Unidos que ella pisó por primera vez, y de manera definitiva, hace casi 20 años. En aquel otro de sus recuerdos, no se daban tantas facilidades a los recién llegados, las mismas que ella no pudo disfrutar, pero que ahora plantea como el motivo principal para que la gente se lance al Estrecho de la Florida o a las selvas de Centroamérica. “Ya nadie quiere trabajar, cuando yo vine no era así, ahora quieren vivir de los food stamps, las ayudas…”. Me repite y cada palabra me martilla el cerebelo.

Me lo dice entre sonrisas, calmada, como si estuviésemos hablando de “viste como en Cuba le rebajaron 10 centavos a la leche en polvo de la shopping”, tema que pudiera ser trascendental si te ubicas a 90 millas de su Miami cotidiano, pero tal no es el caso. Y yo, del otro lado de la línea, ya no pienso en el suicidio que le prometí si me confirmaba que era trumpista, sino en lo que nos perdimos de nuestras vidas, de nuestra amistad marcada por la emigración.

Crecí escuchando que todas las personas somos iguales y tienen los mismos derechos, aunque luego confirmé que ni en Cuba es así. No es discurso neoliberal, como alguien me dijo hace poco en Facebook. En la Cuba de los 70 crecimos todos bajo ese principio.

Y le explico: “nos han inoculado una idea que se sostiene con el odio entre las personas oprimidas. Ellos, los de arriba, los dueños del capital, nos han hecho creer que nuestro igual es el enemigo, cuando lo cierto es que a ambos nos explotan.

Mi amiga pasa de largo. Ella que no ve tele, no lee diarios -yo tampoco-, y trabaja 24/7 para poder sacar a su familia adelante. Le va muy bien, podría decir. Es una mujer de éxito. Yo, del otro lado del Atlántico apoyo profesionalmente a adolescentes refugiados, quienes llegan a este país buscando el hogar que una bomba producida en el país que Trump promete reconstruir, destruyó.

Recuerden que juré suicidarme si ella votaba por Trump, pero sucede que nuestro amor no me permite siquiera pensar que no exista en mi vida. Repito: es mi amiga, mi pana, mi sorella, mi socita, mi hermana. Y ella le va Trump.

 

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