Con Filo.- En un inicio, los principales impulsores de la etiqueta SOS Cuba alegaron que estaban preocupados por la tensa situación epidemiológica que enfrenta el país. Pero, muy pronto fue utilizada para solicitar una “intervención humanitaria”. Los que querían “salvar” a Cuba pedían bombas. Ni Patria ni vida: querían invasión y muerte. ¿Qué hay detrás de estos representantes del odio?


Exigen bombardear, pero borran a Ernestino Abreu

Nicolás Pérez Delgado

Radio Miami

        Hace unos días leía la novela El baile de la victoria, del chileno Antonio Skarmeta, suena el teléfono y quien llama es mi  amigo Irenaldo García, quien repito nada tiene que ver con el esbirro batistiano de igual nombre. Me dice: “Oye, Nichol, te habrás percatado que a su pandillera manera ya Trump guerrea en vista a la venidera campaña electoral y enfila su tropa de cubanos contra el flojo o inseguro Biden. Tropa muy peculiar, corajuda solo de boca para afuera, sin combates reales en ya seis largas décadas para haberse alzado contra la Revolución en la Sierra Maestra, el Escambray o en la Sierra de los Órganos. ¡Pero no! El pellejo, si alguien lo va a poner, que lo pongan los marines yanquis. 

      “Sin embargo, ¡habrase visto!, con bélica furia conminan a Biden para que no postergue ni un minuto más el hacer papilla al sistema de la Isla. Que bombardee, que arrase, que no deje un comunista vivo. Trumpismo puro, a pulso, criminal y, sin dudas, más que zafio en momentos que la Asamblea General de la ONU acababa de votar otra vez en grande contra Estados Unidos respecto al bloqueo a Cuba.”

     “Así es,” a secas respondí, en ese momento deseando regresar a la novela que en la mano mantenía, pero él no dio tregua. Continuó: “Tropa que no satisfecha con sus televisados combates por la Calle Ocho y por Hialeah, a Washington se zumbó, pero no a tomar violentamente el Congreso, como intentó la gran turba que en enero pasado lo asaltó con el pretexto de querer salvar a los Estados Unidos del comunismo. Así que fueron a desgañitarse frente a la Casa Blanca a la espera de que el presidente al menos se asomara a una ventana y les hiciera un guiño” 

     “Así es,” repetí y súbita conexión de mis neuronas me hicieron recordar a Ernestino Abreu, quien a la avanzada edad de 75 años dejó atrás Miami, desembarcó en la costa pinareña y se alzó en las montañas, pero en lugar de aplaudirlo los “patriotas verticales” lo tildaron de loco y silenciaron su acción porque era hecho que los malparaba, desvalorizaba sus llamativas guerritas por las céntricas calles de Miami mientras comían pastelitos del restaurante Versailles. Ernestino pronto fue capturado. Tres años después fue puesto en libertad. Respeto tuvo de quienes lo hicieron prisionero, aunque no de quienes en Miami todavía se autitulan inclaudicales combatientes por la libertad. Y al olvido lo condenaron, cuando a hombres así, aunque sean enemigos, hay que respetar.

     Iba a decirle a Irenaldo que recordara de Ernestino, pero tiempo no me dio:  “Pero fíjate, Nichols, Biden, aunque con respecto a Cuba mantiene la misma facinerosa política de Trump, no les hizo el guiño que esperaban y valentonamente se dirigieron a la embajada cubana, cuyos diplomáticos, según me contaron, burlas les hicieron poniéndoles música bailable y sacando una pancarta con la popular frase de la Isla, la que las Naciones Unidas una vez más acababa de acoger: ‘Abajo el bloqueo,’ aprobadas, como sabrás, por 184 países, lo habitual en estos últimos treinta años, solo con los dos votos en contra de los de Estados Unidos y de Israel, y tres abstenciones de quienes, por alguna razón, no se atrevieron a apóyar abiertamente a Washington: Brasil, Colombia y Ucrania.

      “Y como Miami no tiene Congreso ni Casa Blanca que tomar, cientos o miles de estos exaltados lo que tomaron fue un  tramo de la autopista El Palmeto. Interrumpieron el tráfico y plantearon que no se iban hasta que se aplicaran fuertes medidas contra Cuba. El tráfico, por supuesto, enseguida fue restablecido, pero todavía hoy continúan manifestaciones que dicen ‘en defensa del pueblo masacrado, contra la brutalidad de las fuerzas represivas de la dictadura, de los boinas negras que a diestra y siniestra palos dan por las calles de todas las ciudades, por las decenas de asesinados y los miles de desaparecidos y torturados.’ Los medios, por supuesto, los incitaban mostrando escenas de protestas que efectivamente se dieron en algunas poblaciones cubanas, pues allá también hay ineficacias que se deben resolver y que dañan. Pero los medios no pudieron mostrar una sola real imagen de abuso policial. Los bolos, los fake new lo repetían los locutores, que inventaban lo que no se veía en las pantallas de los televisores. 

     “Qué linda objetivida esa, Nichol, ¿eh? Tienes que tirar una de tus cróniquita sobre esto, pues poco después Washington anuncia que sancionará al gobierno de Cuba por la brutal represión desatada, lo cual llama la atención cuando guardan silencio cómplice con lo que ocurre en Colombia, donde el muerto sí se ha puesto sato desde que el pueblo se ha echado a las calles y ya por más de un mes exigiendo la dimisión de Ivan Duque, presidente, además, del país mayor productor de cocaina del mundo. Pero a Duque, desde el Congreso y desde la Casa Blanca, le siguen enviando besitos. Y eso que oficialmente suman casi cien los muertos, miles los heridos y extensas las cifras de detenidos y gaseados con lacrimógenos, pero allá, por arte del divino orden político de Washington, no se viola ningún derecho humano.

     Irenaldo hace una breve pausa y me dice: “Me estás oyendo, Nichols?” Si, te oigo, le respondo y él continúa:

      “Mientras, contra Cuba, la sombra que Trump dejó alienta a estos isleños toritos suyos, los que disfrutará viéndoles desde el palco de su ostentosa mansión de Mar-a-Lago, y lo imagino haciendo sus habituales muecas y jurando que a esa desobediente ONU habrá que pasarle cuentas. ¿No viste incluso al alcalde de Miami exigiendo que Biden bombardeara la Isla?, lo cual resultaría ridículo dicho por cualquiera del montón de esos combatientes sin combates, pero no en boca del alcalde de la ciudad más grande del Estado.”

     A estas alturas dejo la novela sobre la mesa y en otra pausa que hace, le digo que si tomáramos en cuenta y como reales las noticias que difunden los medios miamenses y a la vez recordáramos a Fulgencio Batista, éste resultaría casi un angelito comparado con Díaz Canel, pues según la radio, la televisión y la prensa escrita la barbarie del gobierno cubano carece de límites y hay tantos desaparecidos que ni en sesiones espiritistas podrían encontrarse. En cambio, al parecer entre 1952 y 1959 se respetaban los derechos humanos, pues si bien era cierto que en cualquier estación de policía o cuartel se detenía y se torturaba hasta con testículos hechos papilla y uñas sacadas, luego esos jóvenes revolucionarios humanamente recibían varios piadosos balazos y sus cuerpos se dejaban sobre las acogedoras yerbas de cualquier cuneta, lo que facilitaba que con el paso de los días sus familias los encontraran y les dieran la mejor cristiana sepultura. Sería por eso que el Washington de entonces permanencia calladito, apoyaba militarmente a Batista, no invocaba ningun derecho humano y abominables torturadores que luego lograron escapar de la justicia revolucionaria, como el mismo Esteban Ventura, aquí gozaron de cálido amparo, sobre todo en Miami.       

      Irenaldo entonces me dice que Trump es un  bicho a tener muy en cuenta y que ahora con sus cubanos de La Florida, que en su gran mayoría votaron por él, agita a la actual administración, al flojo de Biden y urde la derrota de los demócratas en los próximo comicios. El fuerte es él, el real triunfador de las pasadas elecciones, el destinado por Dios a mandar y a hacer grande otra vez a la nación norteamericana, tal como grande quiso hacer un Adolfo de bigotico en la Alemania de la década de los años treinta del siglo pasado. 

     De repente, Irenaldo se interrumpe, agitado me dice que tiene que colgar, pues siente olor a humo, que algo se quema en un cacharro de su cocina. Le digo “¡Dale!, ¡Dale!” y pienso que se podría escribir no una crónica, como él me pidió y que casi me la dicta, sino toda una kafkiana novela sobre estos acontecimientos. Suspiro profundo  y regreso al chileno Antonio Skarmeta en El baile de la victoria, que ya voy por la página 198 y son casi 400. Un baile de la victoria que pienso nada que ver con este Miami de hoy, ni con el de ayer.

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