El miedo de Virgilio y la herejía
Yohan González Duany (Desde mi Ínsula)
Lunes, 29 de Agosto de 2016

“(…) de pronto la persona más improbable, toda tímida y encogida, se levantó de su asiento y parecía que iba a darse a la fuga pero fue hasta el micrófono de las intervenciones y declaró: “Yo quiero decir que tengo mucho miedo. No sé por qué tengo ese miedo pero es eso todo lo que tengo que decir”. Era (…) Virgilio Piñera que había expresado lo que muchos en el salón sentían y no tenían valor de decir públicamente”

Guillermo Cabrera Infante (1998)

Yohan González Duany - blog Desde mi Ínsula. - Cincuenta y cinco años han pasado desde aquel histórico encuentro entre Fidel Castro y un grupo de escritores y artistas quienes, durante tres días en abril de 1961, discutieron sobre el futuro de una Revolución que se debatía entre asumir a la Cultura como aliada o subordinada. Responder a esa relación era necesaria, y más en aquellos tiempos de amenazas externas y una confrontación entre diversos sectores de la intelectualidad por el control del poder cultural.

Virgilio Piñera estuvo allí, entre la flor y nata de la intelectualidad de los primeros años revolucionarios. Aquel flaco, ateo y maricón (“La literatura es mariconería y para maricón, yo”, diría en una ocasión) tuvo la útil osadía de hablar de miedos ante el propio Fidel Castro: “ (…) hay un miedo que podíamos calificar de virtual que corre en todos los círculos literarios de La Habana, y artísticos en general, sobre que el Gobierno va a dirigir la cultura. Yo no sé qué cosa es cultura dirigida, pero supongo que ustedes lo sabrán.”

Algunos han querido interpretar sus palabras como un “miedo virgiliano” al poder totalitario; sin embargo, a lo que en realidad temía era a la posibilidad de que el pensamiento estalinista y pro-soviético se hiciera con el control de la política cultural. Hay quienes piensan que la respuesta a sus miedos está en aquella tan manida y retorcida frase de Fidel Castro sobre los límites de la Cultura en la Revolución. Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho”, expresaría Fidel  en las conclusiones de su encuentro con los intelectuales en 1961. Pero ni siquiera aquello calmó a Virgilio. La instauración del “diversionismo ideológico” como etiqueta, la censura literaria, la parametrización, el “pavonismo” y el Quinquenio Gris serían las amargas respuestas a sus miedos. Apartado de la vida cultural cubana, Virgilio moriría en octubre de 1979 incapaz de ver restituido su papel como figura indispensable de las letras cubanas del siglo XX.

A pesar de los años, aquel “miedo virgiliano”, que el intelectual cubano Julio César Guanche representaría en la pregunta “¿Cuáles serían los límites de la creación intelectual en la Revolución?”, sigue aun teniendo vigencia y necesidad de ser respondido. Al igual que en 1961, la censura y el pensamiento dogmático y dócil siguen conviviendo entre nosotros. Al igual que en 1961, en la Cuba del 2016 persiste la lucha entre sectores por el control no solo de la Cultura sino también de lo que significa o no ser revolucionario.

“Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado; (…) es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional”, dijo Fidel Castro durante un discurso en 2002 que muchas veces repiten y repiten algunos sin entender la verdadera dimensión de lo que es ser revolucionario. Revolucionario es aquel intelectual que cuestiona el dogma y ofrece nuevos puntos de vista o el periodista que informa, visibiliza y cuenta a riesgo de ser atacado por los “asalariados dóciles al pensamiento oficial” o el aquel que dibuja y escribe un país que está más allá de los límites de lo armónico. Revolucionario es también el trabajador que critica y lucha contra lo injusto. Revolucionarios todos, herejes del dogma.

Dijo una vez Alfredo Guevara que “mientras más fuerte y denso es el dogma que impide y retarda la vida, más placentera resulta la herejía intelectual que lo desautoriza”.

Este post no es nada más y nada menos que un canto a una necesaria y revolucionara herejía a ejercer por aquellos que conviven y forman parte de la sociedad cubana actual, una sociedad que está más allá de quienes somos cubanos de nacimiento. Es un canto a la inconformidad y a la crítica necesaria. Es una afrenta contra la censura, el purismo, la negación de la realidad y el conformismo.

“Nadie me puede acusar de contrarrevolucionario”, dijo Virgilio Piñera aquel 16 de junio de 1961 al formular sus miedos. Unos miedos que merecemos extirpar de nuestra sociedad ahora que Cuba avanzada en terrenos desconocidos. En la herejía útil y revolucionaria reside la fórmula necesaria para lograrlo.

He ahí la verdadera actualización.

TOMADO DEL BLOG DESDE MI ÍNSULA

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