Dick Russell - Publicado en Miami New Times, el 29 de octubre de1976 - Traducido por Michel Rodríguez, del Equipo de Traductores de Rebelión y Cubadebate.- Con la voladura de más de 100 bombas en los últimos 18 meses y un promedio de un asesinato semanal desde el pasado mes de abril, la comunidad de 45 000 emigrantes cubanos de Miami se encuentra en plena guerra civil. Al crepúsculo la multitud comienza a congregarse en La Pequeña Habana de Miami. Se reúnen junto a los puestos de frutas y vegetales y en la acera de las cafeterías con pequeñas tazas de humeante café cubano.

Siempre se han reunido así al final del día, socializando amigablemente, intercambiándose saludos a gritos. Pero en estos días, no se escuchan gritos entre los exiliados cubanos. Se nota una nueva tensión en los rostros, distantes y recelosos, furtivo como el bulto de acero en los bolsillos de la chaqueta de los hombres, y silenciosos como los pequeños crucifijos que proliferan en las fachadas de los comercios en la Calle Ocho del Southwest.
"Todo el mundo anda con una .45 nueva y una mini ametralladora con un cargador grande”, según la descripción de Gary Minium, teniente de homicidios de Miami. “Lo que quiero decir es que no estamos acostumbrados a esto. Nunca tuvimos ni experimentamos esto con anterioridad. Resulta completamente nuevo para nosotros y difícil de comprender”.
Desde abril están asesinando a cubanos en La Pequeña Habana de Miami casi semanalmente.  Los están matando los viernes y en los días feriados, como si fuera la fuerza de una secta diabólica. Además, han estallado más de 100 bombas en los últimos 18 meses: bombas en la entrada de tiendas y periódicos cubanos, a veces bajo el capó de autos de cubanos. La víctima más reciente bien puede haber sido Orlando Letelier, el ex canciller chileno, al que mató una bomba en Washington, D.C, el mes pasado. Los oficiales de inteligencia están investigando varios nexos entre la voladura de bombas y grupos de exiliados cubanos extremistas. Sin embargo, nadie, mucho menos los propios exiliados, están dispuesto a decir por qué ha estallado la violencia.
El Viernes Santo de 1974, José Elías de la Torriente fue el primero en recibir su “cero”. Estaba viendo la televisión con su esposa cuando la bala fatal entró por la ventana de su sala. Con 69 años de edad, Torriente había formado parte del puñado de líderes veteranos de la comunidad de exiliados cubanos en Miami. Unos años antes había recibido atención internacional por poco tiempo a raíz de un intento de preparar una gran ofensiva armada contra Fidel Castro. Sin embargo, ya algunos de sus seguidores tenían una respuesta para cuando comenzaron a preguntarse si el “Plan de Trabajo para la Liberación” de Torriente alguna vez se pondría en marcha.
Junto a la puerta del líder asesinado se encontró un pedazo de papel oscuro, con sus iniciales y el símbolo oval del cero. Al día siguiente, los medios de prensa de Miami recibieron una carta larga en español escrita a máquina.  Estaba dirigida a la “opinión pública” y firmada por algo llamado el “Grupo Cero”. Calificando a Torriente como “traidor a la Patria”, la misiva prometía eliminar a todos los líderes del exilio cubano que “obstaculizaran el proceso de liberación de su patria al trabajar sólo en pos de sus ambiciones bastardas”. Torriente no era más que el primero de muchos cubanos “vacíos e insignificantes” marcados para la ejecución.
"Cada uno, en su momento y de forma fría y ecuánime, comenzarán a recibir su cero”, concluía la carta. “Un cero infinito que adornará su tumba que pronto será olvidada. . . Los cementerios son grandes y tenemos tiempo más que suficiente para llenarlos”.
En cuestión de días llegó una segunda carta que contenía los nombres de diez exiliados muy conocidos marcados con un “cero”. En La Pequeña Habana, donde la mayoría de los 450 000 cubanos de Miami tienen sus hogares en una sección de de 600 manzanas de bodegas y bungaloes, la especulación inmediata fue que Castro tenía que estar detrás de ello. Sus agentes –corría el rumor— sencillamente estaban tratando de fomentar la desconfianza entre las facciones del exilio. En verdad, habían pasado años desde que los exiliados y sus patrocinadores de la CIA habían sido una amenaza para Castro. La perspectiva de relaciones más estrechas entre los EE.UU. y Cuba pocas veces había estado mejor desde que Castro asumiera el poder.
Pero la lista de muerte no era un engaño. Para el verano pasado, ya habían matado a cuatro de los diez nombres. Una quinta víctima yacía sin piernas en un hospital de Miami.
En la superficie, Miami había regresado la normalidad. En Cayo Vizcaíno, la gente como Richard Nixon habían vendido sus casas y Bebe Rebozo había sido elegido presidente de la Cámara de Comercio. Bernard Barker, que dirigió unas palabras ante un club Kiwanis local en el cuarto aniversario de la irrupción en el Watergate, es inspector municipal de sanidad; Frank Sturgis, es gerente general de ventas de la Miami Book Manufacturing Company. Lo que una vez fuera la mayor estación de la CIA en el mundo ahora se ha reducido, aparentemente, a una oficina única en Coral Gables, con un directorio telefónico conspicuamente disponible en Información. Incluso la pensión de Nelly Hamilton, donde los soldados a sueldo venían a aguardar su próxima expedición anticastrista, había pasado a la renovación urbana.
Así que cuando viene el notable aumento en el terrorismo de los exiliados, el FBI, por ejemplo, habla de manera general de venganzas personales, o de luchas internas de la “mafia cubana” local. Pero desde diciembre pasado, cuando estallaron siete bombas en 24 horas en las oficinas y edificios gubernamentales de Miami, el FBI mantiene una unidad especial para violencia del exilio.  En mayo, el Departamento de Justicia había participado activamente en 18 casos de atentados con bombas y asesinatos, y analizaba si muchos casos más caían dentro de su jurisdicción. Ciertos líderes del exilio habían ido a Washington para asistir a una conferencia especial en la oficina del Fiscal General.
A principios del verano pasado, vino un aluvión de tres arrestos por separado. Desde entonces, las cosas han estado relativamente en calma en La Pequeña Habana. Por lo menos esto debió haber dejado algo perfectamente claro: en cada caso, los sospechosos tenían algo en común. En un momento u otro, todos estuvieron relacionados con un hombre llamado Orlando Bosch.
En alguna parte de lo profundo de América Latina este hombre pudiera tener la respuesta. Se trata de un otrora reconocido pediatra de 50 años de edad que tiene cinco hijos, que no ha visto a pacientes ni a su familia desde que huyó de Miami hace dos años, inmediatamente después del asesinato de Torriente. Se dice que actualmente controla una red terrorista de derecha que responde a varios nombres y que se extiende desde un escondite secreto en Chile hasta las aterrorizadas calles de La Pequeña Habana.
El Dr. Orlando Bosch es también un experimentado líder de la guerra no declarada de la CIA contra la Cuba de Castro del decenio de 1960. “Fue Bosch”, apunta un exiliado que insistió en el anonimato, “quien llevó un grupo al Congreso Mundial de Exiliados en Puerto Rico en octubre de 1973. Dijeron 'Tenemos que limpiar a los exiliados de todo mal, esos son obstáculos que obstruyen la libertad de Cuba'. Comenzaron a suceder muchas cosas después de esa reunión”.
Es una imagen de Frankenstein --el pediatra chiflado que va a purificar su lucha, eliminando aquellos que considera le han fallado a él y a la causa del exilio. Pero en lo privado, enigmáticamente las autoridades de Miami admiten que es una posibilidad muy real. “Solamente digamos que me encantaría hablar con él", afirma el detective de homicidios Fabio Alonso.
Se dice más fácil de lo que se hace. Desde que pasó a la clandestinidad en 1974, Orlando Bosch se ha comunicado con el mundo mediante mensajes ocasionales a la prensa de Miami. Mensajes desde Venezuela, Costa Rica, la República Dominicana y Chile. Lo han arrestado por aquí, deportado por allá, y todavía se mueve por el hemisferio, un hombre de mediana edad con espejuelos, un ligero bigote, siempre ataviado de traje y corbata. A finales de 1974, el gobierno de los Estados Unidos tuvo su última oportunidad de conseguir su extradición. Se negó a hacerlo. De alguna manera, de algún modo, el Dr. Bosch se había auto inmunizado.
Oficialmente, los funcionarios de Miami prefieren no especular sobre el poder que Bosch ostenta –y de dónde pudiera sacarlo.
Un antiguo amigo del Dr. Bosch es José Antonio Mulet, un hombre alto y adusto de 55 años de cabello poco abundante y canoso. Vive en la periferia de La Pequeña Habana, a una distancia considerable de los cafés en las aceras y  de las entradas de las casas donde los viejos juegan dominó incesantemente. Habita en un vecindario tranquilo, de clase media, de gramas bien arregladas. No es exactamente el tipo de lugar donde uno espera que se realice un asesinato al estilo del hampa.
José Mulet no está renuente a hablar acerca de los detalles del tiroteo que casi le cuesta la vida en marzo pasado. Le mostrará cómo el auto subió hasta la cerca mientras él estaba parado al lado de su hamaca en la oscuridad, y cómo se bajaron tres hombres latinos y abrieron fuego, cómo un disparo lo alcanzó en el hombro, otro mató a su perro y una docena más dejaron la casa contigua llena de agujeros. Le explicará cómo entró corriendo a buscar su revolver .38 –el mismo que ahora se asoma constantemente en su bolsillo-- y salió tras el auto que se alejaba chillando los neumáticos hasta el final de la cuadra. José Mulet le hablará de todo esto, pero no hablará de su viejo amigo el Dr. Bosch.
"Sí, estuvieron en la cárcel juntos”, dice la hija de Mulet, que hace de traductora. “Aunque desde 1967 no han tenido contacto personal. Eran buenos amigos. Muy buenos amigos. Pero mi padre no está en la política desde 1967. Nadie sabe lo que Orlando Bosch está haciendo ahora”.
Baja la cabeza. “Cada vez que me enfermaba, iba con el Dr. Bosch”, afirma.
Cuando la policía los arrestó en 1966, Mulet y el doctor de su hija estaban en camino a una base secreta en las afueras de Miami donde planificaban lanzar un ataque con bombas contra Castro. Bosch, que a la sazón era el líder de un grupo llamado Poder Cubano, conducía un Cadillac que cargaba en el maletero seis bombas de aviación de 100 libras de peso, llenas de dinamita procedentes de excedentes militares. Mulet lo seguía en un pisicorre. Acusados de posesión y transporte ilícito de explosivos, ambos fueron formalmente inculpados por un gran jurado federal. Entonces, como casi siempre sucedía con Bosch, a la postre el veredicto fue absolución.
Hoy José Mulet es edecán del presidente de la destilería Bacardi, blanco de recientes intentos de extorsión por parte de exiliados no identificados. Mulet también es amigo íntimo de Nino Díaz, el líder de una brigada señuelo durante la invasión de Bahía de Cochinos. Un mes antes de que llovieran balas en el patio de Mulet, Díaz sobrevivió un intento de asesinato similar. Una vez más, el nexo original era Bosch. Díaz, uno de los fundadores del primer movimiento revolucionario de Bosch, había tratado de unir a los exiliados contra Castro por última vez en 1970. Paró cuando algunos de ellos lo acusaron de utilizar $50.000 de los “fondos de liberación” para comenzar su propio negocio de construcción. Ahora, también Nino Díaz se había visto a escasas pulgadas de recibir su “cero”.  Díaz definitivamente no estaba como para hablar al respecto.
Para Julios Mattson, el jefe de los 173 hombres del FBI en Miami, la renuencia a hablar ha sido el denominador común en La Pequeña Habana. “Ha sido difícil obtener alguna cooperación aquí”, comenta, a cuatro pisos de altura de donde estallara una bomba en una bolsa de papel el invierno pasado, que arrancó las puertas de la oficina central. “Supongo que lo que nos encontramos es característico de gente que en su gran mayoría nació, se crió e hicieron negocios en Cuba, donde se temía a la política y las autoridades. Las autoridades serían el último lugar a donde dirigirse en caso de problemas. Desde niños les enseñaron a resolver sus propios asuntos”.
Mattson es un recién llegado. No estaba aquí en los años en que los asuntos de los exiliados recibían un trato especial por parte de varias facciones de la CIA, la Mafia y, por último, la Casa Blanca de Nixon. Ciertamente, las autoridades eran el último lugar al que los exiliados querían recurrir. Tenían otros mentores.
Los primeros fueron los Lucky Lucianos y Meyer Lanskys. Durante años, la lucha de pandillas rivales se había generalizado en La Habana. Desde 1944 a 1952, un experimento de ocho años en la “democracia” cubana, ocurrieron 142 asesinatos políticos durante un gobierno y la otra mitad en el mandato siguiente. Uno de los grupos más fuertes, dirigidos por un rival eventual de Bosch llamado Rolando Masferrer, fue descrito por la revista Time como “un grupo político conspiratorio que se asemeja a la mafia siciliana”. De modo que era natural que tras la recuperación de los poderes dictatoriales por Fulgencio Batista en 1952, la mafia de los EE.UU. viajara en tropel a esta isla entusiasta a sólo 90 millas de la Costa de Oro de la Florida. La mafia era especialista en convertir el caos en orden.
Entonces, cuando Batista cayó ante la revolución de Castro el día de Año Nuevo de 1959, también cayeron los casinos. Los cubanos más acaudalados y poderosos tomaron sus fortunas y huyeron también. Se fueron a Miami en yates y aviones privados, donde se convirtieron en los usureros de los compatriotas menos afortunados y clamaron contra el tirano Castro. No porque fuera comunista, al principio no. Sencillamente, había atropellado el orgullo y las chequeras de los exiliados. Había puesto fin a los negocios ilegales y pronto pediría ayuda a los rusos. Y entonces, en ese ámbito donde convergen la política y el pragmatismo, se forjó una alianza. Había que sacar a Fidel. La mafia y los exiliados cubanos tenían el método --y la CIA tenía los medios.
Este fue el entorno que formó a Orlando Bosch. Graduado de la Escuela de Medicina de la Universidad de La Habana, había sido lugarteniente de Castro y uno de los primeros en volverse contra Fidel después de la revolución. Cuando el levantamiento de Bosch se quedó sin suministros en las montañas del Escambray, él y su Movimiento Insurreccional para la Recuperación Revolucionaria escaparon y juraron continuar la lucha desde la Florida. Para el año 1960, según nada menos que E. Howard Hunt, cientos de miembros del MIRR de Bosch recibían preparación en sabotaje por parte de la CIA.
La CIA tenía su cuartel general en un antiguo centro de zeppelines de la Marina en la parte sur de la Universidad de Miami, con fachada de una empresa llamada Zenith Technical Enterprises y el criptónimo de JM Wave. Era el cuartel general que pronto se convirtió en el más grande de la "compañía", con un presupuesto anual de más de $50 millones, oficinas auxiliares en 54 empresas ficticias y un personal permanente de 300 estadounidenses que empleaban y controlaban a aproximadamente 6.000 exiliados cubanos. Literalmente había docenas de grupos de exiliados bajo la tutela de la CIA. Tras el fiasco de Bahía de Cochinos, su cantidad sólo se incrementó. Constituían un vasto ejército, donde los mejores y más brillantes recibían entrenamiento paramilitar en los fuertes Jackson, Knox y Benning. Luego entonces, y no de la noche a la mañana, los dejaron con las ganas.
Años más tarde, en el lujoso comedor del club del Ejército y la Marina en Washington, el jefe de contrainteligencia a la sazón, James Angleton,  reflexionaba: “El concepto de Miami era correcto. En una zona latina tenía sentido contar con una base en Miami para los problemas de América Latina, como una extensión de la oficina. Si hubiese sido autónoma, entonces hubiera tenido la calidad de ser una especie de base extranjera. Se trataba de una idea nueva. Pero se fue de la mano, se convirtió en una potencia en sí misma. Y cuando el objetivo disminuye, a la burocracia le resulta muy difícil ajustarse. ¿Qué se hace con el personal? Teníamos una profunda obligación con los hombres de Miami. Era una cuestión de cuántos se quedarían activos. No teníamos los puestos. Y nos metimos en problemas cuando la gente se enteró de que no había empleos".
Entre los exiliados los problemas comenzaron en 1963. Se había logrado una tensa tregua tras la crisis de los misiles; el gobierno de Kennedy ya no daría más carta blanca a las operaciones contra Castro. La "guerra irregular”, como todavía la llaman algunos exiliados, pronto se volvió esporádica, mal financiada y sin equipamiento suficiente. Es cierto que entre segmentos de la mafia y la CIA continuaron fraguándose planes para eliminar  a Castro durante mucho tiempo tras el asesinato de Kennedy. Pero por lo general, los días del auge de los campos de entrenamiento en los Everglades y los ataques nocturnos de pequeñas flotillas habían pasado a la historia.
Hasta entonces, el Dr. Bosch era casi una presencia invisible. Dejando la gloria a voceros del exilio como Manuel Artime, Bosch permaneció en los trasfondos de programas muy secretos de la CIA como "Operación 40", que Hunt ha descrito como mantener una sección especial para cometer asesinatos. Pero cuando las medidas restrictivas saltaron a primera plana, Bosch también hizo otro tanto. En 1963 la CIA llevaba meses entrenando a su gente para una misión de infiltración en cinco puntos de Cuba. Entonces, en el último minuto, la operación fue reducida a un grupo de cinco personas con equipamiento deficiente. “Lo hacemos si mandas a tu madre con nosotros”, se cuenta que Bosch le espetó a su oficial de caso. Le escribió una larga y dura carta a Kennedy, acusándolo de traición. Posteriormente, después de la muerte de Kennedy, la imprimió en forma de folleto con fotografías.
Cuentan los militares de Bosch que, según pasaron los años, aumentó su locura. Mientras más inalcanzable se volvía el derrocamiento de Castro, más obsesionado se ponía. Su MIRR se responsabilizó por once ataques con bombas en territorio cubano, Bosch fue arrestado y absuelto seis veces por violar las leyes de neutralidad de los Estados Unidos. Surgieron leyendas a su alrededor, historias raras de pruebas de torpedos en el río Miami e intentos de asesinato a Fidel que casi se consumaron. Por fin, el 16 de septiembre de 1968, Bosch fue capturado en el acto flagrante de disparar una bazuca improvisada a la bahía desde un paso elevado conocido como  MacArthur Causeway,  lo que ocasionó una seria abolladura en el casco de un buque polaco. Acusado de esto y de utilizar el telégrafo para amenazar a los gobiernos de México, Inglaterra y España, Orlando Bosch fue sentenciado a diez años en una penitenciaría federal.  
Allá en Marion, Illinois, reanudó una vieja amistad. Rolando Masferrer, apodado “El Tigre”, era una leyenda por derecho propio y purgaba una condena por conspiración para derrocar al "Papa Doc” Duvalier de Haití. Su fuerte era la capacidad de sacarle dinero a la gente. Cuando se marchó de La Habana el día que Castro entró, Batista lo acusó de llevarse $30 millones. En Miami la vida era bastante parecida; Masferrer había organizado tres intentos de invasión y luego él mismo se eximió de acompañarlas, y se había reído de lo lindo mientras se llevaba al banco las contribuciones al “Fondo de Invasión del Tigre”. Incluso le tumbó un estimado de $200.000 dólares a la CBS por la oportunidad de darle cobertura a su aventura haitiana. “No se podía ser neutral respecto a él”, recuerda un conocido. “Masferrer era un santo o un gángster, e incluso sus más allegados le temían más de lo que les caía bien”.
Bosch no le temía. Y a Masferrer, el hombre de mil enemigos, no le importaba mucho Bosch. “Jugaban gin juntos en la prisión", rememora el conocido. “Masferrer perdía cantidad". Decía que Bosch se drogaba. Si uno no le caía bien a Masferrer, o eras marica o te drogabas".
A Masferrer le concedieron libertad bajo palabra rápidamente, pero a Bosch no. En 1972 una campaña de exiliados a nivel nacional exigía el porqué. Incluso el gobernador de la Florida, Claude Kirk, dirigiéndose a posibles electores latinos en una cena de la Cámara de Comercio Latina se sumó al llamado. “Cuando pienso en hombres libres que buscan una patria libre, necesariamente tengo que pensar en el Dr. Bosch", dijo. “Como ustedes conocen, se rumora que me he interesado en su difícil situación. Estoy trabajando en silencio y eficazmente en pos de su liberación y espero ver los resultados pronto”. El 1 de noviembre de 1972, tras varias huelgas de hambre, Orlando Bosch fue puesto en libertad.
Durante un tiempo, no se escuchó mucho de él. Cuando en Washington comenzó a hablarse de reanudar el comercio con Castro, el lema de un nuevo grupo –el Frente Nacional para la Liberación de Cuba (FNLC)-- pronto proliferó en los muros de La Pequeña Habana. Se decía que el FNLC, que se adjudicaba el envío de cartas bomba a las embajadas cubanas, había tomado como modelo a los terroristas palestinos. Al cabo de un mes de su aparición, Torriente se convirtió en el primero de los exiliados de la vieja guardia en recibir su "cero”. Y curiosamente, Orlando Bosch se desapareció.
Reapareció en junio de 1974, en una entrevista clandestina al Miami News. “Ya nadie se atreverá a levantar una bandera aquí por temor por su propia vida”, afirmó Bosch en relación con el asesinato de Torriente. “Su muerte fue una buena lección a la comunidad del exilio, para que nadie se aparezca con teorías falsas para engañar y robar a la gente". Ahora bien, Bosch negó todo vínculo directo con el “Grupo Cero”. Simplemente había pasado a la clandestinidad, dijo, porque había violado su libertad bajo palabra al viajar a Nueva Jersey alrededor de la misma fecha en que habían matado a Torriente. Ahora tenía planes más ambiciosos. Había formado un grupo llamado Acción Cubana, que según él había estado poniendo bombas en los consulados cubanos en América Latina desde el mes de agosto pasado. Estaban hablando de fusionarse con la FNLC. También estaban vendiendo bonos en las calles de La Pequeña Habana, bonos en denominaciones de $10 hasta $1.000, pagaderos cuando muera Fidel Castro. Habían impreso bonos por un valor de $10 millones, aseguró Orlando Bosch, y $3 millones se habían separado para quien fuera que pudiera cumplir con ese objetivo.
"Voy a la clandestinidad en un país de América Latina para poder dirigir la internacionalización de la guerra”, anunció. “Sé que seré un fugitivo. Pero es algo que me han obligado a hacer. Estamos solos en la lucha para liberar a Cuba. Ya no tenemos aliados”.
Una semana más tarde, Ricardo Navarette, un ex socio que decidió cooperar con el FBI y se convirtió en el testigo principal contra Bosch en su juicio de 1968, salvó la vida por escaso margen en una explosión que arrancó de cuajo el piso de su auto. Pero para entonces, hacía mucho que Bosch se había perdido. Si bien un periódico cubano describió este supuesto ejército de 500 hombres en La Pequeña Habana, los reportes lo ubicaban en México, Venezuela, Colombia, Chile y varios países centroamericanos. Pronto otros fugitivos huirían a América Latina. Particularmente Humberto Lopez, antiguo locutor de la manida Voz de las Américas, veterano de los entrenamientos en demolición con el Ejército de los EE.UU. y la CIA y fundador del FNLC.
En noviembre de 1974, tras asumir la responsabilidad por la voladura de dos bombas en Caracas, Bosch fue arrestado en Venezuela. Se dice que el FBI estaba buscándolo intensamente, y su regreso parecía inminente. Sorprendente, el Departamento de Justicia emitió la siguiente declaración: “Se sirve mejor a la justicia dejándolo afuera. No es ciudadano estadounidense y en lo que respecta al gobierno de los Estados Unidos, es un indeseable que no tiene estatus legal en este país". La decisión de no extraditarlo, según una fuente del FBI, se realizó de conjunto con el Departamento de Estado.
Así que sólo unos días tras su arresto, Bosch obtuvo de nuevo su libertad cuando “poderosos exiliados cubanos” en Caracas llevaron su caso al presidente venezolano Carlos Andrés Pérez. Y Bosch voló a Chile, donde la junta militar le brindaría una base de operaciones segura. Según un periodista de Miami que lo entrevistó allá, Bosch tenía un jefe de despacho venezolano y 15 guardaespaldas chilenos bien armados. “Bosch tenía un libro sobre la vida de Yaser Arafat con él y un impresionante montón de billetes en la mesa", escribió el periodista. “Me dijo que tenía todo el dinero, los amigos y la protección que iba a necesitar para vencer a Castro".
Para julio de 1975 estaba listo para ganar más. En un mensaje clandestino de Chile a un periódico en español de Nueva York, Bosch instaba sin mucho revuelo a los antiguos seguidores del "Plan Torriente" a que entregaran sus fondos. Y en La Pequeña Habana, uno por uno los objetivos de la lista "Cero" comenzaron a caer.
Por las apariencias externas, los exiliados de Miami hacía mucho que habían iniciado el proceso de americanización. Para mediados del decenio de 1970, los cubanos constituían el 52 por ciento de la población de Miami, eran propietarios de 8.000 negocios, tenían su propio directorio telefónico y cámara de comercio, y contaban una docena de presidentes de bancos, un vice alcalde, y un presidente estadual del partido Demócrata. En La Pequeña Habana, otrora un deteriorado y olvidado segmento del cuadrante suroeste de la ciudad, pululaban las tiendas nuevas y los bungaloes de estuco.
Detrás de la fachada, sin embargo, yacía una profunda y enconada desconfianza. Los celos entre los grupos exiliados que gozaban del favor de la CIA se vieron exacerbados por el establecimiento de una gran oficina de "contrainteligencia" de la CIA, con un presupuesto de $2 millones y más de 150 informantes pagados a mediados de los años sesenta: cubanos entrenados para espiar a otros cubanos, buscando agentes de castro y grupos anticastristas  decididos a tomar la “guerra irregular” en sus propias manos. En la medida en que llegaban más exiliados (368.000 en un período de 12 años en los vuelos de la Libertad de Cuba), La Pequeña Habana adquirió la apariencia de Casablanca en el tiempo de la guerra. Una guarida de intriga, repleto de agentes, doble agentes e informantes. De este nido surgieron los ladrones de Watergate. Y seres menos escrupulosos.
De hecho, mientras morían viejas alianzas, los exiliados habían aprendido bien sus lecciones. Con entrenamiento en sabotaje por la CIA, trapicheo por la mafia, y engaño por el gobierno federal, no debería constituir una sorpresa especial que surgiera un Orlando Bosch de entre sus filas.  Lo que sorprende es su evidente fortaleza. Porque, aparentemente, había corrido poca sangre de venganza entre sus seguidores desde que el terrorismo comenzó a aumentar a finales del año pasado. Se ha visto un patrón como este:
• Viernes, 21 de febrero de 1975: Tres días después de anunciar que pretendía regresar a Cuba para enfrentarse a Castro en una elección, el líder liberal Luciano Nieves, de 43 años, cae baleado en el parqueo de un hospital infantil tras dejar el lecho de un hijo enfermo.
• Día de Todos los Santos (Halloween), viernes, 31 de octubre de 1975: Rolando Masferrer, 56 años, editor del semanario Libertad, ex senador cubano y compañero de celda del Dr. Bosch, es volado en pedazos por una bomba de dinamita de alto poder explosivo cuando encendía su Ford Torrino de 1968. Un comunicado con matasellos de Filadelfia y enviado a la Associated Press lo llama un “gángster veterano" cuya muerte “debe servir de ejemplo a los que desdeñan la causa de la liberación cubana”. Dice: “La organización secreta Cero es responsable de la muerte”.
• 13 de abril de 1976: Días después de que la policía se enterara de que otro líder del exilio moriría durante la semana de Pascua de Resurrección, Ramón Donestévez, de 40 años, aparece desplomado sobre el buró en la oficina de su astillero con un tiro en la cabeza. También editor de un periódico en español, había zarpado hacia Cuba seis veces en los últimos diez años tratando de obtener la liberación de prisioneros políticos.
• 30 de abril de 1976: Exactamente al cabo de seis meses de la muerte por bomba de Masferrer, Emilio Milian, de 45 años, sobrevive  a una copia precisa del hecho en el parqueo de la estación de radio WQBA. Como director de noticias de la estación, había instado a que se publicara una posición editorial contra la avalancha de actos terroristas. Milian pierde ambas piernas por debajo de la rodilla. “Le habían dicho que se callara o lo matarían", afirma su hijo. “Pero él no tenía miedo. Consideraba que tenía el derecho de criticar”.
• 29 de mayo de 1976: Se descubre el cuerpo baleado de Jesús González Cartas, otrora líder laborista cubano y ferviente operador anticastrista, en un campo aislado. En Miami, este es el cuarto asesinato de un exiliado muy conocido en el plazo de dos semanas.
Además están las bombas, la peor serie coincidió con la visita en diciembre pasado de William P. Rogers, subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos y exponente de la normalización de las relaciones con Castro.
Asumen responsabilidad una docena de apodos misteriosos –Cero, Jóvenes de la Estrella, FNLC, Gobierno Cubano Secreto, Acción Cubana, GIN, Omega 7 y así por el estilo. Las fuentes del FBI que investigan el atentado con bomba a Orlando Letelier sospechan de un grupo de coalición conocido como Coordinadora de Organizaciones Revolucionarias Unidas, que, coincidentemente, es dirigido por Orlando Bosch.
En las palabras del teniente Tom Lyons, jefe del buró de investigaciones tácticas para combatir al terrorismo, creado por el Departamento Metropolitano de Seguridad Pública: “Incluso tratar de identificar un grupo y sus miembros es casi imposible. Hace algunos años había cerca de 105 grupos diferentes. Ahora cambiaron los nombres. Alguna gente es miembro de varios grupos. Recibimos listas de muerte de 15 ó 30 personas cada una, todas ellas diferentes. Todas de diferentes organizaciones, o quizás son de la misma organización con nombres diferentes. ¿Qué puedo decirle?”
Si pretenden crear un clima de miedo en La Pequeña Habana, ciertamente han tenido éxito. Los exiliados más conocidos ahora siguen horarios irregulares, viajan en autos diferentes y se van de la ciudad durante varios días de vez en cuando. El editor de Réplica, la revista en español más exitosa en los Estados Unidos, ha puesto micrófonos y reforzado con acero el interior de sus oficinas. Cuando decide salir por la puerta trasera, lo hace con un guardaespaldas armado con dos escopetas.
"Hay una esquizofrenia masiva sobre lo que está pasando aquí", apunta Rafael Villaverde, director del Centro Comunitario de La Pequeña Habana. “La gente no quiere hablar porque no saben qué está pasando. En este estado de temor, muchos de nosotros estamos portando armas. Es una triste historia sobre los refugiados cubanos."
Pero si Bosch es realmente el demonio, ¿cómo se sale con la suya? En Miami corren muchos rumores sobre la posible fuente de financiamiento de Bosch. En su último juicio en 1968, una trascripción de una conversación telefónica indicaba un gran interés en su causa por un tal Sr. Hunt --"el de los pozos", como lo expresara Bosch. Esto sólo puede hacer referencia a la familia petrolera de Texas del fallecido multimillonario H.L. Hunt, un siempre dispuesto financiador de varias causas de derecha.
En la actualidad, muchos apuntan a Carlos Prío Socarrás, el anciano estadista millonario de los exiliados. Gobernante de Cuba antes de Batista, el régimen de Prío fue el más corrupto de todos. A la edad de 73 años, todavía lo llaman el “presidente cordial". En fecha tan reciente como 1972, cuando dirigió la campaña de Miami de Cubano americanos por Nixon de nuevo, Prío expresaba abiertamente su apoyo a Bosch. Como diría un veterano del periodismo de Miami, “Prío tiene tanto dinero y tantas conexiones, que es difícil decir dónde está o dónde no. Por irreal que parezca, todavía está tratando de mantener su viabilidad política en caso de que algo suceda en Cuba que lo lance de nuevo al ámbito del poder".
No obstante, la explicación más probable para el éxito de Bosch es también la más simple. “Es el viejo estilo del hampa de Chicago, nada nuevo”, declara Jay Mallin, un corresponsal de la revista Time y autor de varios libros sobre Cuba. “Si no pagas, te  pone una bomba afuera de tu oficina. Bosch es un extorsionista, no un patriota. Ya no hay actividad patriótica militante de verdad, se ha reducido a la delincuencia”.
Otro observador veterano, de tipo de soldado a sueldo, llamado Gerry Patrick Hemming lo ve así: “Bosch organizó su propia OLP para saldar algunas cuentas pendientes. Para obtener cooperación de varios elementos implicados en actividades delictivas, está eliminando a algunos objetivos que ya no le sirven a la mafia cubana. Se trata de que una mano lave la otra. Y recién está empezando. Las cosas se van a poner muy interesantes".
La idea de que Bosch pudiera estar trabajando muy estrechamente con el crimen organizado no es exagerada. Para empezar, Miami es en la actualidad la capital mundial de la cocaína. La mayor parte de ese negocio que genera $8 mil millones anuales es dirigido por exiliados cubanos, y la mayor parte de la cocaína proviene de América Latina a través de una vasta armada de aviones y barcos privados. Es un terreno increíblemente lucrativo: un kilo que vale entre $3.000 y $5.000 en la fértil Colombia puede dar más de $800.000 una vez que se corta. Nadie realmente sabe cuán amplio se ha convertido el tráfico, solo que su flujo de caja se esconde tras docenas de negocios legítimos. El tráfico de drogas y la política, admiten las autoridades, se ha convertido en harina del mismo costal.  
Coincidentemente, los asesinatos más recientes en La Pequeña Habana parecen estar relacionados con la droga: el propietario de dos clínicas cubanas asesinado en su rascacielos de lujo, un “navegante de fortuna” británico baleado en la calle e incluso la muerte de Masferrer han sido vinculadas, en lo privado, al “factor coca".
La delgada línea entre Bosch, la mafia cubana y sus mentores originales es difícil de descifrar. Desde hace mucho se considera que el sur de la Florida es una "zona abierta" para las diferentes familias mafiosas de los EE.UU. Según el Buró contra el Crimen Organizado de Miami, al menos 2.000 individuos relacionados con la mafia, que representan 15 de las 27 principales familias, residen en este lugar permanentemente o por temporadas. Meyer Lansky, ahora de 78 años de edad, regresó de su exilio en Tel Aviv para residir en un lujoso retiro en un condominio de Miami Beach llamado Casa Imperial, donde "por razones de salud" aparentemente goza de inmunidad contra encauzamiento judicial. Existen muchos más Gambinos, deCavalcantes, Provenzanos —todos absorbiendo el sol y disfrutando de los restaurantes, hoteles y tiendas. En Tampa, Santos Trafficante Jr. continúa siendo el jefe de todo lo que ve. En una ocasión, mediante los casinos y el tráfico de drogas, su estrella ascendió en Cuba. En una ocasión, con la ayuda de la CIA, sus hombres habían hecho el máximo esfuerzo para eliminar a Fidel Castro y regresarlo a Cuba de nuevo. En una ocasión, ciertos exiliados aprendieron muchísimo de Santos Trafficante Jr.
Pero el legado de la CIA es más tangible. A principios de este año, cuando el reino del terror comenzó a escalar en Miami, la policía metropolitana realizó una solicitud inusual al cuartel general de la CIA. Querían la lista de todos los exiliados que hubieran recibido entrenamiento en la fabricación de bombas, y de ser posible, un conteo de todo explosivo plástico C-4 y C-3 que se hubiera quedado cuando la CIA cerró la escuela. Hasta ahora no se ha recibido la lista. “Llevamos el tema a Washington”, comenta Mattson, del FBI. “Recibimos una respuesta, pero … estoy en una situación difícil dando declaraciones a una publicación”. Esto es mucho más seguro: la CIA entrenó bien a su gente. “Esa gente era buena, verdaderamente buena", rememora el oficial retirado del alguacil Charles Zmuda. “Los conocí en nuestra zona de desactivación de bombas en el noroeste de Dade. Teníamos un problema con unos explosivos que no sabíamos cómo detonar. Ellos nos enseñaron a hacerlo. Conocían muy bien su giro. Por supuesto que no se identificaron como agentes de la CIA, pero nosotros sabíamos quiénes eran”.
En la actualidad, los ataques con bombas son tan expertos que un “escuadrón de explosivos” de Miami realiza sesiones especiales de entrenamiento para mantenerse actualizado con la metodología; los asesinatos son tan habilidosos que parecen el trabajo de asesinos profesionales. Y hay quien cree que se observa un patrón todavía más ominoso en toda la locura.
Bill Johnson, un hombre enorme de bigotes que solía correr con Frank Sturgis y ahora regenta un negocio de carros usados en el norte de Miami, recuerda desde su buró tras un largo día de trabajo, acerca de los tiempos idílicos con Orlando Bosch. Johnson dice que en aquel entonces era piloto de la CIA, un operativo que trabajaba por contrato y que llevaba a Bosch a ataques aéreos contra centrales cubanos –incluso ahora, mientras lo recuerda, ladeando la cabeza con asombro, no puede resistir que se le escape un gesto de admiración.  
Ha probado que puede recaudar dinero con y sin la CIA”, apunta Johnson. “Estoy seguro que ya tiene todas las armas y equipamiento que necesita para hacer lo que quiere”. Tiene a muchos ex soldados cubanos bajo su control y muchos contactos en Costa Rica, Guatemala, Nicaragua. Creo que la CIA lo dejó ir y quedarse en Chile porque podía operar desde allá. Fidel no va a mandar a nadie a Chile. Orlando Bosch sabe muy bien cómo funciona la CIA. Le dieron apoyo con cada tipo de arma que quería, con cada explosivo de alta potencia.
E hizo lo que dijo que iba a hacer. Así de simple. Si Bosch le pide dinero a alguien ahora, se lo dan y se callan la boca. Los bocones en La Pequeña Habana han cerrado sus bocas.  Fíjese que cuando comience a tumbar a cubanos dentro de Cuba, lo que puede hacer, se convertirá en un héroe. Verán a Bosch en primera plana a diario diciendo 'Ese es mi grupo'. Entonces las cosas pararan aquí en Miami. Se acabará el terrorismo”.
Súbitamente este verano, el gobierno federal comenzó a cercarlos. No sólo al propio Bosch, sino alguna de su gente clave. El primero había sido el líder del FNLC Humberto Lopez, extraditado de la República Dominicana en octubre pasado y condenado a 15 años de prisión por acusaciones de atentados con bombas. Pero mientras esperaba juicio, estallaron tres bombas en las oficinas dominicanas en Miami y una cuarta fuera de la celda de López. Con el siguiente individuo contra quien se lanzó los EE.UU. en la República Dominicana, las autoridades latinas no se mostraron tan cooperativas. Rolando Otero, que fuese uno de los participantes más jóvenes en Bahía de Cochinos, se había ido de Miami en enero tras una oleada de bombas. Luego de que el FBI emitiera una orden de captura a su nombre, Otero fue arrestado en la República Dominicana y repentinamente puesto en libertad por orden de su presidente. Al igual que Bosch, se movía de país a otro según su voluntad. Por último, a mediados de mayo, el FBI descubrió el lugar donde se escondía en Chile e indujo a que ese gobierno lo declarara un "extranjero indeseable". Llevando una tupida perilla negra, Rolando Otero fue llevado a casa esposado y con cadenas en los pies. En junio se presentó una acusación de 17 cargos donde se le imputaban nueve ataques con bombas o intentos, incluidas las oficinas del fiscal estadual y el departamento de policía de Miami.
Pero el 24 de agosto, Otero fue absuelto de todos los cargos federales en una corte del distrito de Jacksonville. Quedó retenido por los alguaciles federales a solicitud de los fiscales del estado, que planificaban juzgarlo posteriormente por acusaciones similares.
El siguiente arresto fue el de Hector Cornillot Llano. Él también había sido un devoto seguidor de Bosch. Hasta abril, había estado cumpliendo 30 años en la correccional de Belle Glade por hacer estallar una bomba en las oficinas de Air Canada en Miami Beach a nombre del grupo de Bosch Poder Cubano. Entonces, once días después de que estallara la bomba que dejó sin piernas a Emilio Milián, Llano escapó de la lechería de la prisión donde se le consideraba un prisionero modelo y huyó en un auto que lo esperaba en una autopista cercana. El FBI dio con él el 18 de junio, en una cabaña detrás de las oficinas de otro grupo violento del exilio llamado Alfa 66, la víspera de su salida de territorio estadounidense. Se convirtió en el sospechoso principal en la voladura del auto de Milián.
De conformidad con el testimonio de Lyons, teniente de la policía, ante un subcomité del Senado, una fuente confidencial informó a su departamento unas semanas antes de eso sobre un posible atentado a Kissinger. Se notificaron al FBI y al Servicio Secreto, y entonces Bosch fue arrestado. También se rumoraba que él podría haber planeado el asesinato de Andrés Pascal Allende, el sobrino exiliado del fallecido presidente chileno. De cualquier manera, después de que Kissinger salió, el Tribunal Supremo de Costa Rica deportó a Bosch a la República Dominicana. En La Pequeña Habana, se corre la voz de que desde entonces regresó a Chile.
Ninguno de los arrestos recientes parece haber afectado la cruzada planificada de este hombre sin país. A finales de junio, cinco organizaciones del exilio se reunieron en un lugar no identificado de América Central. Anunciaron una campaña inminente de ataques terroristas contra diplomáticos y propiedades de las embajadas cubanas en el extranjero. Su vocero --el único identificado—era el Dr. Bosch.
Fidel Castro tomó represalias en junio en un discurso, donde declaró que la CIA ya no podía controlar a sus agentes y amenazó con romper el acuerdo de 1973 con los EE.UU. sobre piratería aérea. La única respuesta de Washington fue la emisión de un testimonio ante un subcomité judicial del Senado sobre seguridad interna posteriormente, en mayo, donde las autoridades de Miami describían el recién reino del terror como dimanante de los exiliados anticastristas que "utilizan el condado de Dade como base para el terrorismo internacional contra gobiernos aliados de Cuba, la marina cubana, los comunistas, supuestos comunistas e individuos que asumen una posición contra sus tácticas terroristas".
Pero la reactivación de las relaciones EE.UU.-Cuba de nuevo se había convertido en un iceberg. En alguna parte de lo profundo de América Latina, Orlando Bosch tiene que haber sonreído.
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