Alina Martínez Triay - Mujeres.- “Me siento muy feliz, soy una mujer realizada”, expresa con desenvoltura esta anciana  menuda y sonriente, quien próxima a cumplir 99 años sorprende por la energía que emana de su frágil apariencia.

“Cuando el año pasado Salvador habló de celebrar en grande el aniversario 70 de la CTC, me dije: voy a cuidarme como gallina fina para estar presente y les pedí a los médicos que se esmeraran para que yo pudiera llegar al 28 de enero”. Y es que a Rafaela Batista le cabe el honor de ser la única sobreviviente femenina del congreso de fundación de la organización sindical, creada en esa misma fecha en 1939.


Sus ojos brillan al recordar el ambiente de tremendo entusiasmo que reinaba entre los delegados que como ella ocuparon durante los días del congreso un asiento en el actual Gran Teatro de La Habana: “Fue un triunfo grandísimo, estábamos muy emocionados, la gente no cupo en el local, muchos se quedaron afuera”. Y como muestra de que sigue sintiéndose parte de la CTC, señala hacia un gran búcaro repleto de gladiolos colocado en la sala de su casa de las Alturas de Belén, en el barrio capitalino de Marianao: “Me los trajeron ayer, son 70 —y subraya la cifra como quien revela una travesura— ¿qué te parece?”

Fue dirigente sindical de base, en la fábrica de chocolates Armada, de Guanabacoa, donde laboraba: “todo el mundo me quería, siempre defendía a mis compañeros, era muy activa”.

La remembranza transforma los gestos pausados con los que comenzó el diálogo en ademanes enérgicos, como si volviera a vivir aquellos tiempos juveniles de los que guarda también la satisfacción de haber participado en la primera celebración, en 1931, del Día Internacional de la Mujer, en plena dictadura machadista. “Nos reunimos en el Centro Obrero de Revillagigedo número 8, desde temprano la policía estaba dando vueltas por los alrededores, terminó desalojándonos del local pero no pudieron impedir que celebráramos la fecha”, y lo enfatiza con un dedo levantado como si acabara de protagonizar el desafío.

No falta en sus evocaciones el padre mambí que a pesar de ser el cabeza de una familia numerosa —ocho hijos de los cuales Rafaela fue la tercera— y vivir con otros parientes, acogió siempre en su casa a las personas necesitadas: “Había mucha hambre y miseria, el desahucio estaba a la orden del día, cuando la gente enfermaba se le hacía muy difícil acceder a los  hospitales, teníamos un amigo que se costeaba los estudios de medicina vendiendo a domicilio artículos del hogar, y un día que vino a mi casa, al sentarse en un sillón notamos que tenía destrozadas las suelas de los zapatos”.

Se indigna todavía al recordar los tiempos en que la camarilla mujalista que usurpaba el poder en la CTC se enriquecía a costa de la cuota sindical obligatoria y revive la rebeldía de aquellos primeros de mayo celebrados en pequeños grupos, que terminaban “a piedra limpia y a correr” para evitar que los apresaran.

Su voz se dulcifica al hablar de figuras que le fueron muy entrañables, como la luchadora comunista, sindical y por los derechos de la mujer Nila Ortega, “una verdadera hermana para mí”; Blas Roca, “gran dirigente y hombre muy sencillo”; Lázaro Peña, “que atendía a todos, y el confundido que acudía a él siempre se iba contento y convencido”, entre tantos otros que conoció de cerca y aprendió a admirar por su entrega a los trabajadores.

Permaneció en la fábrica hasta comienzos de la década de los 60 del pasado siglo, en que se jubiló. Se convirtió entonces en activista de las organizaciones de masas pero no perdió el vínculo con su querida CTC. Durante todos estos años ha atesorado diversas condecoraciones aunque en las ocasiones importantes prefiere lucir sobre su pecho la Orden Lázaro Peña de primer grado.

Una de sus mayores satisfacciones es poder estar cada año en el acto de la Plaza de la Revolución por el Primero de Mayo, y menciona, divertida, que en la celebración del 2008 cuando se dirigía a la tribuna caminando acompañada de su sobrina, un patrullero se brindó a ayudarla a completar el trayecto.

“En mi vida he hecho lo que he querido”—declara satisfecha, a lo que la sobrina agrega: “y todavía da órdenes”. Rechaza el bastón porque la hace sentirse vieja, se levanta temprano, calienta la comida que ella le deja preparada antes de irse al trabajo y lava alguna que otra pieza personal, no se pierde la Mesa Redonda y lee diariamente el periódico. Al despedirnos   nos invita a repetir la visita con la tentadora promesa de prepararnos un flan.

Y no tiene motivos para preocuparse, porque como en aquel 28 de enero de 1939, en este aniversario 70 de la CTC y en todos los que están por venir estará presente la figura menuda y entusiasta de Rafaela Batista.

Fuente: Trabajadores

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