Ilse Bullit - inSurGente.- “A los extranjeros, aquellos hambrientos de emociones tropicales, les encanta esta visión de mi Habana. Con estas cámaras suplantadoras  de la precisión del dueño, se llevan estos edificios sostenidos apenas por las velas y vasos de agua ofrendados a santos u orishas, da igual. 


Relatan con giros dramáticos las emociones vividas en esos “camellos”, apretujados, sudorosos, entre nalgas, penes y malos olores, en un largo viaje hacia la noche aunque lamentan no haber sido carteriados. Se extasían con los jugadores de dominó, botella de ron barato al lado, en los portales de la calle Galiano en horario laboral. Gozan y saborean el aturdimiento causado por tantos vendedores ilícitos  que frente a los comercios lícitos,  venden idénticas mercancías  a precios más baratos. Solazados en la libertad de botar papeles, latas de cerveza, hasta condones en las aceras sin el temor de la multa,; en espera de la emoción mayor, la de recibir el agua sucia lanzada desde un balcón”. Hay entretenimientos menores, nunca desdeñables. Esa gritería perpetua en conjunción con música de regeaton brotada de todas partes, en casas, autos ideados por el viejo Ford, bicicletas todavía chinas.

Hay otros placeres comunes en toda gran ciudad y más en ésta donde los vendedores de sexo no se anuncian en los diarios. Se cuchichea la oferta en el oído y ante el éxtasis del futuro orgasmo se monta la exaltación de lo prohibido porque en Cuba estos comerciantes carnales y de droga son muy perseguidos por la ley.

Esta es la Habana narrada por ciertos turistas al regreso, felices de romper con la frialdad y soledad de algunas ciudades. Sus ojos colonizadores tienen retinas entrenadas para percibir las faltas. Esta es la Habana  extraña ante los admiradores de un país consolidado en la educación, la salud y su independencia. Quien es capaz de valorar lo conseguido a pesar de tanto enemigo en contra, trata hasta de justificar por el puro amor que nos profesa, estos deslices.

Durante una entrevista  en una emisora radial,  un realizador invitado al 28 Festival Internacional del  Nuevo Cine Latinoamericano, se maravillaba de cómo en la popular sala Yara, los habaneros se llamaban, comentaban y gritaban mientras la proyección de su filme transcurría. Y lo exponía, muy convencido de que era una característica favorable del abierto cubano.

¡No, por favor, no! El abierto cubano es alegre, jovial,  solidario y conoce las normas de respeto hacia  sus semejantes. Los otros, esa minoría que por desgracia crece y crece  y con sus malcriadeces y aspavientos resalta sobre los demás es un producto híbrido nacido de ciertas circunstancias.

Si escribiera que el maldito Período Especial es el único causante de esta rotura de las normas de la convivencia social necesarias en cualquier grupo humano, estaría ofreciendo una parte de la verdad. Este relajo se incubaba. Ya el músico Juan Formel, a mediados de la pasada década del 80, lo proclamaba  en un popularísimo dicho: “la Habana no aguanta más”. Nunca y menos ahora, estuvo preparada para tragar sin atoro,  la invasión de cubanos, venida, sobre todo, de las provincias orientales. Sin dudas que el  maldito Especial  abrió la puerta ancha, lo alimentó con la desidia de todos, preocupados y ocupados en la obtención de la pitanza diaria; digo todos, porque un gobierno que comprueba lo vacío de sus almacenes, no piensa, ni puede pensar  en la basura de sus calles, cuando tampoco posee el petróleo para los camiones de recogida.

Así, mi Habana, apurada por la supervivencia, desalojó las buenas costumbres y hasta, cerrando los ojos, fue adaptándose a lo marginal, como un mal menor como el consentimiento a escondidas, entre los vecinos, de la crianza de avez  y  cerdos en los cuartos de aseo de los apartamentos familiares.

Si afirmara que las escaseces y otras calamidades  del maldito Especial desaparecieron del todo,  las amas de casa con sus bolsillos deprimidos al regreso del mercado,  los sudorosos estudiantes y obreros en larga espera de un vehículo, me lanzarían al limbo de la bobería, ahora desactivado hasta por el Papa.

Bajo estas circunstancias  y sin fecha de término de estas calamidades cruzadas cada día    con alegres  bandadas  de niños vacunados en camino a sus escuelas, amanece mi Habana. Así  son de evidentes nuestras contradicciones ante el ojo visitante. Sufridas  y gozadas a la vez por el habanero de generaciones varias y por el recién incorporado, capacitado para desarrollar el sentido de pertenencia. Estas maneras impropias están naciendo en habaneros legítimos y en los de  más  reciente  adquisición por la vía de la migración interna. Definir sobre quienes recae la culpa mayor, no viene al caso en estos momentos.

Si continuamos aceptando esas manifestaciones de irrespeto ciudadano en espera de la desaparición total  de las huellas físicas del Período Especial, este relajamiento de las costumbres ciudadanas habrá ido más allá de las latas de cerveza volcadas en los arrecifes del bello malecón pues esconde variantes peligrosas de la personalidad individual.

Porque quien derrama sonidos escandalosos desde su apartamento  con conocimiento de  que en el del vecino intenta reposar un anciano enfermo, incuba los síntomas del individualismo brutal.

Quien lanza la basura a la calle, inclusive con el contenedor vacío en la próxima esquina; solo piensa en él y desconoce que un barrio significa la suma de muchos.

Quien grita palabras mal sonantes en cualquier ámbito, sin considerar  la idiosincrasia de los adultos mayores, comienza a  despreciar  el espacio  de los demás.

Quien ensucia la pared de una fachada recién pintada no respeta la ciudad que lo vio nacer o le dio cobijo.

Es cierto. Numerosos habitantes de esta capital de todos los cubanos, viven todavía  en precarias condiciones de vivienda   que, tal vez, provoquen esas maneras despreciativas hacia la ciudad y sus conciudadanos. Educación  escolar tienen de sobra para un análisis cuerdo a favor de lo positivo  y también,  hospitales para curar la bilis desmedida.

No ejerzan venganza con sus actitudes  sobre esta ciudad ya dolida en sus raíces de piedras y   que tiembla ante la posible embestida de un huracán.

¡No torturen más a mi Habana!

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