Foto: Iván Soca / Texto: Daniel Chavarría - La Jiribilla.- Hace algunos años, un amigo periodista, llamémosle Carlos, logró colarse por pura y malsana curiosidad en cierto reducido cónclave de mujeres latinoamericanas, que coordinaban en la capital de México sus acciones reivindicatorias.


Una compañera de la presidencia le hizo señas cuando tiraba fotos en medio de un pasillo y se sintió un agente sorprendido in fraganti.

Por motivos obvios era el único hombre presente.

Y cuando lo interpelaron, se quedó sin habla. No estaba acreditado ni pertenecía a un periódico que lo justificara y trató de librarse de su notoriedad con cuanto argumento feminista se le ocurrió. Contaba haber repetido, desde luego, muchísimos lugares comunes, pero también añadió algunos argumentos desde una óptica poco frecuente.

Aseguró que la mujer era una heroína, que demostraba su valentía moral y física en cada parto; que las madres enfrentaban con toda serenidad cualquier peligro por salvar a sus hijos, fuera de catástrofes naturales, de la policía o de la “mala junta”.

Se explayó sobre el papel pacifista de las abuelitas en la educación de los niños; los sacrificios de todas por mantener el orden y la unidad familiares, con trabajos dobles o triples. Ajustó un viejo refrán y aseguró que el hombre propone y la mujer dispone.

Contaba que si no lo atajan, aún seguiría con sus lisonjas exculpatorias. Para rematar, a sabiendas de que solo podría añadir una o dos frases, certificó:

Una mujer en pie de lucha es todo un hombre.

Aparte del asombro, aquella afirmación provocó una cascada de aplausos y una algarabía incontrolable.

Qué orgulloso se sintió. Qué claro había sido. Hasta estas sobresalientes mujeres necesitaban de vez en cuando que les movieran un poco el piso.

En la mesa directiva, se levantaron algunas manos para pedir la palabra con cara de pocos amigos. Debieron limitarse las intervenciones en cantidad y tiempo. Tomó el micrófono una indígena peruana.

Con su habla suavecita de eses bien marcadas y largas erres agradeció las palabras de apoyo y elogio. Invitaba a repensar si en verdad las engrandecía ser consideradas hombres. No dudaba de la sinceridad del emocionado testimonio del camarada; pero la masculinidad no era una categoría de mérito, era parte del machismo al uso, una posición social de fuerza y, por cierto, un rezago del pasado. Ellas eran sus iguales, no las sustitutas ni las émulas.

Mientras tanto, en la directiva mantenían un conciliábulo que intrigaba a las sentadas en las primeras filas.

Visto que no paraba el desorden, la Presidenta dio un par de palmaditas y anunció un receso de media hora.

Al regresar, la mismísima Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz, con sutiles matices irónicos en su voz informó que la reunión continuaría con su agenda prevista después que le entregaran un reconocimiento al amigo que con tanta vehemencia las llevara a categoría de hombre. Y le pidió al periodista darle sus nombres y apellidos a la segunda compañera de la hilera.

Al contar el incidente, Carlos confesaba haberse sentido muy impresionado ante Rigoberta, tan pequeña, tan precisa, tan grande.

Ella describió en breves palabras la satisfacción que les producía entregarle un merecido diploma en reciprocidad al papel que él les atribuyera. Algo tan rotundo podría considerarse un aporte a la paz mundial, y si todos los hombres practicaran esas convicciones, desaparecerían las desigualdades y los abusos.

Él se supuso beneficiario de un libro o de los documentos del evento, o de una credencial que oficializara su presencia en el resto de las sesiones; y se hizo ilusiones con los vítores y honores que acompañarían al anuncio.

Tenía razón. Y pensó muy ufano que jamás fuera un caballero de damas tan aclamado.

Rigoberta dio lectura al Certificado, con sus dos nombres y apellidos. Y Carlos puede narrar con todo detalle el incidente; pero jamás muestra el diploma: lo considera una mancha en su expediente viril.

Enormes letras rojas lo designaban:

Mujer honoris causa

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