Guille Vilar - Cubadebate.- Para nadie es noticia que la década del setenta del pasado siglo, está considerada como el reservorio dorado de la nostalgia por evocar emblemáticas piezas de intérpretes de la Nueva Trova. Es la época en que son grabados por Silvio Rodríguez clásicos como El Mayor y Santiago de Chile a la vez que Pablo Milanés aporta lo suyo con Años y Yo no te pido, piezas inolvidables de nuestra memoria afectiva. Precisamente de estos tiempos es el disco Poemas de José Martí cantados por Amaury Pérez, obra realizada conjuntamente por Casa de Las Américas y la EGREM en 1978.


Si dicha línea temática ya había sido abordada previamente por los trovadores Sara González y Pablo Milanés en sus respectivas propuestas discográficas, la de Amaury Pérez, desde su salida al mercado, llama poderosamente la atención por el encanto que la personaliza, hechizo que se ha incrementado en el transcurso del tiempo. Quizás esto se deba al acertado tratamiento de las orquestaciones al igual que por la cálida y agradable manifestación de semejante poética en la voz de Amaury, pero el caso es que estamos ante una inestimable joya patrimonial de nuestra cultura. Si esta afirmación resulta aceptable es porque además de los validados presupuestos estéticos del fonograma en cuestión, su trascendencia tiene que ver con fundamentos del legado martiano estrechamente imbricados en la estirpe del cubano de ley.

No recuerdo proyecto cultural alguno relacionado con la vida y obra del Apóstol que no se encuentre motivado por esta pasión, en la reverencia de la nación ante su héroe mayor. Dada la magnitud de esa intensa veneración, canciones que conforman el disco, han calado en lo más hondo de la sensibilidad popular del mismo modo que ha sucedido con sus éxitos de Vuela pena y Acuérdate de Abril, entre tantos otros. Incluso, el alcance de la majestuosidad presente en estos poemas de Martí musicalizados por Amaury, específicamente en los casos de Carmen y Magdalena determina que, debido a la sensible capacidad selectiva del cubano, tales temas se perciban al mismo nivel de legitimidad de obras maestras, tanto de Silvio Rodríguez como de Pablo Milanés.

Si esta suerte de satisfacción suprema le hubiera sucedido a otro tipo de artista, es probable que se limitara a vivir orgulloso del reconocimiento social por una encomienda fonográfica que ha hecho historia en la música contemporánea de nuestro país. Sin embargo, como se trata del martiano raigal de Amaury Pérez, ha presentado al cabo de 42 años de la aparición del mencionado disco, un remake del mismo con el cd Martí en Amaury, edición especial conmemorativa que se distingue por la decisiva participación de jóvenes músicos de estas primeras décadas del siglo.

Realizado con la Egrem, como homenaje al Aniversario 125 de la caída en combate del Apóstol, en realidad se trata del tributo magnificado a la esencia del ser humano que habita en José Martí. En tal sentido, Amaury profesa aquellos sentimientos de generosidad, al hacer realidad la reflexión martiana de que “…cuando mucha gente se reúne a sentir bien, la intensidad de la nobleza en las almas parece traducirse fuera de ellas en intensidad de hermosura y de luz”.

Nada más parecido a dicho estado de ánimo que el conmovedor aliento que matiza las obras aquí grabadas por los once interpretes escogidos.

En los discos colectivos al igual que en las películas, la garantía del desarrollo de una eficaz dramaturgia, depende de un ajustado casting y en el complejo creativo del cd Martí en Amaury, la asignación personal de cada canción, sencillamente ha sido de una coherencia insuperable. Si para el Maestro “…la luz es una especie de espíritu que brota del sol en el cielo, y de las mujeres en la tierra”, sus primeros destellos nos deslumbran en la pieza Abril, poema musicalizado por Miguel Porcel, que en esta ocasión es enaltecido por una cantante dueña del don de convertir sus interpretaciones en aposentos del corazón: Ivette Cepeda. No obstante, nunca será suficiente reiterar que nos enfrentamos a una obra discográfica de singular connotación, por el compromiso moral de sus participantes a rendir el máximo de sus habilidades profesionales. Gracias a la voluntad creativa de Amaury Pérez, este disco representa una suerte de fresco con referentes musicales diversos, empeñados en apropiarse del espíritu de estos versos bajo la profunda convicción de que es un momento para ser sentido. De ello da fe la pieza Rosario, ante el sutil estremecimiento de un experimentado David Blanco, que ha interiorizado el apasionado amor de Martí por Rosario de la Peña, la mujer a quien en una carta le confiesa que …

“me parece que voy a hallar un alma clara, pudorosa, entusiasta leal, con todas las ternuras de mujer y toda la alteza de mujer mía”, mientras que Leonardo García en Mucho señora daría, recoge con la mayor distinción, un refinado rasgo del erotismo martiano, que coincide con la opinión expresada en una oportunidad de que “…no hay regalo mayor para los ojos de los hombres que una cabeza femenina sin más adorno que su propio pelo”.

Entre los logros de esta renovada epopeya del amor en Martí emprendida por Amaury, que como es ya habitual en sus trabajos discográficos se hace acompañar de la dirección musical del profesional Juan Manuel Ceruto, encontramos que han sido capaces de extraer fibras tensadas de emoción por la lírica martiana y su respectiva musicalización, pero desde los propios modos de decir de cada cual. Por ejemplo, es tal el grado de autenticidad desplegado por Eduardo Sosa en la emotiva pieza Magdalena, que nos hace sentir sumamente reconfortados de que la aplaudida pieza original de hace más de cuarenta años, ya pueda tener a su lado otra versión igualmente digna.

A su vez para Martí, Carmen es la imagen de la esposa amada, la mujer que le arranca “…los más ardientes, y arrebatados y centelleantes cantos a mi espíritu”, por lo que esta indudable carta de triunfo en Carmen, aparece bordada por Buena Fe dentro de los códigos del sello que ha puesto de relieve una de las sonoridades más aclamadas en la música cubana actual. Sin embargo, de nuestros saxofonistas de altura sobresale César López, quien tiene a su cargo la interpretación de la pieza A Enrique Guasp de Peris. Se le ha ofrecido un poema francamente desolador de entre los que conforman el disco, revitalizado espléndidamente al cantar César desde la abrumadora tristeza que sintiera Martí en el momento de escribir tales versos.

Alguien renovador de nuestras añoranzas musicales como Raúl Torres, al escoger el poema La vi ayer, la vi hoy, nos envuelve en esa galantería inherente a la delicadeza de una perspectiva martiana, donde “…la mujer, reconoce, no es como nosotros, sino como una flor, y hay que tratarla así, con mucho cuidado y cariño, porque si la tratan mal, se muere pronto, lo mismo que las flores”. De cuánto regocijo nos colma el cd Martí en Amaury por el hecho de escuchar en esta cuerda el canto de jóvenes de gran impacto mediático, como sucede con Mauricio Figueiral, Adrián Berazaín y Annie Garcés, respectivamente.

De Figueiral y Berazaín, estos han unido voluntades y talento para configurar en la pieza Dolora Griega, una convincente recreación del precepto martiano de que lo importante “…en poesía es sentir, parézcase o no a lo que haya hecho otro”, gracia que es enriquecida por la emotiva atmósfera de la flautista Niurka González. Y si para el Apóstol, “…la belleza en lo que nos rodea, ayuda a la vida”, entonces a Annie Garcés en Cartas de España tenemos que agradecerle su interpretación por permitirnos aquilatar un sentido al intento de “…hallar algo bello, y hallamos algo de nosotros mismos”.

Como es usual en las producciones discográficas de estos tiempos, al Amaury acceder a la cortesía de un bonus track para esta edición, añade al conjunto de la obra el detalle de un gusto exquisito por el arreglo de la pieza Enma, en la cual el inspirado Daniel Torres, nos hace compartir con Martí un aspecto decisivo de la capacidad de seducción femenina cuando este advierte: “¡Miradas de mujer, premio gratísimo!” Y para el resumen de maravillas del verso convertido en melodías, donde el verbo de Martí ha demostrado que “la canción embriaga, como el vino”, entonces la gota que derrama dicha copa, es “una mujer que hace versos con solo ser mujer”.

Hablamos de Luna Manzanares, una soberbia cantante venida de ignotos parajes como para asombrarnos por su excepcional interpretación de Je veux vous dire y dejarnos sin palabras.

En pocas ocasiones he tenido la posibilidad de degustar tanto un disco donde el peso de la responsabilidad social que implica acercarse a la obra martiana, es complementado por la certeza de haberse logrado una manifestación artística con plena vigencia entre los parámetros de la contemporaneidad. Estoy seguro que después de haberlo escuchado varias veces, entonces usted se dará cuenta de que el nombre de Martí en Amaury también quiere decir Martí en Nosotros.

(Tomado de la Jiribilla)

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