Oni Acosta - La Jiribilla.- Cuando hace pocos días el programa de TV La pupila asombrada nos regalaba una interpretación de la Sonora Matancera, quizás pocos imaginaban el debate que vendría después.


El tema, del cual no quedó constancia fílmica pero sí formó parte del ambiente musical de la época, fue dedicado al campesino cubano y a los nuevos cambios que en la joven Revolución de 1959 tuvieron como centro la Ley de Reforma Agraria. En primer lugar, debiéramos diseccionar el hecho musical para, desde el arte y el análisis serio, tener una mejor apreciación de la música cubana en esos años y quizás entender mejor la polémica en torno a la cantante de dicha orquesta, Celia Cruz.

En aquellos años, la Sonora Matancera era una de las más reconocidas orquestas cubanas con una gran popularidad nacional e internacional, y bastaba su nombre para tener una personalidad propia y no compartida. Es decir, que todo lo que acontezca de esa etapa en dicha orquesta no puede entenderse como la proyección individual de la cantante, pues su lanzamiento como figura y carrera propias vendría años más tarde. Claro, Celia ya en etapa de la Sonora era muy seguida y prometía ser también una de las grandes de nuestra música por su voz, su carisma y su desenfado escénico, lo cual era solo cuestión de tiempo que se concretara. Lo mismo ocurriría con Elena Burke, Moraima Secada u Omara Portuondo quienes, aún desde fases tempranas en sus carreras (Tropicana, Cuarteto de Orlando de la Rosa, Las D´ Aida, etc.), ya irradiaban el talento y la capacidad de llegar a ser grandes voces y artistas, sin necesidad de mantenerse atadas a un proyecto en colectivo.

Celia Cruz siempre fue una cantante que no renegó de sus raíces, es cierto, pero sí tomó un camino político controversial que atentaba contra los suyos, al estar vinculada a organizaciones que propiciaron acciones armadas contra su país, lamentablemente. Eso la hizo una artista seguida por unos y detestada por otros, pero hay una cierta dicotomía en ese discurso público que mantuvo por años.

“En aquellos años, la Sonora Matancera era una de las más reconocidas orquestas cubanas con una gran popularidad nacional e internacional, y bastaba su nombre para tener una personalidad propia y no compartida”. Fotos: Internet
 

Durante mi carrera, he preguntado y conversado con muchísimos músicos cubanos de diversas expresiones políticas, y con Celia sucedía algo curioso: nunca dejó de compartir o de coincidir con artistas de este lado. En su carrera existen fotos y testimonios de músicos que compartieron con ella, y donde no importaba el credo ideológico para establecer un diálogo o pedirle una foto, autógrafo o compartir escenario. Contrario a lo que públicamente fue usado como bandera del exilio más recalcitrante y retrógrado, Celia nunca suspendió o condicionó ninguna presentación suya si en ella participaba algún artista de acá, y nunca negó el saludo o el consejo oportuno a quien se lo pidiera, aun viniendo de Cuba. Una posible y lógica respuesta a eso pudiéramos encontrarla en un acercamiento que hace pocos días publicara el sitio CubaSí, donde se exponen despachos de prensa sobre chantajes del FBI y la CIA a la cantante, a raíz de documentos desclasificados. Se supo hace pocos años que a Celia no le otorgaban residencia en Estados Unidos por su simpatía (así como la de muchísimos artistas cubanos) hacia el Partido Socialista Popular. Quien quiera comprobarlo bien puede googlear sobre el tema y encontrará interesantes datos.

Ahora bien, es curioso constatar que ya desde aquella época la extorsión y la maquinaria feroz se pusieran en función del tema anticubano a través de nuestros artistas, con la premisa de borrar todo un pasado glorioso y espléndido en Cuba, a cambio del perdón u oportunidades migratorias y laborales. Así ha ocurrido desde entonces y hasta hoy, e incluso se ha involucrado a otros artistas como Andy Montañez, cuando en su Borinquén querido tuvo la osadía de abrazar a Silvio y le cancelaron contratos y presentaciones por su gesto.

En todos estos años disímiles artistas cubanos han vivido episodios de toda índole que van desde cancelaciones de conciertos, quemas de discos y llamados a boicots en Miami por grupos de esa parte del exilio más radical que no acepta la diversidad ni la reconciliación con su cultura. Recordemos a los Van Van, Rosita Fornés, Tony Avila, Buena Fe, Jacob Forever o GDZ. Precisamente a estos últimos, radicados en Miami, les han hecho una sucia campaña para retirarles su residencia (o green card como le llaman), y fueron excluidos de un promocionado concierto de fin de año donde actuarían otros artistas de Miami, incluyendo a Pitbull. Este último tuvo la valentía de enviarle un mensaje conciliador al popular dúo, pero debió retractarse en público días después, ante las presiones y mensajes de odio que recibió.

Contrario a lo que públicamente fue usado como bandera del exilio más recalcitrante y retrógrado, Celia nunca suspendió o condicionó ninguna presentación suya si en ella participaba algún artista de acá, y nunca negó el saludo o el consejo oportuno a quien se lo pidiera, aun viniendo de Cuba.
 

La cantante Haila fue objeto de un feroz linchamiento mediático y musical hace poco tiempo; así como el humorista Juan Karlos el Gordo, quien fuera asediado de manera inusual solo para satisfacer mezquinos deseos de rating de un youtuber cubano.

El propósito de esa maquinaria devoradora es uno: condicionar artísticamente a quienes vivan o deseen presentarse en Miami, debiendo erradicar por completo su vínculo con el país que les vio nacer. Ahora bien, ¿cómo ha pagado Roma a quienes paga y desprecia? Si hacemos un breve repaso por la carrera de nuestros paisanos en ese virulento entorno, encontraremos un singular escenario. Quienes hicieron cine, teatro y TV acá, ya no recuerdan qué se siente estar en una sala de teatro o en una telenovela y han quedado para papeluchos de poca monta en shows de TV mediocres o cabaretuchos sin gloria. Varios ejemplos sobresalen: Orlando Casín, Reynaldo Miravalles y Susana Pérez, a quienes recordaremos no por su anulación artística en Miami sino por el buen desempeño de sus carreras en Cuba.

Pero volviendo a Celia, figura cuya música brilló sin duda alguna, pregunto: ¿habría sido lo mismo en un entorno completivamente equilibrado? ¿Qué hubiese sucedido si Celeste Mendoza, Freddy o la Lupe hubieran disfrutado de las mismas herramientas promocionales que Celia? No cuestiono talentos ni comparo (miope de espíritu y alma sería si así lo hiciera), solo planteo el escenario utópico y elíptico de otro posible contexto musical y mercantil. Tal vez sin esos mecanismos de promoción y accesos a mercados que estuvieron —y están— vetados para los artistas que optaron por quedarse acá, Celia habría sido una artista contraria a la Revolución, pero sin tomar una posición radical contra ella. El mundo solo conoció una parte de nuestra música a través de Celia, es cierto, pero recordemos que no fue hasta 1997, gracias a Buena Vista Social Club, que descubrirían que el gran mito de que “el Son se fue de Cuba” no pasaba de ser un eslogan publicitario.

Celia no simpatizaba con la Revolución, no es un secreto, pero la pregunta es qué habría pasado con ella y su música si hubiera apostado por otro discurso ideológico, desaprovechando la oportunidad que le ofrecían los mercaderes del mal para despotricar de la Revolución, a cambio de su promoción a gran escala. Quizás la mejor manera de entender su dualidad en ese sentido sea preguntarse por qué, y a pesar de todo, vivió en Nueva York y no en Miami.

 

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