Ariel Terrero - Cubaprofunda - ariel@cubaprofunda.org.- Las canas pueden ser peligrosamente ambiguas. Y no solo por el disfraz de los tintes. En ocasiones son precoces, como las de un amigo de estatura tan original como su lucidez, a quien la naturaleza coronó con rayitos desde los años universitarios. O porfiadamente tardías, como las de otro colega que anda planeando, para el actual año, una jubilación merecida pero precipitada, a juzgar por el talento vital que este erudito atesora.

Equívoco y caprichoso, el cabello blanco suele andar por un sendero y la salud física y mental por otros. Mientras los estudiosos se enredan definiendo los límites de la tercera y hasta de la cuarta edad, las mujeres —también los hombres, aunque más secretamente— se alarman cuando las canas asoman en el espejo. Pero la trampa más artera la tiende la cabellera plateada cuando intenta entronarse como contrariedad exclusiva de quienes, entre maldiciones o suspiros, la ostentan.


El acentuado envejecimiento de la sociedad cubana plantea un conflicto no solo a las personas que cruzan las fronteras de la ancianidad. Es un problema, incluso mayor, para quienes no han tenido que recurrir aún a teñiduras y, por encontrarse en edad económicamente activa, sostienen sobre sus hombros a los sectores de la población que no generan riqueza material: niños, jóvenes estudiantes, jubilados... Como agravante, los cubanos en edad laboral tienden a disminuir de manera acelerada y, los segundos, crecen numéricamente, en la misma medida en que ha aumentado la esperanza de vida.

Bien masticadas, algunas de las cifras divulgadas en estos días por el Gobierno y la prensa, imponen una digestión cuidadosa.

El año pasado arribaron a la edad laboral 166 mil 321 jóvenes, un 30 por ciento menos que en 1980, según informes recientes del Ministerio de Trabajo. La Oficina Nacional de Estadísticas estima, a su vez, que el descenso continuará y que en el 2020 alcanzarían edad para trabajar 129 mil 135 personas. En contraste, ese año podrían jubilarse 131 mil 767 cubanos, de acuerdo con la actual Ley de Seguridad Social. En tal caso, saldrían más personas de la vida laboral activa que las que se incorporarían a ella.

Para hacer más tenso el panorama futuro, otros pronósticos anticipan que en el 2025, los cubanos con edad para trabajar se reducirían en más de 770 mil con respecto al 2007 y, a la par, decrecerían en 722 mil los niños y jóvenes en edad para cursar estudios de cualquier nivel.

¿Cómo enfrentar tales desequilibrios?

La propuesta de extender el calendario de jubilación, hasta 60 años para las mujeres y hasta 65 para los hombres, equipararía a Cuba —hoy entre las 50 naciones de mayor proporción de personas por encima de 60 años— con otros 63 países, del primer y tercer mundo, que han recurrido a similar ajuste para nivelar las aguas de su economía. Es, en buena ley, una manera de asimilar cambios demográficos y sociales que han acrecentado, sensiblemente, el número y la salud de los cubanos con pelo blanco.

Pero la solución no pasa solo por ampliar la franja poblacional en edad laboral y aprender a vivir con canas. La sociedad cubana tiene desafíos mayores; ante todo, aprender a expresar, en la producción, los servicios y las finanzas, los avances de mundo desarrollado conquistados ya en el terreno social.

En términos de eficiencia económica, el socialismo cubano arrastra una deuda, contradictoria con los indicadores de salud, educación y deportes que las instituciones de Naciones Unidas le reconocen y aplauden a este pequeño país. Todavía no ha desenredado las claves para hacer extensiva una alta productividad del trabajo y una sólida eficiencia económica, imprescindibles para sustentar una sociedad con menos trabajadores activos y más personas jubiladas.

En ese empeño, los más veteranos pueden hacer un aporte valioso, a cuenta de la experiencia y de los conocimientos acumulados a lo largo de la vida.

Con el incremento de la productividad, la eficiencia y la generación de riquezas, encontrarían solución, de paso, carencias materiales cotidianas. Aunque, según los demógrafos, tales aprietos no son determinantes en la baja fecundidad con que se cierra la tenaza del envejecimiento, sí influyen en la disposición de las mujeres y los hombres a crear familias más numerosas y a los encargados de sostener el futuro de la nación… y de la propia familia.

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