Lissy Villar Muñoz - Revista Mujeres.- ¡“Hay mujeres que le encantan que la piropeen”! , es una de las frases que escuché en el programa Cuando una Mujer, que están transmitiendo los miércoles después de la novela Bajo el mismo sol. Pero esa frase tuvo una respuesta en el dramatizado “Es que el piropo es una forma de acoso”.


Aunque ese espacio fuera retransmitido es importante volver sobre ese tema una y otra vez porque no está solucionado y afecta diariamente a muchísimas mujeres.

Incluso en este contexto en que el coronavirus posibilita usar nasobuco y mantener la boca callada de quien anda en la calle, todavía escuchamos insinuaciones por parte de hombres. Un balbuceo, a veces sin entender lo que dicen y sin escuchar claramente. Eso es una muestra de acoso.

En reiteradas ocasiones he dicho que el piropo no existe, que las “galanterías” muestran lo que verdaderamente son: una invasión al cuerpo de la mujer. Nadie piropea- acosa por las cualidades espirituales y sentimentales de las mujeres sino por el atractivo físico y el deseo sexual que despiertan en los hombres y por la necesidad de este de satisfacer su ego. Vale aclarar que ese deseo sexual no es producido por las mujeres, sino por la proyección que los hombres hacen de ese cuerpo.

La mayoría de los hombres que acosan en las calles no conocen a “sus presas”, y cuando en raras ocasiones estas se enfrentan, paran a los acosadores, ellos se ponen a la defensiva y empiezan a redoblar los comentarios e incluso si antes te decían linda (entendiéndolo ellos como un halago hermoso) ahora te dicen fea. Digo entendiéndolo como un halago hermoso porque cuesta, cuesta muchísimo que ellos entiendan que no te están elogiando sino que te están interviniendo de una manera, te están invadiendo un espacio que no pediste fuera invadido.

Pocas mujeres paran el acoso. No solo por los peligros a que están sometidas, sino además por la naturalización del “piropo” aunque sea una forma de expresión del patriarcado. Los hombres entienden al piropo (acoso) como demostración de una cubanía cultural, en que está correcto decirles frases a las mujeres y además sentenciar que a ellas les gusta, que eso eleva la identidad.

Aunque pensemos que eso no es posible, las mujeres acosadas pueden ver los efectos psicológicos que trae el acoso: el miedo, la rabia, la desesperación, la impotencia, la roña, el cansancio mental, entre otros.

Entender que el acoso callejero limita los derechos de las mujeres a tener una vida libre de violencia en el espacio público y privado es un primer paso. Que los hombres puedan llegar a entender que el cuerpo de las mujeres no les pertenece, y que el lugar donde transitan tampoco, es otra de las maneras de eliminar esta forma de violencia. Crear políticas públicas con perspectiva de género y acciones legales que sancionen puede ser otra de las maneras de asegurar la vida libre de las mujeres. Por supuesto, la apuesta por una educación emancipadora en las escuelas, en las familias, es el sueño no utópico que garantizaría otro tipo de relación social.

Cuando una mujer mostró también otra forma de acoso, y es la que se da en el entorno laboral.

¡“Mami tú hablas como si mi jefe fuera un depredador sexual”! fue uno de los parlamentos utilizados. Y el jefe sí era un depredador sexual.   

El acoso también se da con personas que se conocen, en ámbitos laborales, profesionales, en la familia.

“Aquí tú podrías hacer una gran carrera”, “podrías ser la segunda al mando”, “puedo darte la vida que tú no has pensado”, “Me perteneces”: son los parlamentos que el jefe de la empresa en el dramatizado expresó.

El acoso en el trabajo es una de las formas de violencia de género. Las insinuaciones, el chantaje, la falta de oportunidades porque se es mujer, la sobrecarga de trabajo, el ego, la prepotencia, la subestimación, la condescendencia, son maneras de perpetuar el patriarcado en los entornos laborales.

En otro fragmento del guion, el personaje de la mamá de la protagonista refiere, “Por ese pensamiento es que las mujeres seguimos siendo víctimas”, específicamente por no hacer la denuncia. Y es que para llegar a hacer la denuncia no sólo se requiere de mucho coraje sino también la protección para que esa denuncia se haga efectiva y no entre en el juego del patriarcado donde se cuestiona la palabra de la mujer, a veces sin más pruebas que la situación expuesta por ella.   

“Tenemos el derecho de estar en un lugar seguro”. Me apropio de la frase de Tamara Castellanos, conductora del espacio televisivo, e invito a reflexionar como ella lo hizo con este programa. 

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