Carlos Rodríguez Almaguer - Cubadebate.- Ha llegado hasta mí esta mañana un artículo publicado por el influyente diario español ABC, donde se tilda a Máximo Gómez de “traidor a España” y de “filibustero impenitente”, además de audaz en maniobras de “engaño”, entre otras sutilezas encaminadas, obviamente, a disminuir y descalificar la figura y la actuación del hombre que supo elevarse desde el modesto y honorable espacio de campesino dominicano, hasta el sitial indiscutible que lo consagra como el último de los grandes libertadores americanos del siglo XIX.


La matriz de opinión: empañar todo aquello que no se pueda destruir.

Si realizamos una breve búsqueda en la WEB sobre el artículo de marras, titulado La historia detrás del soldado que traicionó a España y provocó que perdiéramos la Guerra de Cuba, encontramos una “curiosidad”: el texto ha sido publicado anteriormente en ese mismo diario el 11 de julio de 2018, el 19 de diciembre de 2019 y, finalmente, actualizado el 14 de febrero de 2020. De manera que por tres años consecutivos ABC ha estado repitiendo esta matriz de opinión sobre un Máximo Gómez “traidor a España”, “filibustero” y “engañoso”.

Aunque a pesar de los reiterados intentos de descalificar al hombre, el artículo termina siendo un homenaje al genio militar del gran soldado banilejo que, como ABC confiesa muy a su pesar desde el título, contribuyó poderosamente a que Cuba fuera libre del colonialismo español que por más de tres siglos saqueó a la mayor de las Antillas, condenó con la prisión o el destierro a sus más brillantes pensadores, y fusiló inmisericordemente a sus mejores hijos, es saludable hacer un ejercicio histórico para refrescar ciertos hechos descritos por los protagonistas, tanto cubanos como españoles.

¿Quién traicionó a quién?: Las sucesivas traiciones de la monarquía española a los dominicanos

Desde la isla de La Española o de Santo Domingo, capital inicial del Nuevo Mundo, lanzó la monarquía española su despiadada conquista del continente americano. De manera que las raíces culturales que sustituyeron o se mezclaron con las de los habitantes originales, cruelmente exterminados o esclavizados por los colonizadores, vinieron también de España.

La defensa de esas raíces por las sucesivas generaciones que habitaron la isla en los próximos dos siglos, si bien mezcladas con el elemento africano esclavizado también por España en provecho de sus Reales Majestades, se convirtió en la base de lo que posteriormente sería la nacionalidad dominicana, que se forjó en la lucha incesante contra fuerzas siempre más poderosas y de distinto origen: haitianos, franceses, ingleses… pero a pesar de esa feroz y leal defensa de la identidad hispana por los habitantes de la isla, a la ingrata monarquía de España no le tembló el pulso ni en el momento de hacer desaparecer las principales ciudades del norte y el oeste dominicano mediante las llamadas devastaciones de Osorio (1605 y 1606), ni en el de reconocer mediante el Tratado de Ryswick (1697) la existencia de una colonia francesa en la parte occidental ni, finalmente, al ceder el resto de la isla a Francia mediante el Tratado de Basilea (1795).

Cuando en 1808 los criollos españoles dominicanos, acaudillados por Juan Sánchez Ramírez, derrotaron en el combate de Palo Hincado a las tropas francesas del general Ferrand y recuperaron la parte Este de la isla proclamándola territorio español, España no reconoció esa reconquista y solo varios años después se acercó tibiamente a los que con tanto arrojo habían defendido su lengua y su cultura en las dos terceras partes de la isla primigenia, abandonada a su suerte en medio del Caribe entre las dos Américas.

Se inició así ese periodo incierto conocido en la historia dominicana como “la España boba” que se extendió hasta la proclamación del Estado Independiente de Haití Español, en diciembre de 1821, por el doctor José Núñez de Cáceres. A esto le sucedió, casi inmediatamente, la anexión a Haití en enero de 1822, la cual se extendería por 22 años hasta la proclamación de la República, el 27 de febrero de 1844, por Juan Pablo Duarte, Padre de la Patria.

El convulso período republicano se vería matizado por el enfrentamiento entre grupos al mando de distintos caudillos entre los que resaltaban los generales Buenaventura Báez y Pedro Santana. El ejército dominicano, acaudillado en su mayor parte por Santana, mantendría a raya los reiterados intentos de los gobiernos haitianos por recuperar la parte oriental de la isla. Entre esos intentos, uno de los últimos sería la invasión de 1855, en cuya derrota contribuyó con las armas en la mano en la batalla de Santomé, el bisoño soldado de 19 años, Máximo Gómez, formando parte de la caballería banileja al mando del general José María Cabral.

La anexión de la República Dominicana a España, proclamada por el general Pedro Santana el 18 de marzo de 1861, constituyó un indudable acto de traición a la república fundada por Juan Pablo Duarte y sus compañeros. Muchos de los bravos oficiales que habían mantenido con sus armas a la república libre, se vieron arrastrados por los acontecimientos políticos y, más por lealtad al caudillo que los había dirigido en numerosos combates que a la indiferente monarquía española, aceptan el acto inicuo y la protección de España. El joven oficial banilejo, que para entonces tenía 25 años, inexperto en política y solo animado de su espíritu de combate, estará entre ellos en el lugar equivocado, siguiendo a la mayoría de sus “compadres” banilejos.

Las humillaciones y el desprecio de la monarquía española a sus nuevos aliados no se harían esperar. Comenzando por la negación a que los oficiales criollos formaran parte del ejército de línea de Su Majestad, el otrora ejército de la república se ve reducido a unas simples milicias con el nombre de Reservas Dominicanas. Las diferencias de salarios entre los oficiales españoles y sus homólogos dominicanos han quedado registradas en los documentos oficiales.

Las vejaciones a las que eran sometidos por los oficiales españoles venidos de las colonias de Cuba y Puerto Rico, donde la esclavitud del negro y la discriminación del mulato era un hecho legal y cotidiano, también han quedado registradas en las narraciones de ambos actores.

Al estallar la dignidad dominicana en el Grito de Capotillo, el 16 de agosto de 1863, dando inicio a la Guerra de la Restauración, la actuación de Máximo Gómez bajo las banderas de España será breve. Participa en el combate de Sabana Buey y en la evacuación de San José de Ocoa, donde quedará como secretario del Ayuntamiento hasta el término de la contienda. Concluida la guerra con la victoria de los patriotas y la retirada del ejército español, se ve obligado a abandonar el suelo nativo precisado por los acontecimientos y, sobre todo, por su madre y sus hermanas que venden casa y propiedades para obligarlo a salir al exilio como modo de salvarlo de las probables represalias políticas. Sale hacia Cuba en compañía de su familia y de varios oficiales compañeros de armas: los hermanos Marcano, Modesto Díaz, Valera, entre otros.

Si las humillaciones a mano de los oficiales españoles en tierras dominicanas habían sido insufribles, menos lo serían las que les tratarían de provocar ahora en una colonia donde el negro era un objeto y el mulato un recordatorio de la inferioridad de las razas mestizas frente a la blanca ibérica. Los salarios no solo eran significativamente menores, sino que no les eran pagados, obligándolos a enfrentar una situación económica y material desesperante que solo la solidaridad criolla cubana pudo atenuar.

De esas vejaciones, y sobre todo de la contemplación de aquella vergonzosa institución que era la esclavitud, desconocida para ellos en su país pues había sido abolida desde tiempos de la ocupación haitiana, los llevaría a un rompimiento legal y moral con el gobierno colonial que sostenía en Cuba y Puerto Rico la monarquía española.

El imperio español, como todo imperio, demostraría una vez más que no tiene amigos sino intereses. Fueron abandonados a su suerte los que trataron de exigir correspondencia a su lealtad demostrada en los combates. La ingrata monarquía traicionaría una vez más a aquella parte de los dominicanos que pretendieron mantener en ella su confianza. La esencia de la hermosa y singular cultura hispana vivirá, sin embargo, en cada uno de ellos a pesar de sus representantes temporales.

No en balde en las proclamas de los patriotas restauradores se dejaba claro, al estallar el conflicto en 1863, que querían seguir siendo españoles, pero españoles dominicanos. Defenderían su identidad española frente a los reiterados intentos de sometimiento por parte de las principales potencias del momento, pero serían sobre todo dominicanos.

El Generalísimo: un genio de la guerra llamado “filibustero” y “engañoso”

Los que se han opuesto a los poderes omnímodos han sido titulados siempre del peor modo. Desde Cristo hasta hoy los que se han enfrentado a los imperios han sido catalogados despectivamente procurando anular, neutralizar o al menos disminuir el impacto de su ejemplo en las colectividades humanas. El caso de Máximo Gómez no es una excepción. No ha sido el primero ni tampoco será el último.

Abandonado en los predios orientales de Cuba por la inopia, el desdén y la brutalidad de España, se propuso mantener con su trabajo en el campo a su familia, se inició en los negocios de maderas y, sobre todo, se propuso ayudar a los cubanos a eliminar aquella oprobiosa institución que esclavizaba a los seres humanos por el color de la piel. La vida le estaba enseñando del peor modo que no siempre hay identidad entre lo legal y lo moral, y desde entonces, respetando en lo posible lo legal, procuraría prevalecer en lo moral.

El estallido revolucionario que tuvo lugar en el 10 de octubre de 1868, encontró a Máximo Gómez conspirando con los patriotas cubanos en las logias masónicas desde al menos un año antes. Su experticia contribuyó de manera decisiva, junto a la de sus compatriotas Luis Marcano y Modesto Díaz, a que la guerra de independencia cubana no se viera frustrada en los inicios como había ocurrido apenas un mes antes con el Grito de Lares en Puerto Rico. Desde la primera carga al machete en la Venta del Pino, pasando por los valles de Guantánamo hasta los campos de El Naranjo, Palo Seco y Las Guásimas, la estrategia militar de Gómez, enriquecida por las singularidades de cada región donde mandó tropas, se convirtió en el núcleo duro de la doctrina militar cubana que alargaría aquella contienda por diez años, y solo cedería ante la división interna de las filas patriotas. Con razón dirá después José Martí que la espada no nos la quitó nadie de la mano, la dejamos caer nosotros. España no pudo vencer a los patriotas, sino que fueron vencidos por sus propias disensiones.

Pero el principal poder que Máximo Gómez desarrolló a lo largo de aquella contienda sobre las filas patriotas no fue solo como maestro en el arte de la guerra, sino como modelo de disciplina, valor personal y acrisoladas virtudes morales que lo convirtieron en un referente ético del soldado y del jefe. De ahí su imbatible poder sobre los hombres y las circunstancias. Y por ahí le vendrán también los principales ataques, desde los que se le hicieron en vida, hasta los que hoy se le lanzan, alevosamente, desde las páginas de ABC apelando acaso a la desmemoria. No en vano se citan para denigrarlo varios de los textos publicados en 1897 por la revista Blanco y Negro, fundada por la misma persona que apenas seis años después, en enero de 1903, traería a la luz a este diario que hoy reproduce con idéntico fin aquellas diatribas: el señor Torcuato Luca de Tena.

Decía José Martí que un hombre se mide por la inmensidad que se le opone. Y da una idea de la grandeza del bravo general dominicano la saña con que año tras año este diario español escupe odio y rencor contra el soldado intuitivo que venció, prácticamente sin armas ni pertrechos, al mayor ejército colonial español que cruzó jamás el Atlántico para librar una guerra en América, y hacerlo por demás incendiando de un extremo al otro una isla larga y estrecha como Cuba.

José Martí fue otro “filibustero” al que los diarios españoles llamaron “cabecilla”, “insurrecto”, “traidor a España”, “forajido”, como también lo hicieron con Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Francisco Vicente Aguilera, Antonio Maceo y Salvador Cisneros Betancourt, para no hablar de Bolívar, San Martín, O´Higgins, Hostos y Betances. Y sería José Martí, el genial pensador que iluminó una época que aún no termina, el que buscó incesantemente el apoyo de Máximo Gómez para que encabezara, como General en Jefe, al ejército con que se habría de librar la última guerra de independencia de América, poniéndole fin definitivo a cuatro siglos de dominio colonial español.

La táctica y la estrategia guerrillera aprendida por Gómez en su natal Quisqueya, que venían acumulándose en el acervo militar dominicano desde las victoriosas rebeldías del cacique Enriquillo hasta la síntesis genial de Matías Ramón Mella durante la Guerra de la Restauración, dejaron sin efecto la parafernalia académica aprendida por los pundonorosos oficiales españoles, e hicieron pagar con la vida la ignorancia combativa de los pobres soldados “quintos” que fueron enviados como carne de cañón a inmolarse bajo el filo del machete mambí. La culpa de esas muertes no puede echársele sobre la conciencia ni a Gómez ni a ninguno de los patriotas que pelearon en aquellas gestas libertarias, sino a quienes los enviaron a morir para mantener sus privilegios, sus trajes de oropeles y sus pelucas empolvadas.

Sobre la visión que tenía este soldado sobre el conflicto armado en cuya dirección llevaba parte importante, basta leer unos apuntes que hace al leer algunas noticias que le traían los diarios de Madrid:

“Leído en "La Correspondencia" de Madrid, del 13 de Diciembre 1896:

Visita a la Reina, por la señora del Comandante Cirujeda; asesino del General Maceo y mi hijo Panchito.

Por ello, grandes manifestaciones de satisfacción y alegría entre la Real Dama y la Señora del Comandante.

La Reina se hace cargo de todos los gastos de la carrera de Fernando/Cirujeda, en la Academia Militar de Toledo; hasta entregarlo como oficial al Ejército.

Con este motivo, la señora protegida en su hijo, vertió lágrimas de gratitud.

Y qué contraste, la Madre de mi Pancho, mi Manana, en Monte Cristi, Santo Domingo y la señora del General Maceo, María Cabrales, en San José de Costa Rica; estarán deshechas en llanto.

Ambos corazones estarán desgarrados por el dolor más acerbo; la muerte de los dos seres queridos. Y lo amargo y triste de tanto dolor por un lado y de lo cruel del insulto con el contento y la alegría por el otro; es que todo eso lo ha hecho el hermano contra el hermano, por defender los muertos la causa más justa.

La libertad de los hombres. La grandeza humana.

La Causa por la que también lucharon los antiguos españoles con tanto denuedo y bravura.

Ellos nos enseñaron a eso, a ser dignos y grandes con su Historia, y hoy cuando en América queremos cumplir su ejemplo, nos maltratan y asesinan.

(Contraste horrible)”

Al final de la guerra, cuando las tropas españolas no eran dueños más que del terreno que pisaban, se produce la intervención norteamericana en el conflicto.

Había sonado la hora rapaz de la codicia, y el mismo imperio naciente que había visto desangrarse a sus puertas a tres generaciones de cubanos y no había movido un dedo en su defensa sino por el contrario había puesto cuanta traba pudo para impedir el triunfo de los patriotas, le declara la guerra al imperio decadente y se proclama defensor de los derechos de Cuba. Para esos que ABC alude como amigos que prestaron valiosa ayuda al “filibustero” Gómez, les recuerdo las notas finales del Diario de Campaña en las que el viejo soldado dejó escrita la honda impresión que le produjo aquel ultraje disfrazado de ayuda:

“Tan natural y grande es el disgusto y el apenamiento que se siente en toda la Isla, que apenas, como no lo es, realmente, el Pueblo no ha podido expansionarse celebrando el triunfo de la cesación del Poder de sus antiguos dominadores. Tristes se han ido ellos y tristes hemos quedado nosotros, porque un poder extranjero los ha sustituido –Yo soñaba con la Paz con España, yo esperaba despedir con respeto a los valientes soldados españoles, con los cuales nos encontramos siempre frente a frente en los campos de batalla (…).
Pero los americanos han amargado con su tutela impuesta por la fuerza, la alegría de los cubanos vencedores, y no supieron endulzar la pena de los vencidos. La situación pues, que se le ha creado a este Pueblo, de miseria material y de apenamiento, por estar cohibido en todos sus actos de soberanía, es cada día más aflictiva, y el día que termine tan extraña situación es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatía”.

Hemos dicho mucha veces que Máximo Gómez no necesita defensores, necesita lectores, porque su propia vida es su mejor defensa. Martí, que lo conoció como pocos y enfrentó en su momento el noble ímpetu del indomable soldado, lo retrató para la gloria en su periódico Patria, el 26 de agosto de 1893, y esta semblanza trazada por la pluma de aquel “hombre más puro de la raza”, basta para colocar en su sitio de honor al gran soldado domínico-cubano:

“A caballo por el camino, con el maizal a un lado y las cañas a otro, apeándose en un recodo para componer con sus manos la cerca, entrándose por un casucho a dar de su pobreza a un infeliz, montando de un salto; arrancando veloz, como quien lleva clavado al alma un par de espuelas, como quien no ve en el mundo vacío más que el combate y la redención, como quien no le conoce a la vida pasajera gusto mayor que el de echar los hombres del envilecimiento a la dignidad, va por la tierra de Santo Domingo, del lado de Montecristi, un jinete pensativo, caído en su bruto como en su silla natural, obedientes los músculos bajo la ropa holgada, el pañuelo al cuello, de corbata campesina, y de sombra del rostro trigueño el fieltro veterano.

A la puerta de su casa, que por más limpieza doméstica está donde ya toca al monte la ciudad, salen a recibirlo, a tomarle la carga del arzón, a abrazársele enamorados al estribo, a empinarle la última niña hasta el bigote blanco, los hijos que le nacieron cuando peleaba por hacer a un pueblo libre: la mujer que se los dio, y los crió al paso de los combates en la cuna de sus brazos, lo aguarda un poco atrás, en un silencio que es delicia, y bañado el rostro de aquella hermosura que da a las almas la grandeza verdadera: la hija en quien su patria centellea, reclinada en el hombro de la madre lo mira como a novio: ése es Máximo Gómez.”

(Tomado del perfil de Carlos Rodríguez Almaguer/ Facebook)

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