Misión Verdad.- Sobre Venezuela se publica mucho y de manera cotidiana información, informes y opiniones en la mayoría de medios internacionales que no suelen contrastarse bajo ningún concepto, salvo para demonizar al gobierno de Nicolás Maduro y al chavismo en general.


Se ha denunciado continuamente que se trata de una orquestación (à la Goebbels) que manipula todo hecho, dato o declaración proveniente de o sobre la República Bolivariana con el fin de ablandar a los receptores mediáticos y así justificar cualquier tipo de agresión estadounidense y europea, sea esta económica, diplomática e incluso militar o armada.

En torno a este argumento, el canciller venezolano Jorge Arreaza interpeló al señor Peter Limbourg, director general de Deustche Welle (DW), la agencia de noticias del Estado alemán, en una misiva que fue publicada vía Twitter.

Con tono diplomático, el ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela rechazó la línea editorial de la DW sobre la constante cobertura mediática del país. Dice al principio de la carta:

El tipo de abordaje que ustedes han decidido emplear sobre Venezuela ha fracturado los principios más básicos del ejercicio periodístico, como la diferenciación entre hechos y opiniones, el contraste de informaciones y la objetividad, optando, más bien, por un tratamiento marcado por las noticias falsas, la violencia simbólica, el blanqueamiento de los actores de las múltiples agresiones que hemos sufrido y la simplificación del bloqueo económico, financiero y comercial que sufre el país todo.

Inmediatamente, infiere que el medio alemán no toma en consideración la "cultura de la guerra" en que se desenvuelven las matrices y narrativas sobre Venezuela y otros países asediados por Estados Unidos y sus socios más cercanos en el plano internacional, puesto que se "ha normalizado el uso de la información como arma política".

Para ejemplificar lo dicho, el canciller refirió "el divorcio definitivo entre comunicación e información" que se erigió luego de la primera Guerra del Golfo (1990-1991) y la invasión a Irak (2003), consolidándose "el uso de los medios como un instrumento de conquista y dominación". Y sigue:

Estos acontecimientos tuvieron una importancia central en la forma de informar: la del Golfo fue la primera guerra televisada y transmitida en vivo, cubierta con una lógica de saturación informativa que difuminó la frontera entre crueldad y espectáculo, pero también entre acontecimiento y representación. La de Irak, aunque no fue singular en sí misma, pues sobran casos de guerras que fueron desencadenadas por informaciones falsas, tuvo como rasgo especial el apoyo monopólico de los medios de comunicación, que actuaron como instituciones al servicio de las ambiciones del poder occidental, propalando un contrato de interpretación que consistía en resaltar la misión "civilizadora" de los países ricos contra la "barbarie" de los países pobres del Sur Global, aquellos que nunca se han destacado, precisamente, por bombardear naciones con "armas de destrucción masiva".

A esta usanza guerrerista de los medios hegemónicos, el ministro Arreaza los denomina principios de "cobertura informativa", plegados a "fabricar una representación uniforme de un determinado país bajo la mirada única de Occidente, para justificar todo tipo de agresiones", como en el caso de DW sobre Venezuela, que, junto con otras agencias de comunicación, información y propaganda avanza en una "estrategia combinada de desinformación, propaganda y terrorismo informativo" contra la República Bolivariana, "prolongado daño psicológico y moral contra nuestro pueblo y sus instituciones, con el fin evidente de socavar la imagen pública del país".

En la carta, luego, se pasa a describir los "dos instrumentos de guerra y reconquista usados en paralelo" de los que el pueblo venezolano es víctima: 1) la guerra política, económica e internacional que "intenta apoderarse de nuestros recursos naturales y debilitar nuestra integridad institucional y territorial", y 2) la guerra informativa que "persigue el sometimiento del alma y la mente de los venezolanos, blanqueando, simultáneamente, la crueldad de las agresiones externas y evitando que la realidad del país pueda ser vista con objetividad en el mundo".

De esta manera se llega a una conclusión tajante, tomando en cuenta la realidad internacional que incide en la venezolana: "El bloqueo también es mediático", y remata: "lo mueven las mismas motivaciones que el económico: fabricar una crisis que 'requeriría' como 'solución' la interferencia unilateral y abusiva de los países occidentales".

Las palabras del canciller Arreaza interpelan directamente a Limbourg por el barniz claramente sesgado y tendencioso con el que DW ha minado la información sobre Venezuela en sus últimas coberturas:

Concretamente, su cobertura de los acontecimientos en Venezuela mezcla la desinformación con el apalancamiento de vocerías claramente alineadas con la promoción de un cambio de régimen. Es también un patrón en su tratamiento informativo el uso de la generalización de hechos parciales, el proselitismo ideológico disfrazado de análisis periodístico, junto a la demonización del Gobierno Bolivariano y el uso de información incompleta o sesgada para distorsionar la realidad.

De manera específica pasa a comentar tres notas publicadas recientemente la web alemana. Comienza por un artículo del 14 de enero reciente "sobre una supuesta 'escuela de operaciones especiales' donde agentes cubanos e iraníes 'entrenan' a militares venezolanos en diversas 'tácticas de tortura' para ser empleadas contra la población civil", usando como fuente un informe expedido por el Instituto Casla, dirigido por Tamara Suju.

Suju formó parte de las delegaciones internacionales del breve gobierno fake de Juan Guaidó, "representándolo" ante la República Checa hasta hace unos meses, al mismo tiempo que ha apoyado abiertamente la aplicación de la R2P sobre Venezuela, "más sanciones, más acorralamiento" contra el país y ha promovido el procesamiento del presidente Nicolás Maduro ante la Corte Penal Internacional (CPI). Alguien con el perfil de Suju no puede ser una fuente fiable sin haber contrastado lo que emite, sobre todo si es información sensible a la población venezolana.

Con relación al informe del Instituto Casla, presentado ante la Organización de Estados Americanos (OEA) y reseñado por DW, el canciller denuncia: "DW le otorgó credibilidad al informe, citó sus afirmaciones y, sin contrastar la verosimilitud de las 'fuentes', presentó al público el producto con un título afirmativo: 'Oficiales iraníes y cubanos entrenan a militares en Venezuela para 'manipular' a la sociedad'".

Así, se encapsula una información que no pasa por los filtros estándar del periodismo tradicional, sino que se barniza con tono "informativo" un claro bulo mediático en aras de asociar a Venezuela con otros países del "Eje del Mal" como Cuba e Irán, todo según el manual propagandístico de Edward Bernays. ¿Quién, entonces, es el que manipula?

Luego de haber expuesto la arquitectura falaz de esa nota pasada por "informativa", la misiva ilustra otro ejemplo del "patrón de desinformación" sostenido por DW con un artículo publicado el 12 de enero reciente, un informe en el que DW

...acusa al Gobierno Bolivariano de atacar a los "medios de comunicación privados", unificando hechos dispersos para simular una especie de ataque sistemático contra la prensa y recubrir de sentido dicha premisa. Tomaron declaraciones del magnate hondureño Jorge Canahuati, presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), de quien también omiten su contribución al golpe de Estado contra el presidente de Honduras Manuel Zelaya, en 2009, un antecedente antidemocrático que lo desautoriza para dictar cualquier juicio contra Venezuela.

Incluso, el entonces presidente hondureño Porfirio Lobo en 2012 había denunciado un complot por parte del empresario Jorge Canahuati, dueño de los periódicos La Prensa y El Heraldo (del Grupo OPSA), de intentar derrocarlo como lo había hecho con el gobierno anterior en 2009. Canahuati fue un fuerte respaldo de Roberto Micheletti (responsable del golpe a Zelaya y presidente ilegítimo hasta la asunción democrática de Lobo) y el grupo mediático que preside ha sido denunciado por la persecución de campesinos y el patrocinio de golpistas.

Una vez más, DW usa fuentes claramente plegadas a grupos sediciosos y al terrorismo informativo sin contrastarlas con otras visiones del conflicto venezolano. Ese es el equilibrio que tanto pregonan los medios occidentales.

Pero el desmontaje de dicha noticia no termina ahí por parte del máximo diplomático de la República Bolivariana:

Además de realizar generalizaciones sobre la base de hechos aislados y de distinto origen, naturaleza e intensidad (como las investigaciones a VPI o la vigencia de la Ley contra el Odio, etc.), DW cae en una falsificación evidente, afirmando que "una charla sobre periodismo del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa, en la embajada de Gran Bretaña en Venezuela, le bastó al régimen para protestar contra el Gobierno de Boris Johnson por supuesta 'financiación ilegal'".

A esta deriva informativa, la misiva le replica con un trabajo de investigación realizado por Declassified UK, que demuestra que tal financiación ilegal no tiene nada de "supuesta", sino todo lo contrario: Londres está implicado en el financiamiento de planes encubiertos para desestabilizar al gobierno de Venezuela vía dos proyectos: un programa que propone la cobertura de hasta 250 mil libras esterlinas (unos 340 mil dólares, aproximadamente) a sectores del periodismo para "influenciar las agendas mediáticas locales y nacionales" venezolanas y otro de "promoción a la democracia" que el Ministerio de Relaciones Exteriores del Reino Unido está financiando a través de la Fundación Westminster para la Democracia.

Desde 2016 se han desembolsado 750 mil libras esterlinas o su equivalente en dólares, más de 1 millón, en operaciones discretas enmarcadas en ese programa.

"Con esta omisión deliberada, DW ha intentado socavar la credibilidad de las denuncias de Venezuela, toda vez que encubre la actuación ilegal del gobierno del Reino Unido", acusa el canciller venezolano.

Para terminar la ejemplificación de la intoxicación mediática expedida por DW en su cobertura diaria sobre Venezuela, se rechaza un artículo de opinión del pasado 23 de enero de un corresponsal llamado Johan Ramírez, en el que se hace una férrea defensa del bloqueo y embargo contra el país a pesar de que constituyen crímenes de lesa humanidad contra la población venezolana.

Este corresponsal emplea una retórica agresiva, desmedida y criminalizante contra la figura del presidente Nicolás Maduro, calificándolo de dictador, mientras que al chavismo lo acusa de brindar "privilegios a las Fuerzas Armadas a cambio de control y represión", y de intentar "apaciguar el descontento social con bonos u obras públicas".

El periodista repite lo que voceros antichavistas han dicho sin cesar desde hace dos décadas: que las políticas públicas y los programas de inversión social desarrollados por Gobierno bolivariano son "mecanismos de coacción social". Además, en esa pieza se exhibe un "proselitismo editorial mucho más acentuado" en el que, a pesar de admitir la derrota de la "estrategia Guaidó" para derrocar al presidente Maduro, no existe un ápice crítico sobre el mismo gesto de autoproclamación del exdiputado como "presidente encargado" o "interino", a todas luces anticonstitucional e ilegal por donde se le mire.

Con contradicciones incluidas y expuestas en ese artículo de opinión, el ministro Arreaza alega: "Es de suponer que el corresponsal expresa la postura partidista de la DW y el estímulo revanchista que ha provocado la multiplicación de los ataques propagandísticos contra Venezuela en las últimas semanas".

Al final de la carta, concluye que "DW despliega una agenda de ataque simbólico que abarca todos los ámbitos de la vida del venezolano, intentando representar a la República Bolivariana de Venezuela como una entidad al margen de los parámetros 'civilizados' de Occidente, razón por la cual todas las agresiones estarían 'justificadas' por causas 'nobles'", e invita al medio alemán a "revisar su línea editorial con respecto a Venezuela, procurar mayor rigor periodístico, investigar y contrastar datos, acciones que constituyen, como usted lo sabe, las bases fundamentales del ejercicio periodístico".

La respuesta de DW

A esta incisiva interpelación le correspondió una débil respuesta, que más bien tomó una posición defensiva y sin intenciones de reflexionar en torno a lo reseñado por la carta del líder diplomático de Venezuela. Pero no respondió Limbourg sino Christoph Jumpelt, subordinado de Limbourg: un despropósito si quien fue interpelado había sido la máxima autoridad del medio alemán.

Primero, aludió que la misiva bolivariana fue tomada "con cierta extrañeza", aunque no explica las razones. ¿Por qué el canciller venezolano se dignó a escribirle directamente? ¿Por los grados de escrutinio a los que fue sometida la línea editorial de DW? ¿Por ambas?

Aunque Jumpelt afirma que las acusaciones venezolanas son "insostenibles", no justifica su respuesta con la misma vara argumentativa, sino que se dedica, tímidamente, a describir los productos que elabora la cadena de noticias cotidiamente, algo que está a la vista de todo el mundo, al mismo tiempo que sostiene falacias como la siguiente frase: "DW informa sobre Venezuela con imparcialidad periodística y objetividad".

Con relación a los artículos de opinión, Jumpelt afirma que "son expresión del derecho universal a la libertad de opinión y, por tanto, no pueden reflejar 'una actitud de la Deutsche Welle'. Si ha tenido usted ocasión de leer nuestros artículos de opinión sobre la política del gobierno alemán, quizás se haya percatado del amplio espectro de opiniones publicadas y de la importancia que tiene la libertad de opinión para DW".

Esto último no se corresponde con la realidad cuando en los reportes informativos e informes sobre Venezuela se repiten los mismos códigos que subyacen en las piezas de opinión. Además, el canciller se refiere propiamente a la línea editorial de DW contra la República Bolivariana (y no a lo que publica sobre el gobierno de Angela Merkel), donde hay poquísimos ejemplos de contraste sobre todo en los comentarios e interpretaciones que emanan de sus artículos.

Sobre el uso del magnate Jorge Canahuati como fuente primaria para la nota sobre la supuesta censura sin fundamentos a medios privados en Venezuela, Jumpelt "argumenta" que su prontuario no es menester a los fines del medio, "algo que no afecta en nada al cargo del mencionado señor y que es citado justamente en esa función", como si hubiera realmente una diferencia y matices entre el Canahuati periodista y el Canahuati operador político. La historia confirma que no existe una escisión en el carácter del personaje en cuestión.

Luego, de manera cínica, dice el germano que "está muy agradecido" al canciller Arreaza "por confirmarnos aquí que su protesta no estaba solo [sic] motivada por la conversación [de la embajada británica] con el sindicato de prensa, sino efectivamente por las ayudas financieras británicas a medios de comunicación independientes. Esto lo tendremos en cuenta en informes futuros".

Dicha acusación de financiamiento extranjero, primero, había sido enunciada por el Gobierno bolivariano en su momento luego de que se publicaran las investigaciones periodísticas pertinentes, y, segundo, deja al descubierto que de "independientes" los medios privados venezolanos no tienen nada. Esa palabra es un cascarón vacío en el marco de la guerra informativa contra Venezuela.

Aunque prefiere no "comentar en detalles" los argumentos contra el artículo de opinión de Johan Ramírez (residenciado en Colombia, según el propio Jumpelt), sí acomete una defensa férrea del personal a su orden, alegando que existe diferencia de opiniones entre sus periodistas y que ello produce notas que supuestamente demuestran el perfil equilibrado e imparcial de la DW.

Sin embargo, el balance de las notas que muestran visiones contrastadas son difíciles de conseguir en el archivo del medio alemán, algo que Jumpelt no refiere solo por justificar su posición como director general de un aparato propagandístico tan sesgado como lo es Deutsche Welle.

A este tipo de comportamiento en el que no se admite las evidencias de las que se acusa a alguien, no importa cuán prístinas sean, en Venezuela y el Caribe tenemos una expresión lapidario: "Tira la piedra y esconde la mano". Esta vez quien esconde la mano responde a órdenes alemanas, y probablemente, de retruque, anglosajonas.

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