Los mejores atributos como «carne de cañón» regularmente los copan delincuentes comunes o traidores tarifados, quienes, en tanto son útiles, danzan los minutos de su fama en la jerga discursiva de altos cargos imperiales, son adulados, exaltados y hasta premiados con honores que llevan, a la vez, diploma y plata contante.


Raúl Antonio Capote - Granma

Si algo ha enseñado a los cubanos a estar siempre alertas ante las maniobras divisionistas y subversivas que singularizan la agresividad de los gobiernos de Estados Unidos contra la Isla, es esa veleidad descarada con que echan mano –y después desechan, cuando ya no les sirve– a cualquier personajillo o concilio de varios de ellos, que les funcione como punta de lanza en su obstinado ataque.

Los mejores atributos como «carne de cañón» para estos casos, regularmente los copan delincuentes comunes o traidores tarifados, quienes, en tanto son útiles, danzan los minutos de su fama en la jerga discursiva de altos cargos imperiales, son adulados, exaltados y hasta premiados con honores que llevan, a la vez, diploma y plata contante.

Pero hay veces que, por la ralea de los personajes escogidos para poner los focos del momento, asombra lo tan bajo que llegan esas altas apuestas que hace, por ejemplo, el mismísimo Departamento de Estado, aupado por otros figurines de cuello y corbata, como los conocidos Marco Rubio y Bob Menéndez.

En ese largo historial de «recoge y bota», el más reciente escenario pretende empujar al ruedo público al desenmascarado delincuente José Daniel Ferrer. Sí, el mismo que provocó risas cuando se daba de bruces contra una mesa, para fingir los golpes, o el que instruía cuchillo en mano a varios encapuchados, resultó galardonado con una medallita que, con solo el nombre, Truman-Reagan, dice suficiente de qué va el asunto.

A juzgar por el currículo conocido de innumerables premios, becas, programas, distinciones a ciertos nombres que sorprenden por la calaña, es fácil entender que se trata, otra vez, de la nueva trama para intentar justificar los millones de dólares que el Gobierno de Estados Unidos, en su empecinamiento contra Cuba, saca del bolsillo de sus contribuyentes para engordar, no el de los mercenarios que contratan, sino el de quienes los reclutan desde lejos.

Vaya, que la medallita de que hablamos serviría para lavar esos nuevos millones destinados para intentar subvertir la Revolución cubana; un dinero que fluye a las arcas de decenas de organizaciones en EE.UU., y que sirven de pantalla al trabajo de la CIA.

Está demostrado que solo una pequeña parte de esas cuantías llegan a las manos de los grupúsculos mercenarios, y que el verdadero «premio gordo» se lo quedan los dueños del negocio de la contrarrevolución, quienes año tras año viven de las designaciones gubernamentales; una especie de cuantioso Potosí que justifican con las migajas que tiran a los pies de los Ferrer y compañía.

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