Noel Domínguez - Jorge Petinaud Martínez - Prensa Latina.- Vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) y titular de la Comisión José Antonio Aponte de esa organización para la lucha contra el racismo y la discriminación racial, Pedro de La Hoz es uno de los más reconocidos periodistas y críticos culturales cubanos.


A propósito del aniversario 60 de la fundación de esa organización no gubernamental (22 de agosto de 1961), reconocida como la vanguardia artística y de la intelectualidad en el país, el también autor de unos 10 libros dialogó en exclusiva con Cuba Internacional acerca de diversos temas de la actualidad.

CI: Hablando en términos metafóricos, la Uneac surgió cuando todavía se escuchaban los ecos de los cañonazos en los combates de Playa Girón. Seis décadas después de la primera gran derrota de Estados Unidos en América Latina y el Caribe, la vanguardia de los artistas e intelectuales cubanos celebra su aniversario 60 en un contexto de verdadera guerra cultural contra Cuba. ¿Cómo usted interpreta esta realidad?

-En efecto, la Uneac nació en medio del fuego. El 14 de abril, el poeta Pablo Armando Fernández recibió, por parte de un emisario del Che, las llaves de la casona de 17 y H, antigua mansión de un banquero al servicio de la oligarquía barrida del poder por la Revolución.

Esa es la sede nacional de la organización que se fundaría el 22 de agosto en un congreso que debió realizase semanas antes. Pero vinieron los combates victoriosos de Girón y la proclamación del carácter socialista de la Revolución cubana y una agitación tremenda en los círculos intelectuales.

Escritores y artistas durante tres sábados de junio se reunieron con parte de la dirección del Gobierno en la Biblioteca Nacional, al último encuentro, el día 30 acudió Fidel, quien se dirigió a la audiencia con un discurso conocido como Palabras a los Intelectuales. Socialismo para muchos de los reunidos era un concepto que traía consigo dudas acerca de la libertad de creación y la evaluación política del arte.

La experiencia soviética y del realismo socialista no era muy edificante que digamos. Fidel fue claro: la Revolución se hacía para ampliar las márgenes de la cultura, para democratizar la cultura, para que todo escritor y artista honesto, no solo los comprometidos entrañablemente con la Revolución, sino todos participaran, salvo los incorregiblemente contrarrevolucionarios.

Desde entonces, la política cultural se ha basado en el diálogo y el establecimiento de fluidos vasos comunicantes entre la vanguardia artística e intelectual y la vanguardia política. Hablo de comunicación, no de subordinación, de complementación y entendimiento y no de genuflexión y obsecuencia.

Eso es algo que pretende ser escamoteado por quienes se empeñan en destruir la Cuba que libremente estamos construyendo, una Cuba donde los valores identitarios y solidarios prevalecen y a la que se quieren imponer pautas ajenas.

Es parte de la guerra que se nos hace, que abarca desde los símbolos hasta la deslegitimación de lo que somos y queremos ser. En eso estamos al cumplir 60 años de la fundación de la Uneac.

CI: ¿Por qué, sin abandonar líneas de ataques como el recrudecimiento del bloqueo y las difamaciones y falsas noticias sobre la realidad de Cuba, los enemigos de la Revolución dirigen sus lanzas y espadas fundamentalmente contra el sector de la cultura?

-Un funcionario político que demostró tener los pies de barro alguna vez se refirió a los artistas e intelectuales como las partes blandas de la sociedad. Así piensan también nuestros adversarios y sus acólitos. La cultura es elemento clave de la subjetividad; genera y promueve emociones, sentimientos y convicciones. Si leemos los manuales que los militares y los servicios de inteligencia de Estados Unidos han escrito para fomentar la subversión fuera de sus fronteras, se advierte que la vida cultural es uno de sus blancos predilectos.

CI: A su modo de ver, ¿cuáles son los retos más importantes de la Uneac a seis décadas de su fundación?

-Habrá que avanzar de manera articulada en la promoción y análisis de las tendencias estéticas en la creación –saber qué se escribe, se compone, se representa en la escena y en las artes visuales- y en la proyección social de la creación.

Tendrá que ser mucho más profundo y fecundo el diálogo con las instituciones culturales a lo largo y ancho del país. Y prestar más atención a las nuevas hornadas de artistas y escritores y al diálogo intergeneracional.

CI: Al frente de la Comisión Aponte de la Uneac, usted ha desarrollado una encomiable labor en el enfrentamiento al racismo y la discriminación racial. Si la Revolución eliminó legalmente ese flagelo desde su llegada al poder en 1959, ¿Por qué piensa usted que subsiste este mal en la Cuba del siglo XXI?

-El racismo como teoría supone la superioridad biológica, intelectual y estética de una raza sobre otras. Desmontado el concepto de razas en la especie humana, esa teoría no debía existir y en el caso cubano aún menos, al comprobarse el mestizaje genético.

Pero ese fenómeno inexistente en lo biológico, persiste como construcción cultural. Al poder revolucionario instaurado le ha resultado difícil barrerlo solo con voluntad estatal, políticas públicas de equidad y acciones afirmativas, borrar el racismo estructural e institucional que existió durante la colonia y la república neocolonial.

El propio líder histórico de la Revolución en el imprescindible libro Cien horas con Fidel, confesó a Ignacio Ramonet que éramos entonces lo suficientemente ingenuos como para creer que establecer la igualdad total y absoluta ante la ley ponía fin a la discriminación. Y se refirió a dos, la subjetiva y la objetiva.

Al respecto recordó que la Revolución, más allá de los derechos y garantías alcanzados para todos los ciudadanos de cualquier etnia y origen, no había logrado el mismo éxito en la lucha por erradicar las diferencias en el status social y económico de la población negra del país.

Los negros no viven en las mejores casas, se les ve todavía desempeñando trabajos duros y a veces menos remunerados, y son menos los que reciben remesas familiares en moneda libremente convertible que sus compatriotas blancos. Pero la subjetividad es la que mayor peso tiene; transformarla es parte de nuestra misión, porque el socialismo, por esencia, tiene que ser antirracista.

CI: Si en Cuba no existen rodillas que priven de la vida en la vía pública a ciudadanos negros, ¿cómo es posible que el racismo y la discriminación racial sean parte del arsenal con que los enemigos del socialismo cubano lo atacan? ¿Qué argumentos expondría usted para desmentir tales agresiones promovidas por quienes pretenden provocar el derrocamiento del sistema político respaldado en un referendo constitucional por el 86,85 por ciento de los cubanos?

-La existencia del Programa Nacional contra el Racismo y la Discriminación Racial es un hecho indiscutible e irreversible contra el que se estrellan todos los intentos de manipulación del tema.

Desde su aprobación, en noviembre de 2019, el Programa ha definido una proyección para el abordaje de un problema que, solo desde la integralidad de sus propuestas y la responsabilidad compartida de todos los implicados, podrá erradicarse.

Destaca, en primerísimo lugar, la voluntad política de la dirección del país. La comisión gubernamental que dirige el programa está encabezada por el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, y a ella tributan 18 organismos estatales e igual número de organizaciones de la sociedad civil.

En la coordinación directa de las acciones intervienen los Ministerios de Cultura, de Relaciones Exteriores y de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, así como la Uneac. Estamos en mejores condiciones que nunca para erradicar un viejo problema.

Conciencia y acción se acompasan. Comparto con el mandatario Díaz-Canel la idea de que educar no es imponer, sino argumentar, razonar e inculcar valores; tampoco se deben asumir las tareas como una campaña, sino desde el compromiso permanente, la constancia y la integralidad; por ello se ha convocado a todos los saberes y las experiencias para la concepción y ejecución de un programa esencial para el completamiento de los ideales de justicia y equidad de la Revolución.

(Tomado de Cuba Internacional 472)

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