Imagen: Campaña Evoluciona / Facebook.

Ania Terrero - Letras de Género / Cubadebate.- A veces, resulta agotador salir a la calle. Una debe andar acompañada, usar audífonos para no escuchar más allá de la música, caminar sin mirar a ningún sitio, no distraerse más de unos segundos en las esquinas o cruzar a la otra acera cuando se acerca un grupo de hombres. De lo contrario, corres el riesgo de recibir comentarios repetidos sobre la ropa que usas, el cuerpo que tienes o tu actitud ante el mundo. Algunos pasan por agradables, otros son abiertamente ofensivos; pero casi todos resultan insistentes, intimidantes, innecesarios.


No hace falta estar en un mal barrio o que sea de noche: te miran de arriba hacia abajo, te dicen, te gritan, te ofenden. Desde el que te quiere “para que le pongas bonita la casa” hasta el que se ofrece “para que a tu niña nunca le falte nada”; pasando por el que “te va a dar lo que tú sabes” y cuestiona “si tienes para aguantarlo”. Con todo el sexismo que implica.

Y se vuelve aún más complejo porque, para quienes insisten, nunca hay una respuesta correcta. No hay forma de ponerles fin. No importa que reacciones con una sonrisa, con un reclamo o incluso, con silencio, ignorando. Casi siempre habrá algún otro comentario, probablemente más incisivo, por “creerte cosas” o “regalarte demasiado”.

Estas prácticas, legitimadas y escondidas tras supuestos piropos y galanterías, suponen otra expresión de la violencia machista hacia las mujeres. El acoso sexual está latente en Cuba. Existe e incomoda más allá de las calles, se cuela entre instituciones y redes digitales. Pero, por suerte, en esta Isla cada vez son más los que alertan sobre sus riesgos.

Acoso sexual, más allá de las películas

“Muchas veces las personas piensan en acoso hacia las mujeres e imaginan la típica situación de las películas: el hombre que te sigue, vigila, acecha... tanto en el espacio físico como en el digital. Pero no, el acoso va mucho más allá”, así advierte Dainerys Mesa, periodista de la Revista Alma Mater y activista de la Campaña Evoluciona, cuando le preguntas sobre las características del acoso sexual.

Porque el conflicto de marras trasciende las escenas peliculeras y se implanta en la vida cotidiana con comportamientos que se entienden como normales o, a lo sumo, inevitables. Aparece en el supuesto piropo que un desconocido te grita en la calle, en el exhibicionista que te muestra sus genitales desde detrás de un arbusto, en el que se te acerca demasiado en una guagua o en el que intenta tocarte a plena luz del día. Está, además, en el compañero de trabajo que intenta controlar tus movimientos, en las imágenes desnudas que te mandan por correo o en el que, sin conocerte, levanta un chat y te dice “Hola, linda” una y otra y otra vez.

Desde una perspectiva teórica, la psicóloga especialista del Centro Oscar Arnulfo Romero (OAR), Maite Díaz, explica que el acoso sexual incluye prácticas y acciones de naturaleza sexual impuestas, a través de las cuales el acosador irrumpe el espacio físico, psicológico o virtual de la víctima y la obliga a interactuar con él a través de la coacción, el chantaje y otras técnicas similares.

“Se expresa en acercamientos, cuchicheos al oído, arrinconamientos, agarres, una llamada con frases obscenas, una gestualidad con intención libidinosa, entre otros”, enumera.

Además, añade Ibet García, comunicadora de OAR y coordinadora de Evoluciona, es reflejo de relaciones desiguales de poder, en el que los hombres sienten que pueden o tienen el derecho a abordarte, a opinar sobre tu cuerpo, sobre ti, tan solo por el hecho de ser mujer. “Sin muchos rodeos, el acoso es una forma de violencia y supone siempre una imposición y verticalidad de la persona que lo ejerce”.

Juan Carlos Gutiérrez, profesor de la Universidad Central de Las Villas y coordinador de la Articulación Juvenil de OAR en Villa Clara, apunta que los hombres también pueden ser víctimas de este tipo de acoso, pero estadísticamente son los menos afectados.

Suele clasificarse en tres grupos fundamentales a partir de los espacios en que se desarrolla: callejero, institucional y ciberacoso. El primero, amplía Díaz, sucede en la vía pública, la calle, los transportes, las paradas, los parques, los cines y otros espacios donde haya mucha concurrencia de personas. Mientras, el institucional tiene lugar en centros escolares, laborales, religiosos y también en la familia.

“En esos espacios se dan diversas expresiones de acoso en nombre de favores sexuales, por parte de un jefe, de un maestro, de un compañero. En todos estos lugares se crea un ambiente hostil, una situación ofensiva que repercute de una manera muy desfavorable en las víctimas”, señala la psicóloga de la OAR.

La tercera variante, de la que ya hemos hablado en otras Letras de Género, es la que se da en plataformas digitales, redes sociales u otros dispositivos tecnológicos. En estos casos, se suelen enviar materiales pornográficos y comentarios sexuales no deseados, se realizan proposiciones injuriosas o se manipula la información de las víctimas, quienes pierden totalmente su privacidad.

Cuba, el reto de un machismo heredado

Desde la infancia, a ellas se les enseña que está bien que otros opinen sobre sus cuerpos y acciones; que deben modificar sus comportamientos para no ser juzgadas; que, si no quieren ser acosadas o agredidas, deben evitar las ropas sensuales que provocan a los hombres.

Mientras, a los pequeños les preguntan una y otra vez cuántas novias tienen; les cuentan que de ellos depende el primer paso en una relación; que, por tanto, está bien que se metan con las muchachas por las calles y que, una vez tienen una pareja, deben controlarla y protegerla… hasta de sí misma.

En resumen, en vez de educarlos a ellos para que respeten el cuerpo de las mujeres, les dicen a ellas que tomen precauciones y se limiten para evitar los ataques. “Se asume hasta cierto punto que la responsabilidad está en nuestro terreno, como si fuéramos las responsables”, confirma la periodista Tamara Roselló, especialista de OAR y también coordinadora de Evoluciona.

Por tanto, hombres y mujeres crecemos asumiendo que es normal que ellos se metan con las mujeres y que ellas hasta den las gracias por los ‘elogios’ que merecen. “Esas prácticas de tan cotidianas ni se cuestionan, no se conectan con las violencias machistas ni con las desiguales relaciones de poder que nos signan", dice.

Justo ahí, en una herencia cultural plagada de mitos y estereotipos sexistas, radican las causas de la normalización del acoso y de otra práctica relacionada: el control machista sobre el cuerpo femenino. Según las lógicas patriarcales, los hombres no solo pueden meterse con las muchachas, sino que también deben jugar un rol protector de novias, esposas o hijas y decidir qué se ponen, por dónde andan o con quién se reúnen.

“La sociedad cubana es muy machista y el acoso está legitimado en nombre del permiso patriarcal según el cual, los hombres tienen derecho a irrumpir en la sexualidad de las mujeres e interactuar con su cuerpo, no necesariamente de una forma física”, destaca Maite Díaz.

Para Gutiérrez, es común restarle importancia al acto y a las consecuencias negativas que tiene en las víctimas, “las cuales pueden acarrear problemas de salud mental: baja autoestima, desórdenes alimentarios, estrés post traumático, ansiedad, depresión e incluso el suicidio en los casos más extremos”.

¿Piropear o acosar? Una discusión necesaria

Entre los comentarios de este texto, no faltarán quienes aseguren que algunas supuestas muestras de acoso son “piropos de toda la vida”, “herencia de la cultura dicharachera del cubano” o “una parte esencial de nuestra idiosincrasia”. La discusión al respecto no es nueva y depende de distinciones conceptuales.

De hecho, el tema cultural ha estado entre las principales resistencias cuando la Campaña Evoluciona ha alertado sobre los riesgos del acoso callejero en diversos espacios.

“Señalan que, si dejamos de decir/escuchar piropos, le haremos un daño a la cultura cubana y a la espontaneidad que nos caracteriza. Sin embargo, este tema no solo está en Cuba, también aparece en otros países con gente más o menos espontánea. El factor común es la sociedad patriarcal allí y aquí”, relata Roselló.

El acoso sexual callejero se sostiene en mitos como “Desde que el mundo es mundo, los hombres se han metido con las mujeres…” o “¿Cómo se van a enamorar entonces las personas?”. Sin embargo, argumenta la periodista Dainerys Mesa, “hay miles de formas de conocer a una persona e iniciar una conversación sin tener que hablar de su apariencia, su forma de caminar o su escote”.

Para Díaz, el piropo es lo mismo que el acoso sexual callejero porque, generalmente, las barreras entre ambos se colocan en el contenido de uno u otro mensaje. “Si me dicen algo bonito, halagador, agradable, es un piropo. Pero, si me dicen algo obsceno, agresivo, es acoso. Sin embargo, si lo pensamos bien, el carácter intrusivo y de imposición no lo opaca una frase bonita”.

Mientras, Juan Carlos Gutiérrez considera que entre uno y otro hay un límite básico: “la relación que se tenga entre la persona que emite el "comentario" y la que lo recibe, y principalmente si la segunda desea recibirlo. Un piropo es lo que se dice a alguien que se conoce muy bien o con la que se tiene una relación erótico-afectiva. En cambio, el acoso callejero es una forma de violencia que se ejerce hacia alguien que no se conoce y que en la mayor parte de las ocasiones puede incomodarle o simplemente no querer escucharlo”, detalla.

En un punto clave todos coinciden y, por tanto, constituye línea de mensaje fundamental en las estrategias para enfrentar el fenómeno. Los piropos callejeros devienen acoso sexual callejero cuando no son deseados, son ofensivos, invaden tu espacio, no cuenten con tu aprobación y suponen injuria e intención de doblegar, resume Ibet García.

Evoluciona, en busca de soluciones…

En la búsqueda de estrategias para enfrentar la violencia de género en todas sus manifestaciones hay una verdad como un templo: sensibilizar, conversar, comunicar y colocar los desafíos sobre las mesas de debate una y otra vez son tareas vitales. El acoso sexual no escapa a esa realidad.

Hace falta, además, generar marcos legales que permitan dar curso a demandas por casos de este tipo. Advierte Tamara Roselló que, “a quienes sufren situaciones así, no se les ocurre realizar denuncias y a quienes acosan, no les pasa por la cabeza que lo que hacen sea un delito”.

En ese sentido, argumenta Maite Díaz, “tenemos que seguir visualizando este tema, hay que seguir buscando resortes para convencer a las personas de su carácter lacerante, opresivo, invasivo, injusto y violador de derechos sexuales como la libertad sexual, la privacidad sexual y la autonomía del cuerpo”.

No por gusto los entrevistados coinciden en la necesidad de deconstruir mitos, estereotipos y normas sociales machistas, a través de productos comunicativos atractivos, periodismo consciente, accionar comunitario, espacios de formación y activismo inteligente.

Además, señala Ibet García, “resulta fundamental enfocar las acciones hacia las juventudes, como públicos fundamentales para la transformación de pensamientos y conductas relacionadas con estereotipos machistas y normas sociales establecidas en materia de género”.

Partiendo de esos principios, OAR diseñó la Campaña Evoluciona, que en un primer momento ha focalizado el acoso sexual y tuvo sus orígenes metodológicos en un estudio, ya reseñado en esta columna, sobre “Imaginarios sociales que configuran y legitiman las violencias hacia las mujeres. Análisis en mujeres y hombres adolescentes y jóvenes de América Latina y el Caribe”.

Precisamente en esa combinación de práctica y teoría radican las claves de una campaña que ha tenido como principal acierto colocar el debate sobre el acoso sexual más allá de los espacios comprometidos con las luchas de género.

Pero todavía queda mucho por hacer. En definitiva, asegura, este es un asunto que no interesa exclusivamente a las mujeres. “Es necesario que los hombres cuestionen esos mandatos de la masculinidad hegemónica según los cuales deben cumplir determinados roles: tanto el del acosador, como el del protector”, destaca Roselló. Al fin y al cabo, ya lo dijo el cromañón, el acoso atrasa.

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