Inalvis Rodríguez, asesora cubana en Género y Desarrollo


Cubainformación.- Trabajas, en Cuba, como asesora de “género en el desarrollo”. ¿Por qué ambos conceptos van unidos?
- Lo que quiere decir “género en el desarrollo” es que toda política, toda acción, toda estrategia, todo proyecto de desarrollo debe tener una mirada de equidad, de igualdad entre las mujeres y los hombres. Esto es clave para el desarrollo. Podemos alcanzar buenos indicadores en lo económico o lo social, pero este éxito no es completo si no se tiene en cuenta la perspectiva de género. Se dice –y hay consenso político y en parte también social– que debe existir una mirada de género, de inclusividad, de participación, de contemplar a hombres y mujeres desde sus diferencias, necesidades, roles, identidades, desde construcciones que son socioculturales, históricas y simbólicas.

Texto publicado en Cubainformación revista. Primavera 2010

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- Las mujeres son invisibilizadas, pero curiosamente son las mayores beneficiarias de los proyectos de cooperación para el desarrollo, ya que, estadísticas en mano, son más pobres y con menos acceso a la educación y a los recursos, a la propiedad y a la riqueza.
- Son trampas de un cierto concepto de cooperación al desarrollo, en el que son vistas como beneficiarias, pero sin ser protagonistas ni corresponsables de ese desarrollo. ¿Cuáles son las necesidades estratégicas de género? Las que mueven las desigualdades entre los hombres y las mujeres. Porque no todas las mujeres compartimos los mismos espacios de poder o de igualdad. Por eso, la gran mayoría de los proyectos tienen como beneficiarias a las mujeres, pero no son proyectos que contribuyan a la igualdad. Por eso es tan clave el género en el desarrollo.


- Cuba tiene particularidades a la hora de llevar a cabo proyectos de cooperación, por su propio sistema político, una Revolución que ha conformado el país de forma diferente a otros países de América Latina y del Tercer Mundo. ¿Qué peculiaridades tiene, en Cuba, el trabajo de género en el desarrollo?
- Existen proyectos inclusivos que empoderan a las mujeres, además de ser beneficiarias, y que propician el cambio a tres niveles: el nivel social, en el que Cuba muestra grandes avances, y así te lo muestran las estadísticas; el nivel más grupal, donde también se dan estos avances; y el nivel familiar, íntimo, personal, donde tenemos las principales brechas. Hablamos de la “supermujer”, y no estoy ironizando. Ya no es la mujer tradicional, es la mujer con un trabajo asalariado reconocido, un prestigio social importante, una autorrealización profesional bien valorada, y sin embargo a nivel personal todavía siente importantes culpas y que no ha alcanzado la plena igualdad. Un proyecto que tenga esto en cuenta puede ser bueno, aunque no trabaje con los hombres.


- Seguimos separando el ámbito público del privado, ¿Cuba también responde a ese patrón de otros países?
- Sí, de hecho, allá se habla de “machismo erosionado”, le hemos puesto a esto muchos nombres. Cincuenta años de Revolución es mucho, y a su vez 50 años no es nada para los cambios en la subjetividad, no es casi ni una generación. Se construyen las relaciones de género en la familia –el campo de mayor resistencia al cambio– pero tambien en la escuela y, muy importante, a través de los medios de comunicación, donde, en nuestro país, si bien muestran avances en alguna presentación de una imagen no reduccionista de la mujer, también muestran roles tradicionales y numerosos estereotipos. Es una problemática de Cuba y de toda Latinoamérica.


- ¿Cómo es la experiencia en Cuba en la incorporación de la perspectiva de género en los proyectos de cooperación al desarrollo?
- Es importante partir de la propia vivencia. Llevamos a cabo talleres de sensibilización y capacitación en género, donde es interesante la participación de los hombres de las comunidades participantes en los proyectos. Se interesan y participan pero, de ahí al salto de aceptar los cambios en la toma de decisiones y en tomar partido para el cambio, hay un largo camino y existen diferencias entre hombres. Una de las categorías que más trabajamos dentro de género en el desarrollo es la categoría de poder, que no necesariamente tiene que ser vertical. Puede ser un poder equilibrado, un poder de corresponsabilidad.


- Has trabajado en varios organismos y con varias ONGDs en labores de asesoramiento.
- Te puedo hablar de proyectos concretos dentro del Programa de Desarrollo Humano Local (PDHL) de Naciones Unidas, donde la apuesta es por el desarrollo con perspectiva de género, y donde al inicio no teníamos la participación de hombres. Al hablar de género, también en Cuba, hemos pasado por lo mismo que todos los países latinoamericanos. ¿A quién interesa el género? A las mujeres. Si se organiza, por ejemplo, una charla sobre género, y hay diez hombres y una mujer en el grupo, envían a la mujer. Entonces dijimos que no, que no debía ser así, que debían ir quienes tomaban las decisiones, y como los hombres eran quienes estaban tomando las decisiones (en las empresas, en la educación, en la salud o la agricultura), entonces los hombres iban, y desde esa perspectiva sí son proclives al género. Pero todo cambio cuesta.


- Habrá diferencias en la actitud de unos hombres y de otros.
- Sí, pero hay avances, es un proceso. A mí no me asusta que hablen  de cuotas, siempre que no se queden en eso, tienen que asumir que la mirada va a ser diferente. En este proyecto concreto ya lo saben, les convenga o no, estén o no de acuerdo totalmente, pero van cambiando sus “espejuelos [gafas] de género”. Un ejemplo reciente. Estábamos identificando recursos para propiciar nuevas fuentes de empleo para mujeres en un territorio donde aún no existía círculo infantil [guardería]. Un hombre propone: “yo puedo llevar a la casa una máquinas de coser, para que así ella pueda trabajar desde casa y, como no hay círculo infantil, pueda cuidar al niño”. Ese hombre no había pasado por el taller de género, evidentemente. Pero otro compañero le dice: “es mejor buscar a alguien que cuide a ese niño porque, al final, la mujer va a sumar, a la responsabilidad del niño, la responsabilidad de rendir con la máquina. Le vamos a dar la máquina y finalmente va a trabajar una cuarta jornada”. Ése es un hombre que sí ha cambiado su mirada. Claro que con eso no nos conformamos. Pero son pequeños pasos.


- Esa doble, triple y hasta cuádruple jornada de que hablas parece la asignatura pendiente. Es cierto que las cifras en cuanto a presencia de mujeres en la universidad, en puestos técnicos, o en cargos de responsabilidad son espectaculares en Cuba. Pero ¿cuántos hombres asumen sus cargas familiares?
- Hay que hacer algo más para que los hombres se involucren más en esa paternidad responsable, para que asuman también la educación de los hijos e hijas, que no son solo de la mujer, y para que participen en ese desarrollo distinto. Hay pasitos de avance, y el diálogo está. Lo que no quiere decir que sea en todos los proyectos, hay obstáculos y los seguirá habiendo. Es algo de mucha constancia, porque hay espacios donde vemos retrocesos, donde se cuelan pequeños rezados del pasado o asignaturas que pensábamos aprobadas. Como en todo cambio sociocultural. Pero tenemos claro que esa es la apuesta, y el porqué del género en el desarrollo.
En este sentido, el trabajo con los medios de comunicación en Cuba es muy importante, ya que son un gran aliado en todos los proyectos. Tratamos de que todos los proyectos de desarrollo tengan una relación vinculante con alguno de los medios, sea nacional, provincial o local. Y si no es exactamente con un medio de comunicación, siempre con alguna propuesta de registro y documentación de lo trabajado.
No es que todo esto haya empezado ahora en Cuba, siempre se tuvo la mirada de que no se podía trabajar sólo con las mujeres. Cuando no se hablaba de género como categoría, en Cuba ya se decía que había que trabajar con la familia. Y cuando se tomaban medidas legales en favor de las mujeres, de su empleo, de su escolarización, siempre se tuvo en cuenta la perspectiva de la familia. Se decía: “hay que trabajar con el núcleo familiar, porque si no, la confrontación es muy fuerte”. Ése es otro elemento del trabajo en proceso, no es que generemos nuevas contradicciones, sino que se busca la media para buscar el encuentro entre todas las personas. No es una utopía, es una estrategia. Si no puedes lograr eso en tu micro espacio familiar, mucho más difícil va a ser lograrlo a nivel de provincia, de país o del mundo. Por eso vamos a apostar a ese pedacito, que además es más resistente, porque nos toca en lo más íntimo. Y de ahí nuestro trabajo con la subjetividad para ir deconstruyendo los estereotipos sociales.

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