Marta Rojas - La Jiribilla.- Varias generaciones de cubanos hemos vivido bajo la influencia de un acontecimiento que ocurrió hace ahora 54 años: el asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1953, en el Año del Centenario del nacimiento de José Martí. Su líder, el joven abogado Fidel Castro Ruz, en las primeras declaraciones ante el Tribunal que lo juzgaba junto a sus demás compañeros sobrevivientes de los asesinatos de que fueron víctimas en breve tiempo más de 60 de los asaltantes, declaró que el autor intelectual de aquel acto de rebeldía era José Martí, el Apóstol de la independencia de Cuba.

Con esa síntesis hizo evidente que los revolucionarios eran continuadores de un largo combate que había comenzado en La Demajagua el 10 de octubre de 1868 y que Martí haría valer en 1895 organizando la Guerra Necesaria. Sin embargo, la independencia y soberanía total se había frustrado. 

El primer combate por la consecución de los ideales mambises resultó un revés en el orden táctico, pero de inmediato se transformó en una victoria estratégica. Surgió de él el líder indiscutible capaz de remover las estructuras que impedían la soberanía real de Cuba.

Fue un domingo al amanecer cuando Santiago de Cuba y Bayamo despertaron con los tiros de escopetas y otras armas precarias, adquiridas por los propios combatientes. Así también se había iniciado la guerra de independencia contra el ejército de la Metrópoli.

Apenas hacía un año que se había producido el artero golpe militar del 10 de marzo, encabezado por Fulgencio Batista, cuando —en el orden republicano de las “democracias representativas” en América—, el país se aprestaba a celebrar elecciones generales en las que el Partido que indiscutiblemente hubiera ganado aquellas elecciones que impidió el golpe de estado militar, habría sido el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) fundado por el senador Eduardo Chibás, formación de enorme popularidad abanderada del adecentamiento administrativo, la guerra al latrocinio oficial y cuyo símbolo era una escoba con la cual se barrerían los desmanes de gobierno anteriores, incluyendo el del doctor Carlos Prío Socarrás, defenestrado del poder el 10 de marzo de 1952, ya mencionado.

La mayoría de los combatientes del Moncada, comenzando por el doctor Fidel Castro, pertenecían al ala más revolucionaria de “la ortodoxia”, lo que en la actualidad se identificaría como la izquierda, cuya fuerza principal se nucleaba en la Juventud  de aquel partido.

El Moncada tenía un programa. No se trataba de un asalto armado para simplemente derrocar la tiranía, que entonces se presentaba como “gobierno de facto”. El programa del Moncada a la Nación que, según el plan, sería propalado por las emisoras radiales de haber tenido éxito la toma por sorpresa de aquella segunda fortaleza militar del país, recogía en síntesis los elementos contenidos después en el alegato de autodefensa del Moncada por Fidel que conocemos hoy como La historia de absolverá, en el cual luego de denunciar los crímenes atroces cometidos por la tiranía durante una semana sangrienta en Santiago de Cuba , sus alrededores y Manzanillo, fundamentalmente, hace un panorama elocuente de la situación económica y social del país, y expresa la forma en que esos males de la república mediatizada debían y podían resolverse.

El programa del Moncada fue cumplido en todo lo esencial en los primeros años del triunfo revolucionario, ocurrido seis años después de aquella gesta, luego de la expedición del Granma, la lucha en la Sierra Maestra y la clandestinidad, apoyada por otras fuerzas revolucionarias en todo el país.

Es este paisaje histórico digital aparecen gráficas y otros elementos elocuentes referidos al 26 de Julio. Entre las imágenes la de Abel Santamaría Cuadrado, “cuya heroica resistencia lo inmortaliza ante la historia”, como expresara el doctor Fidel Castro en la primera sesión del juicio (Causa 37) el 21 de septiembre de aquel mismo año en la Sala del Pleno de la Audiencia, donde comenzó y se celebró gran parte del proceso.

Precisamente allí, desde el primer día, pudimos ver el momento crucial en que Fidel se convertía de acusado en acusador, asumiendo su condición de abogado. Bastarían dos sesiones con su presencia como interrogador para que la tiranía instaurada, aún contando con tan fuerte censura de prensa, no pudiera soportar las acusaciones del líder revolucionario y, mintiendo sobre su salud, lo separara del proceso para juzgarlo semanas después en una pequeña sala del Hospital Civil Saturnino Lora.

Hoy podemos decir que la fuerza de las ideas, expresadas por el “principal encartado” en el juicio del Moncada derrotaron todos los planes de la conjura del silencio que fueron aplicados severamente en relación con los sucesos del Moncada. Sin sitios digitales, sin televisión, ni radio, ni periódicos revolucionarios, la voz de la verdad que ahora honramos especialmente el 26 de julio, salió vencedora. De otro modo no habría triunfado la Revolución Cubana. Y es ahí donde el valor de aquel acto se crece y consolida en la historia de más de cien años de lucha en Cuba.

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