International Committee for Peace, Justice and Dignity for the Peoples.- Todos son jóvenes: la rapera Telmary Díaz, el artista visual Mario Fabelo y los protagonistas de este homenaje al Apóstol en el 125 aniversario de su caida en combate. Cada uno tiene su propio Martí...y a ti ¿cual te acompaña?.


Callada solemnidad y fuerza viva

Alejandra García Elizalde - Granma

El mausoleo que honra al Apóstol, en Santiago de Cuba, conserva el silencio solemne de la manigua, en las horas que siguieron a su muerte, el 19 de mayo de 1895. Hoy solo es interrumpido por los acordes de la elegía a José Martí, que compusiera el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque.

Sus restos son custodiados, sin descanso, por una guardia de honor; las flores blancas no faltan; la bandera cubana reposa en su tumba, y el sol cae todo sobre él, a lo largo del día.

Este espacio, uno de los más entrañables del cementerio Santa Ifigenia, a los pies de la Sierra Maestra, honra la vida y obra del más universal de los cubanos, en un silencio que asemeja al relatado por testigos de su muerte, y que historiadores y periodistas han contado por 125 años.

A solo unas horas de la muerte de Martí, «mandaba el silencio. Era como si todo hubiera acabado ahí mismo, como si la guerra no siguiera», recreó el periodista cubano Manuel Lagarde.

El Maestro había llegado a Dos Ríos unos días antes de que las balas alcanzaran su cuerpo. Allí estuvo en campamento mambí, tras jornadas de largas caminatas por el monte. A pesar de la menuda figura, sorprendió a sus compañeros por la destreza con que se desenvolvía en senderos abruptos, cargando su fusil y una mochila con pocas pertenencias.

«Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado, y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo. Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio», contó a sus compañeros de la emigración, en una carta escrita en campaña.

No era tan débil como se pensaba. Era un hombre vivo, que daba un brinco aquí y caía allá. Aguantaba como el que más y veía más que nadie. Era como si uno fuera ciego y el fuera el único que viera, relató Lagarde, al versionar el testimonio del dominicano Marcos del Rosario, amigo de Martí, quien le acompañara en los días de contienda.

Sus compañeros de lucha en la manigua no solo quedaron admirados por su fortaleza, también por su sensibilidad. Cuentan que, cuando se detenía la tropa rumbo a Dos Ríos, pasaba el tiempo en la escritura. Ponía dos o tres palabras sobre una hoja en blanco, y miraba al monte, para luego trazar otras letras en el papel.

A pesar de ser un hombre con grandes dolencias, «se mantuvo atendiendo a los heridos hasta la madrugada, trabajando incesantemente en la organización de la guerra recién nacida, y manteniendo correspondencia con el extranjero, todo en sus escasas horas de descanso», ha dicho el investigador Roberto Pérez Rivero.

El Héroe Nacional murió a orillas del río Contramaestre, entre el zumbido de los plomos del ejército español. «Los disparos dieron en el cuerpo del Maestro, la luz cenital lo bañó, soltó las bridas del corcel, y su cuerpo aflojado fue a yacer sobre la amada tierra cubana. De su revólver, atado al cuello por un cordón, no faltaba ni un cartucho», describió el profesor e historiador Rolando Rodríguez, sobre aquel 19 de mayo.

La descarga de fusiles enmudeció a la manigua. Hoy, la callada solemnidad de aquellos montes prevalece en su losa; pero en los pechos donde está Martí,  renace siempre, con la fuerza vital de la palabra bella, que puso a los hombres de rodillas por su Patria, y la acción que, ante la muerte, les hizo inclinar la frente.

 

Martí, siempre el líder, el Maestro, el Apóstol

Pedro Pablo Rodríguez - Granma

Seguramente  nadie pensó en la muerte en el campamento de  Dos Ríos aquella ajetreada mañana del 19 de mayo de 1895. Es probable que la noche antes Martí interrumpiera su carta a Manuel Mercado ante la llegada de Bartolomé Masó con su tropa de jinetes manzanilleros, quienes luego siguieron hacia el campamento de la Vuelta Grande para dar descanso a la caballería.

El encuentro con aquel patriota que, junto a dos de sus hermanos, había secundado a Céspedes el 10 de octubre, era imprescindible para la organización y dirección de la guerra, pues Masó, además de ser  el líder patriótico de su región natal, significaba la continuidad de la nueva contienda con la revolución iniciada en Yara, como escribiera semanas atrás Martí en el Manifiesto de Montecristi. Por eso, bien temprano, antes de dirigirse a La Vuelta Grande, el Maestro escribió el que sería su último texto: una nota a Máximo Gómez informándole del arribo de Masó. El General en Jefe se les une poco después del mediodía. Y mientras se prepara la comida Masó, Gómez y Martí hablaron a la tropa mambisa. Había exaltación patriótica, alegría, vivas a los jefes. Fue aquel el cuarto y último discurso mambí de Martí. Gómez lo relata así en su Diario de campaña: «Pasamos un rato de verdadero entusiasmo. Se arengó a la tropa y Martí habló con verdadero ardor y espíritu guerrero…». Casi que a su fin, se supo de la cercanía del enemigo y, en tropel exaltado, todos subieron a sus monturas para acometerle. El orador iba entre ellos.   

Durante aquellas semanas en el oriente cubano llegó a su máxima expresión el liderazgo martiano. Su camino hacia ello se había iniciado a su vuelta a Cuba en 1878, al entrar a conspirar contra el colonialismo y ser electo al año siguiente Vicepresidente de un Club Central Revolucionario en La Habana para dirigir la conspiración en la Isla. Al ser deportado a la metrópoli y escapar  para reunirse en 1880 con el general Calixto García en Nueva York, este reconoció sus  capacidades y al embarcar hacia Cuba lo dejó interinamente a la cabeza del  Comité Revolucionario que, desde esa ciudad, dirigía la Guerra Chiquita en curso.

Así se fue destacando el liderazgo martiano, el cual junto a sus condiciones como organizador y como movilizador con la pluma y la oratoria, iba elaborando y ofreciendo nuevas perspectivas en el combate contra el colonialismo. Desde entonces fijó dos bases esenciales: la nueva revolución no sería consecuencia de la cólera, sino de la reflexión, y el pueblo, «la masa dolorida», era el verdadero jefe de las revoluciones. Así, la pelea para la libertad debía obedecer a un plan, a un proyecto, a una organización, cuya base social serían las grandes mayorías populares.

Durante los años siguientes, a pesar de los varios fracasos  para reiniciar la pelea libertadora, Martí fue formando un activo grupo de seguidores en Nueva York y fue atrapando los corazones de la emigración en otros lugares de Estados Unidos, particularmente de los  trabajadores de la Florida. Al crear el Partido Revolucionario Cubano (prc) en 1892, su influencia se hizo sentir por las emigraciones en Centroamérica, las Antillas y hasta Europa.  

El secreto de su éxito unitario, que logró ir rompiendo las desconfianzas de los viejos jefes y personalidades, así como los celos personales y de grupos por localidades, sectores sociales y generaciones, descansa, precisamente, en valerse de una organización de la política moderna –el Partido– cuyas bases contaban con autonomía de actuación práctica, que elegían democráticamente su dirigencia sencilla y sin burocracia, y cuyas Bases establecían los elementos requeridos para una república de plena soberanía, de justicia social para el pueblo dolorido y de solidaridad con la independencia de Puerto Rico. 

Electo cada año como Delegado del PRC, Martí se convirtió en el líder de las emigraciones, cuya entrega y recursos financieros permitieron adquirir los recursos bélicos imprescindibles para acudir a la lucha armada, el único camino que dejaba el colonialismo español explotador de la Isla.

Las ideas martianas, expresadas en su periódico Patria, en sus numerosos discursos, en los documentos del Partido, en su voluminosa correspondencia, explican su ascenso como dirigente fuera de Cuba. Mas también fue, crecientemente, el líder de los involucrados en la conspiración dentro del país.

Su palabra en todos los ámbitos impulsó la guerra necesaria, de amor y no de odios, rápida como el rayo para evitar la injerencia de la potencia del norte; la guerra de espíritu republicano, ajena al caudillismo; la guerra que ofrecía la república con todos y para  el bien de todos, que abriría al país a toda la justicia para el negro, para el campesino, para el obrero, para el inmigrante español de trabajo; la guerra para empujar a la acción unida de los pueblos de nuestra América y para impedir de ese modo su dominación por los nacientes monopolios de Estados Unidos, la Roma americana, como él decía.

Su elocuencia fue fuerte y descarnada solo cuando le atacaron a la patria y a la dignidad del cubano. Nunca llegó al insulto, a la palabra soez,  al desplante o a la furia irracional. Combatió fieramente ideas, más que a personas. Convencía con sus palabras y con sus hechos. Manejó con honrada pulcritud los fondos de la revolución. Predicaba con el ejemplo  de su vida cotidiana tanto como con su palabra arrebatadora. Insistió en crear, en ser originales, en pensar en nuestros problemas y desde ellos, sin  desconocer al resto del mundo, pero adaptando lo válido de otros a nuestros requerimientos.

Tenía un alto sentido del deber y por eso reclamó que él debía venir a la guerra: era el compromiso del líder

con su pueblo, debía acompañar a los combatientes y garantizar que se mantuvieran y se practicaran los principios de la revolución para alcanzar que la colonia no perdurase en la república y evitar que sobre ese peligro se erigiera el mayor: la dominación de Estados Unidos. 

Lo dijo más de una vez: comenzada la guerra la dirección patriótica pasaría a residir en la Isla. Por ello desembarcó en Playita de Cajobabo el 11 de abril con aquel pequeño grupo, que bien pudo perecer ahogado y que marchó acosado por la persecución enemiga.

Y luego de reunirse con las tropas cubanas trabajó arduamente, tras agotadoras jornadas por montes y serranías: carta y todo tipo de documentos para organizar y disciplinar la guerra y unir en la idea de dar una institucionalización eficaz a la revolución, que dejase a un lado las divisiones del 68; conversaciones con jefes y oficiales, y con los soldados y los heridos para entender sus ideas y deseos, como un compañero más y como el líder que no se separaba de su pueblo.

Entre Martí y Gómez se estableció durante aquellas semanas un respeto y una admiración mutua. La decisión del General en Jefe de, en consejo de jefes, otorgarle a Martí el grado de mayor general le entregaba rango y voz entre los militares: ya Martí no solo era el Delegado del prc; su autoridad se aumentaba y se convertía así en un líder político y militar. Y los mambises que le escucharon y le vitorearon en las cuatro ocasiones en que habló en  los  campamentos demostraron de ese modo cómo le admitían en su nueva condición de conductor de su pueblo todo, ya no solo de la emigración. Por eso en varias ocasiones le llamaron presidente al escucharle. 

Ya días antes de su partida hacia la patria, en carta de despedida a su amigo dominicano Federico Henríquez  y Carvajal, el 25 de marzo, afirmó: «Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar. Para mí la patria no será nunca triunfo, sino agonía y deber».

Aquel que expresó entonces acertadamente su comprensión del deber impuesto por su condición de Delegado, fue la misma persona que en el campamento de Dos Ríos, tras declarar a Manuel Mercado su gran objetivo antimperialista, le señala meridianamente su responsabilidad: «Por acá, yo hago mi deber».

Aquel 19 de mayo el mambí José Martí fue a pelear, revólver en mano, consecuentemente con la arenga, que momentos antes había entregado a aquella tropa. No fue aquel un acto irresponsable ni, mucho menos, suicida: el jefe militar, el Delegado, el líder, el mambí, partió a cumplir su deber en Dos Ríos. Por eso es y será el Maestro y Apóstol, es decir, el que enseña, el que explica, el que guía.

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