Marta Sánchez Martínes - Prensa Latina.- Un velo cubre hoy a Alicia Alonso, muy similar al que la cubría cuando iba a salir convertida en espíritu en el ballet Giselle, un clásico cuya leyenda se fusionó con la de la propia bailarina.

 


Hoy Alicia es espíritu en muchas Giselle y en la danza toda, porque su huella es así de universal y esto justifica tanto el velo blanco que envuelve para siempre su féretro como la cantidad de mensajes enviados a Cuba o publicados en distintos medios del planeta, en miles, porque nadie eligió la indiferencia.

Alonso falleció el 17 de octubre a los 98 años de edad, en esta capital, la ciudad donde nació el 21 de diciembre de 1920.

Ese mismo día, el Ballet Nacional de Cuba (BNC), que ella fundó en 1948 junto a Alberto y Fernando Alonso, planeaba viajar a la occidental ciudad de Matanzas para brindar dos funciones en el Teatro Sauto, recién reabierto en la llamada Atenas de Cuba tras una reparación capital.

La noticia de la defunción del ser humano dejó al mundo en shock y por momentos se pensó cancelar cualquier evento en la isla, pero ningún pensamiento en torno a Alicia encaja con quietud y bastante evadía hablar de la muerte como tema de conversación.

Tras la noticia de su fallecimiento no hubo tiempo para llorar, pero sí para hacer lo que ella nos enseñó? y eso es simplemente bailar. Bailar con el corazón, explicó la subdirectora artística del BNC, Viengsay Valdés, antes del espectáculo único brindado en el Sauto, este 18 de octubre, la primera función de homenaje.

Ese coliseo ha sido testigo de grandes acontecimientos culturales en la historia de la nación y, curiosamente, entre las luminarias que triunfaron en su escenario se encuentra la rusa Anna Pávlova, quien falleció en 1931, el mismo año en que Alonso realizó su debut escénico en la danza.

Después de la gala, la compañía emprendió el camino de regreso a la capital, para continuar rindiendo tributo a Alonso la víspera, en el Gran Teatro de La Habana que ostenta su nombre y donde recibió, hasta después de muerta, prolongadas ovaciones.

Allí el pueblo de Cuba amaneció y desfiló alrededor de su ataúd, como muestra de respeto a la artista más universal del país.

El interés espontáneo de un pueblo por pasar a ver, por última vez, a la mítica bailarina demuestra la popularidad de una mujer que no se conformó con brillar en los grandes teatros del mundo; sino que se ocupó de esparcir la danza por todos los rincones de su país, hasta los más humildes.

Algunas personas se asomaban al féretro, otras simplemente le ponían una mano al ataúd y con la otra se secaban lágrimas, evitaban verla, prefieren recordarla vital, enérgica, como siempre se le vio.

Muchas se besaban los dedos antes de tocar el sarcófago, Alicia despierta ese amor, aún en quienes no la conocieron personalmente.

Hasta el teatro llegaron las más altas personalidades del país, incluido el primer secretario del Partido Comunista de Cuba, Raúl Castro, y el presidente de la República, Miguel Díaz-Canel.

La música de La muerte del cisne se filtró en ocasiones pero la emoción, como era previsible, ascendió al final cuando una orquesta de cuerdas tocó el adagio del Cisne Negro, un personaje del cual Alonso concibió una versión delirante, de extraordinarias demandas técnicas e interpretativas.

Bailarines de su compañía comenzaron a desfilar por el lado del féretro mientras se escuchaba el amoroso Intermezzo de Cavalleria rusticana, una de las óperas italianas más populares.

El adagio del segundo acto de Giselle multiplicó las lágrimas de los presentes por la conocida fascinación de Alonso por el personaje y su incomparable interpretación.

Luego, el adagio del segundo acto de El lago de los cisnes, tan pausado como a ella le gustaba para que el cisne blanco acariciara la música.

Mientras envolvían el ataúd con el velo, llegó el final de Giselle, momento cargado de poesía porque sale el sol y el espíritu de la protagonista se desvanece sobre su tumba. La reacción del público fue idéntica a la de una función: áBravo Alicia! Miríadas de bravos y aplausos.

Cargada sobre los hombros de bailarines salió de su teatro y la cortejó una caravana de pueblo hasta el cementerio, por calles colmadas de personas con la finalidad de sumarse a los halagos, una de ellas la avenida Malecón, un camino litoral en el que alguna vez le fascinó mirar el mar, según confesó.

De hecho, su color favorito era el azul, tono que identifica a su oficina y al salón más amplio del BNC, pero de simbolismo en la vida de Alicia puede hablarse muchísimo.

El más reciente tal vez surgió de imprevisto, el panteón familiar donde colocaron su ataúd tiene grabado el año de creación: 1948, el mismo en el que Alonso fundara la compañía de ballet, ahora Patrimonio Cultural de la Nación.

 

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