Mileyda Menéndez Dávila - Revista Mujeres.- Hoy hace 22 años que consumé mi maternidad biológica. No voy a hablar mucho de esa experiencia porque sonaría a alarde reiterado. Después de todo, ¿qué madre no cargó en su regazo al mejor hijo del mundo?

Pudiera decir que lo amo desenfrenadamente, pero no es verdad: Con David todo es pausado y juicioso desde el mismísimo nacimiento, que nos tomó 12 horas y 42 puntos casi sin anestesia.


Su amor, y el mío por él, han sido fertilizados por un mutuo respeto cargado de lecciones comedidas. No me consta que hable de mí tanto como yo de sus talentos, pero por muchas sutilezas siento que me admira, y además alimenta mis gustos por cosas de las que tal vez otros hijos se avergonzarían, como mi imprescriptible pasión por La familia Mumín, una novela fantasiosa que leí de niña y me marcó ética y emocionalmente de mil formas diversas.

El famoso instinto maternal, si se lo mira solo desde el acto de alumbrar y amantar, es puro mito. Como otros tantos asociados a la maternidad, que por estos días he visto enturbiando las redes, a lo mejor con buenas intenciones. 

Lo curioso en mi caso es que parí una sola vez, pero no tengo un “hijo único”. Cuando tenía nueve años le nació un hermano en el hogar paterno, que ya era también suyo desde hacía casi un lustro, pues la mamá de Diego había adoptado a mi niño en su corazón para colmarlo de cuidados desde el primer día, y sus padres fueron pre-abuelos insuperables.

Luego mi niño y yo nos vinculamos al movimiento de lectores de la Tecla del Duende de JR, y me “nacieron” otros hijos púberes, de los que finalmente quedan tres: Carlos, Dennis y Daylén, con quienes mantengo una linda relación.

No nos llamamos todos los días. ¿Para qué? Tampoco lo hace el Davo, que ya vive más tiempo en la beca o con la novia.  Mis hijos saben que estoy aquí, dispuesta al diálogo, abierta a sus pesares y alegrías, atenta a ponderar sus decisiones entre sueños o espantos. Los cuatro me consienten a su modo, y cuando les hace falta soy su nido para emprender vuelos difíciles.

Los animo a crecer, les fuerzo a reflexionar sobre lo que me parece necio y exprimo sus corazones esponjosos si rebozan ansiedad. No coincidimos en muchísimas cosas, pero nos amamos y eso dirime todas las diferencias.

Afortunadamente, los no-míos tienen a sus progenitoras vivas; mujeres tiernas que han desafiado la vida y superado reveses en sus propias experiencias sentimentales. También he estado ahí para ellas cuando han pedido mi consejo para asimilar las elecciones de sus (mis) querubines.

¡Les agradezco tanto la generosidad de aceptarme! Han llegado incluso a convocarme para co(i)nspirar, empeñadas en que “nuestros” vástagos ejerzan su reciente adultez con responsable apego a la felicidad.

¿Y por qué el título de madre? Tal vez soy solo eso que en algunas culturas llaman madrina. No importan mucho los conceptos… las emociones hablan por sí solas y me siento honrada de tenerlos para mí cuando los necesito.

Bueno, sí: En estos tiempos los conceptos sí importan, porque cuando pasa algo importante y solo “la familia” puede estar, no hay una ley que ampare nuestro vínculo, como cuando me operé y no permitieron a Carlitos cuidarme.

Importan porque tal vez nunca quieran casarse, pero si alguno de los tres tratara de hacerlo, ningún registro civil cubano puede oficializar sus apetencias.   

Y me importa porque Day ayuda a criar al hijo de su novia, con quien ha vivido por años bajo el mismo techo, y el pequeño no puede decirle mamá porque para la sociedad es muy “confuso” ese doble cariño maternal.

La última vez que intenté razonar sobre este asunto con una vecina soporté un largo discurso sobre pecados y conductas antinaturales. A pocos metros de nosotras, mi perra pastora Maya, que nunca ha parido, amamantaba tres gatos recogidos en la calle, uno de ellos ciego y de casi un año de edad.

En el fabuloso valle de Mumín, que tanto me fascina, las relaciones parentales son confusas. Hay algunas familias estandarizables, y otro montón de bichitos sin un origen filial establecido que deambula libremente por la casa o el valle y goza de los mismos privilegios que el protagonista en la cocina y el cuidado de esa tierna pareja de troles.

Si pudiera, me mudaría para ese lugar idílico con todos mis hijos, con nuestras mascotas e ilusiones… Pero no: mejor me quedo aquí, cultivando mi propio valle fantástico, poniendo camas nuevas para cuando decidan pernoctar en mi aquiescente corazón.

Así lo haría mi ídolo, la juiciosa Mamá Mumín.

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