Antonio Garrido Porras - Coordinadora Andaluza de Solidaridad con Cuba.- 1967-2007, aniversario 40 de su muerte. "¿Ha muerto en 1967, en Bolivia, porque se equivocó de hora y de lugar, de ritmo y de manera? ¿O ha muerto nunca, en ninguna parte, porque se equivocó en lo que de veras vale para todas las horas y lugares y ritmos y maneras? Creía que hay que defenderse de las trampas de la codicia, sin bajar jamás la guardia. Cuando era Presidente del Banco Nacional de Cuba, firmaba Che los billetes, para burlarse del dinero. Por amor a la gente, despreciaba las cosas. Enfermo está el mundo, creía, donde tener y ser significan lo mismo. No guardó nunca nada para sí, ni pidió nada nunca. Vivir es darse, creía; y se dio". Memoria del Fuego. Eduardo Galeano.
Un domingo 9 de octubre de 1967 murió, asesinado por sus captores, el Che Guevara. Siempre querido y admirado, su figura regresa a este presente desdibujado, atraviesa el tiempo cargada de significados, de ideas, adueñada por cada generación que encuentra en su legado un motivo de inspiración, de reflexión y de afecto. Con su muerte se truncó una biografía creativa y tenaz en la lucha contra la desigualdad y en la fertilización y desarrollo de un proyecto socialista apegado a la participación social y a la ética humanista y un proceso intenso y autónomo de elaboración intelectual y de maduración política. Después de 40 años, y más allá de la emoción íntima que brota al enumerar aquel semblante legendario, trágico y heroico que encarnó el Che, ¿en qué nos podría ayudar hoy el recordatorio político de un revolucionario que trascendió su época y su geografía y se hizo universal? Además de rememorarlo con sentimientos de amor, ¿qué valores persisten en su obra intelectual, en su densidad biográfica y en su trayectoria militante que puedan ser de utilidad para las generaciones actuales, para las luchas presentes? Esa necesidad de evaluación y de aprendizaje ha de motivar en los próximos meses, coincidiendo con este aniversario 40 de su desaparición física, la discusión sobre sus ideas y sus principios, además de la reivindicación política de su existencia. También hay que decir, o al menos lo decimos aquí, que el Che es quizás el mejor intelectual marxista que acelera la región romántica y poética del espíritu que habita en la historia del movimiento socialista. Aquí se bosquejan algunos apuntes con la intención de rendirle homenaje, pero también con el deseo de suscitar la indagación y la reflexión sobre sus ideas.
Siendo un joven estudiante de Medicina había salido a recorrer América Latina. Conoció y sintió el resuello de sus venas abiertas por la tragedia del indio, la miseria del minero, el trabajo esclavo de los asalariados, el miedo del campesino pobre. "Aquí va un soldado de América"! había gritado proféticamente al despedirse de su familia, para escribir más tarde en su diario: ".este vagar por nuestra mayúscula América me ha cambiado mucho más de lo que creía". Era una mirada en formación aún, pero supo capturar en el origen de la explotación, en la división del continente y en la "filosofía del despojo", el papel de la colonización primero, y del imperialismo de los Estados Unidos después. En los comienzos de su singular periplo existencial, estos viajes prepararon las circunstancias intelectuales y afectivas para la transformación del joven médico de clase media argentina en el dirigente revolucionario que sería conocido después como el "Ché" Guevara. Años más tarde, siendo ya dirigente de la Revolución Cubana, recordaría aquella expedición en estos términos: "Y por las condiciones en que viajé, primero como estudiante y después como médico, empecé a entrar en estrecho contacto con la miseria, con el hambre, con las enfermedades, con la incapacidad de curar a un hijo por falta de medios, con el embrutecimiento que provocan el hambre y el castigo continuo. Y empecé a ver que había cosas que, en aquel momento, me parecieron casi tan importantes como ser un investigador famoso o como hacer algún aporte substancial a la ciencia médica, y era ayudar a aquella gente". Una subjetividad esculpida "con delectación de artista", sobreponiéndose a las limitaciones del asma incoercible, la sensibilidad y sofisticación emocional que adquirió en su medio familiar y su inquietud autodidacta configuraron la infraestructura psicológica que permitió inscribir la experiencia intensa de sus viajes en un profundo proceso de toma de conciencia política y establecer así las condiciones de posibilidad para el nacimiento del revolucionario y del intelectual de izquierdas. El Che se desarrollaría políticamente hasta llegar a ser el referente de un sistema de pensamiento marxista que se enriqueció con las aportaciones continentales de Martí, Bolívar y Mariátegui y más tarde nutrido, de un modo genuino y en el centro de la actividad política, por sus propias contribuciones.
El encuentro con Fidel en México selló su destino junto al proceso revolucionario cubano. Reclutado inicialmente como médico, se reveló, sin embargo, como un extraordinario guerrillero en el terreno de combate y luego como un infatigable constructor revolucionario. Finalmente, su profundo compromiso internacionalista lo impulsó hacia misiones antiimperialistas en África y en América Latina, culminando su itinerario ideológico, político y ético que, más allá de su desaparición física, constituyen un paradigma y un instrumento para el movimiento revolucionario internacional de las distintas épocas.
El Che fue, ante todo y desde el principio, un militante de la Revolución Cubana, a la que se entregó con una fuerza y una lealtad irrompibles. Su importancia como dirigente, en lo militar, en lo político y en lo moral, en la definición de los aspectos estratégicos del proceso revolucionario (política de alianzas y de unión de fuerzas, relaciones internacionales, construcción del estado, fundamentos de la economía socialista.) fue decisiva para el desarrollo y consolidación de la Revolución Cubana, un proceso que permitió a Cuba liberarse de una dictadura implacable y de la tutela neocolonial del imperialismo norteamericano e iniciar el largo y complejo camino hacia la soberanía y el desarrollo con equidad. Realizó funciones de Estado estratégicas para la Revolución, llevando la voz de la Cuba insurrecta a los foros internacionales en los que denunciaba el imperialismo y las relaciones desiguales en el comercio mundial. La experiencia revolucionaria cubana le sirvió para denunciar el esquema teórico sobre la "inmadurez de las condiciones objetivas" que corrompía la atmósfera intelectual de cierta izquierda. Frente al lema heredado de Kautsky ("El partido socialista es un partido revolucionario; no es un partido que hace revoluciones"), el Che daba otra consigna: "El deber de un revolucionario es hacer la revolución", atribuyendo, de este modo, una crucial responsabilidad histórica a las vanguardias revolucionarias, para la educación del pueblo con su ejemplo, para la movilización de los factores subjetivos, para erigirse en "agentes" de la utopía y en depositarios de las energías necesarias para avanzar. Hay quien aplicó al Che la etiqueta de "voluntarista" o "subjetivista", dada su insistente crítica de la pasividad y el "quietismo" de muchos dirigentes y su confrontación con el esquema estalinista de la "revolución por etapas". Pero en el sistema de pensamiento del Che sencillamente existía una confianza esencial en la voluntad y en la actividad consciente del hombre. Para él, las condiciones objetivas estaban configuradas, en la práctica, por "el hambre del pueblo" y era tarea de las vanguardias impulsar la toma de conciencia, ejercer de factor activo y dinámico, trasmitir "la necesidad de realizar un cambio social. y la certeza de la posibilidad de realizar ese cambio"; en definitiva, llevar a cabo la labor de diagnóstico y organización de estrategias y la función utópica, la educación del "deseo" del pueblo.
Igualmente, es esta evaluación, que privilegia el papel "agente" y vivo de la vanguardia, la que ha llevado a algunos a la acusación de la teoría revolucionaria del Che como "foquista" y reducida a la preponderancia de la estrategia militar. En cambio, en distintos lugares de la obra guevarista se plasma una visión más amplia y política ("la guerra de guerrillas es una guerra del pueblo, una lucha de masas") y se exhibe una sofisticada dialéctica intelectual y orgánica entre el foco combatiente (guerrillero) y el resto de métodos populares de lucha, sinergia que finalmente ha de desembocar en "una sola fuerza". Denunciará a los que ostentan un irresponsable "culto al espontaneísmo", pero también a los que se amparan en el "protagonismo de las masas" para quedarse de brazos cruzados y aguardar, como meros espectadores, a la maduración de las "condiciones objetivas"  y al advenimiento y asunción, entonces, de su papel histórico. "Si frente al cuadro de esta situación real e incuestionable, que decisivamente afecta al destino de nuestros pueblos, algún liberal o reformista burgués, o pseudorevolucionario charlatán, incapaz de la acción, tiene una respuesta que no sea una profunda y urgente transformación revolucionaria que pueda hacer acopio de todas las fuerzas morales, materiales y humanas de esta parte del mundo y lanzarlas hacia adelante, para recuperar el atraso económico y científico-técnico de siglos, cada vez mayor, con el mundo industrializado, del que somos tributarios y lo seremos cada vez más, y en especial de Estados Unidos; y además de la fórmula, el camino mágico de llevarla a cabo, diferente a la concebida por el Che, que barra oligarquías, déspotas, politicastros, es decir: criados, y a monopolios yanquis, es decir: amos, y lo haga con toda la urgencia que las circunstancias requieren, que levante entonces la mano para impugnar al Che". Son palabras de Fidel en la Introducción al "Diario de Bolivia".
En la concepción del Ché el antiimperialismo es fundamental. Su visión del imperialismo caracterizaba a este como un sistema mundial en el que la división internacional del trabajo y el deterioro de los términos de intercambio condenaban a muchos países al subdesarrollo, a una vía, no de transición hacia el desarrollo, sino de desarrollo distorsionado, deformado. ¿Qué es el subdesarrollo?, se preguntaba en 1961: "Un enano de cabeza enorme y tórax henchido es "subdesarrollo" en cuanto a sus débiles piernas o sus cortos brazos no articulan con el resto de su anatomía; es el fenómeno teratológico que ha distorsionado su desarrollo. Eso es lo que en realidad somos nosotros, [.] en verdad países coloniales, semicoloniales o dependientes". La confrontación con el imperialismo, anudando la emancipación social y la liberación nacional, era entonces la condición sine qua non para el verdadero desarrollo. Y la tarea de los revolucionarios, como se ha dicho ya, consistía, en primer lugar, en hacer la revolución ("Cada vez que se libera un país es una derrota del sistema imperialista mundial"). En este sentido, la paz mundial y la coexistencia pacífica no podían constituirse en herramientas diplomáticas para el equilibrio entre las grandes potencias, dejando al margen al resto de los pueblos y a sus necesidades de desarrollo económico e independencia política. Hacia 1960 el Tercer Mundo exhibía ya un perfil propio y, aunque el problema de la deuda externa no había aún alcanzado magnitudes exorbitantes, los problemas de la dependencia estructural y del subdesarrollo emergían con nitidez, una vez superadas, en apariencia, las tareas políticas ligadas a la descolonización. Pero el Che no admitía la existencia de fórmulas desarrollistas desconectadas del problema de la confrontación con los países capitalistas avanzados y de la denuncia del neocolonialismo y del intercambio desigual: "¿Cómo puede significar "beneficio mutuo" vender a precios de mercado mundial las materias primas que cuestan sudor y sufrimientos sin límites a los países atrasados y comprar a precios de mercado mundial las máquinas producidas en las grandes fábricas automatizadas del presente?". Con dos décadas de anticipación, ya percibía y denunciaba la lógica invertida que era consustancial al pago de la deuda externa por parte de los países subdesarrollados: por el contrario, eran ellos los verdaderos acreedores del mundo, por el saqueo histórico que padecieron durante siglos. Así pues, no había que hacerse vanas ilusiones: la ley del valor y su efecto de superficie, el deterioro de los términos de intercambio, imponían un mecanismo infernal que condenada a la miseria y a la dependencia al Tercer Mundo y, por eso, en el sistema de pensamiento del Che la salida del subdesarrollo y la liberación del imperialismo se configuraban como conjunción indisoluble. Pero, además, el Ché iba más allá, y no sólo veía las relaciones de independencia política y de soberanía económica como incompatibles con el sistema capitalista mundial, sino también como la condición política para la construcción de una nueva moral en el ámbito de las relaciones existentes dentro de lo que entonces era el campo socialista. "El desarrollo de los subdesarrollados debe costar a los países socialistas". Es decir, para el Ché el internacionalismo exigía que los intercambios económicos entre las naciones atrasadas y los países socialistas no dependiesen de intereses del comercio exterior ni de consideraciones empresariales, sino de una nueva división internacional del trabajo sostenida en principios de justicia y equidad "..y equidad en este caso no es igualdad", porque ello establecería unas relaciones formalmente iguales entre partes que son desiguales.
En el terreno de la economía socialista fue igualmente un pensador complejo y un constructor revolucionario profundamente comprometido. Para el Che el socialismo no consistía simplemente en la transición de una formación social a otra con un modelo económico distinto; antes bien, era un proceso de autoconciencia y de lucha contra la enajenación del ser humano. Fue lúcido sobre la complejidad del proceso de transición al socialismo y conocía la caracterización que hizo Marx en la "Crítica al Programa de Gotha": "De lo que aquí se trata no es de una sociedad comunista que se ha desarrollado sobre su propia base, sino de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede.". La conciencia y la moral nuevas son las metas del comunismo para el Che y, por ello, la superación de la organización mercantil de la economía ha de hacerse efectiva con métodos y principios comunistas. "El socialismo económico sin la moral comunista no me interesa", escribió. "Luchamos contra la miseria, pero a la vez contra la alienación. Si el comunismo desprecia los hechos de conciencia, puede ser un método de reparto, pero dejará de ser una moral revolucionaria". Es por ese motivo que el trabajo adquiere una cualidad educativa y debe ser una experiencia de concientización en el interior del marco general de reapropiación de las condiciones de existencia de los hombres. El Ché Guevara entendía la práctica revolucionaria como una mutación del contexto histórico-social, pero también como la transformación de la subjetividad de los hombres y mujeres. En este sentido, se ha dicho de sus ideas sobre la economía política del socialismo que contenían una filosofía humanista, porque para él los cambios estructurales y el proceso de transición de lo que Marx llamaba "la esfera de la necesidad a la esfera de la libertad" requerían algo más, conceptualmente hablando, que el paso de un modo de producción a otro, que no se resolverían los grandes problemas de la Humanidad si no alumbraban a la par que una nueva formación social, un nuevo tipo de conciencia, un hombre nuevo. En "El socialismo y el hombre en Cuba" recordaba, remontándose a los primeros tiempos de la Sierra Maestra, que ya en "la actitud de nuestros combatientes se vislumbraba al hombre del futuro". Posteriormente, al socializar los medios de producción, se hacía necesario y posible liberar al ser humano de la "célula económica de la sociedad capitalista", la mercancía, aunque el enfrentamiento contra los residuos de la educación anterior no hubiese hecho sino empezar.
Contrariamente a la tendencia hegemónica en los economistas soviéticos, el Che apostaba por un uso socialista de la ley del valor y por su progresiva desaparición, en tanto vestigio y "arma mellada" que procedía del capitalismo. Siendo Ministro de Industria de Cuba era perfectamente consciente de que la construcción socialista no podía realizarse con medidas y criterios tecnocráticos, sino políticos y de orientación estratégica y así es como habría de entenderse por los trabajadores y por todo el pueblo, como un camino colectivo que generase hegemonía e influencia de las ideas nuevas frente a las viejas, que se apoyase, como palanca, en los estímulos morales más que en las recompensas materiales directas, en la participación social más que en las decisiones de los técnicos y de la administración, en la educación y en los principios ideológicos, en definitiva, más que en las categorías economicistas.
Aunque defendió siempre la planificación socialista, combatió igualmente con tenacidad el burocratismo, la mentira, las prebendas y a los especuladores. En febrero de 1963 publicó un artículo llamado "Contra el burocratismo". Advertía sobre el fenómeno de la perversión en el ejercicio de los deberes y sobre las prerrogativas, incluyendo aquí al propio partido: "¿Y qué sucede en este caso? Se convierte en un estrato social aparte, cuya ambición es la de perpetuarse, y se consolida en la administración y en la dirección del estado, así como en la dirección política. Este estrato se transforma en un cuerpo privilegiado. Y cuando esto sucede es que se ha renunciado a la construcción del socialismo y del comunismo".  Al mismo tiempo les hablaba a los obreros azucareros: "Todo lo que haya se va a repartir entre todos los que somos. En las nuevas etapas de lucha revolucionaria, no habrá quiénes reciban más que otros, no habrá funcionarios privilegiados ni latifundistas. Los únicos privilegiados en Cuba serán los niños". Y los obreros azucareros le aplaudían. Por consiguiente, y siempre según sus propias palabras, "para construir el comunismo, simultáneamente con la base material, hay que hacer el hombre nuevo".
En las ideas y en la conducta del Che estaba implícita la atribución de un sentimiento humanista a los que se dicen revolucionarios. Su personalidad estaba imantada por esta componente que alimentaría además con la lectura de Martí y de Marx: un humanismo revolucionario (Michael Löwy) no abstracto, sino incrustado en la objetividad material de la existencia. En "La guerra de guerrillas" escribía: "Un herido debe ser sagrado, curársele lo mejor posible". Se puede hablar de una ética del Che, que está presente en su experiencia y en su comportamiento, pero también en su labor pedagógica. El carácter historico-social y económico del proceso de transformación social no es "superior" ni permite posponer o relativizar el debate cultural y personal sobre las actitudes, la moral y los sentimientos. Es este pensamiento el que inspira sus palabras: "Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esa cualidad". Luchar es un gesto militante, pero ha de ser también una consecuencia de los sentimientos y de los deseos, de las aspiraciones por llegar a convertirse en un ser humano mejor. Y en la inquietud por la orientación ética del proceso revolucionario, en sus preocupaciones por los estímulos morales, por el trabajo voluntario, por el cumplimiento del deber para con el pueblo, coloca en primer lugar a los dirigentes de la Revolución y a los cuadros políticos, para los que las excusas o la autocomplacencia en este sentido son inaceptables. No desconoce el marco histórico-social específico en el que se desenvuelven los hombres, pero instala en el debate la inquietud por una antropología del futuro, por una reflexión psicológica que redescubra un ser humano lleno de capacidades y comprometido hasta el tuétano con su tiempo y con la condición humana.
El Che vivió apasionadamente su personal redescubrimiento de América Latina. Se internó en las ruinas precolombinas, en la poesía de Neruda y en la novela de Ciro Alegría, en las guerras de Bolívar y Martí, en la obra intelectual de Mariategui, en la Guatemala de Arbenz. Incluso hizo versos:
Me vuelvo en el límite de la América hispana,
a saborear un pasado que engloba el continente.
El recuerdo se desliza con suavidad indeleble,
como el lejano tañir de una campana".
No sería arriesgado especular con que si el Che levantase la cabeza se alegraría al ver la situación actual del continente, donde una nueva relación de fuerzas está quebrando la hegemonía neoliberal y rescatando el lenguaje socialista. También estaría feliz y orgulloso de comprobar también la resistencia digna de la Revolución Cubana, después de décadas de agresión del imperialismo, y la pervivencia de su memoria alentando e inspirando a los nuevos dirigentes. Vería su herencia en la Isla transpirando en esa profundización cultural e ideológica que significa para el proceso revolucionario la denominada "Batalla de Ideas", creando escuelas de arte, multiplicando los servicios sanitarios y los programas educativos, desarrollando el potencial investigador y tecnológico, promoviendo el patrimonio cultural y literario.
En nuestra demarcación geográfica y política, en cambio, la magnitud del colapso moral, ideológico y organizativo de la izquierda, tanto en su versión socialdemócrata como en la tradición estalinista, ha sido tal que el pensamiento del Che sonará como goterones de lluvia en la tierra seca. Pero en todo caso, cuando exista de nuevo la voluntad moral y la acumulación de fuerzas suficientes podrá comenzar otra vez la reconstrucción necesaria del proyecto emancipatorio, que dispondrá en la obra del revolucionario argentino de un arsenal no "mellado", sino vivo en cuanto teoría crítica y filosofía de la praxis.
Sin embargo, la dimensión continental que pretendió abarcar el Ché con su concepción política rebasó las fronteras latinoamericanas y su imagen llegó a simbolizar el internacionalismo más universal, puro y desinteresado. "Muchos me dirán aventurero, y lo soy; sólo que de un tipo diferente, de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades", escribió para despedirse de sus padres. Y para cuando sintió "haber cumplido aquella parte de mi deber que me ligaba a la Revolución Cubana en su territorio.", disponía ya de una densa experiencia y de unas cualidades políticas excepcionales y salió a continuar la lucha en otras tierras, con otros pueblos. Pareció vivir rodeado de una atmósfera propia en la que el tiempo se agitaba y cobraba fuerza: "Las cosas corren con una rapidez terrible y nadie puede predecir dónde estaré (y por qué) el año próximo". Su mente funcionaba como un escalpelo diseñado para el escrutinio analítico de los contextos sociales y sus bronquios asmáticos no le impidieron respirar el mundo contemporáneo que nunca observaría con mirada de espectador. Vertebró un pensamiento utópico y pragmático entre la actividad guerrillera y la edificación política del socialismo, pero que brotaba también, desde lo más recóndito de su alma, guiado por un intenso sentimiento de amor hacia el ser humano, lo que sería el motor y "el resorte inicial de su vagar por el mundo y de su radicalización existencial"  (Roberto Massari).
No hay que buscar en la obra del Ché un sistema de pensamiento cerrado, totalizador, completo. Su proceso de creación teórica y de elaboración intelectual eclosionaba y se desplegó en el territorio insomne de su espíritu crítico y fértil; seguramente, si la muerte hubiese llegado un poco más tarde, ese proceso de maduración intelectual le habría conducido a formular incluso una crítica profunda al modelo de "socialismo realmente existente" y a una tradición intelectual y orgánica esclerotizada en discursos edificantes para los Primeros de Mayo, pero atenazada al destino de la burocratización y la posterior implosión a manos de élites corruptas.
J. P. Sartre dijo del Ché que era el ser humano más completamente realizado que había conocido. En Cuba y en el mundo, su recuerdo nunca se borrará y seguirá siendo un arma para el pensamiento y la lucha y si este tiempo no termina en ruina y tragedia irreparable, cuando el ángel de la historia restituya el horizonte de la utopía, nadie mejor que el Che como lumbre en las escuelas y en las conciencias.
"Nos dejó su pensamiento revolucionario, nos dejó sus virtudes revolucionarias, nos dejó su carácter, su voluntad, su tenacidad, su espíritu de trabajo. En una palabra, ¡ nos dejó su ejemplo ! ¡ Y el ejemplo del Che debe ser un modelo para nuestro pueblo, el ejemplo del Che debe ser el modelo ideal para nuestro pueblo ! Si queremos expresar cómo aspiramos que sean nuestros combatientes revolucionarios, nuestros militantes, nuestros hombres, debemos decir sin vacilación de ninguna índole: ¡ que sean como el Che ! Si queremos expresar cómo queremos que sean los hombres de las futuras generaciones, debemos decir: ¡ que sean como el Che !. Si queremos decir cómo deseamos que se eduquen nuestros niños, debemos decir sin vacilación: ¡ queremos que se eduquen en el espíritu del Che !. Si queremos un modelo de hombre, un modelo de hombre que pertenece al futuro, ¡ de corazón digo que ese modelo sin una sola mancha en su conducta, sin una sola mancha en su actitud, sin una sola mancha en su actuación, ese modelo es el Che !"
Fidel Castro, 18 de octubre de 1967.

Andalucía, abril de 2007
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