365 DNI. Imagen: Netflix

Ania Terrero - Letras de Género / Cubadebate.- “A las mujeres le gustan los libros ligeros, sobre hombres ricos y fuertes, capaces de hacer maravillas en la cama”, aseguró la escritora Blanka Lipińnska a Cosmopolitan, una de esas revistas que, entre noticias sensacionalistas, consejos de amor y vestidos de alta costura, suele reproducir patrones de belleza inalcanzables, relaciones tóxicas y estereotipos sexistas.


La polaca, autora del popular libro 365 DNI, añadió que los hombres del siglo XXI han perdido un poco su masculinidad. “Con sus traseros metidos en pantalones de pitillo se han vuelto metrosexuales y a menudo más delicados que nosotras. Pero la madre naturaleza lo planeó de otra manera. A las mujeres les gusta que sean fuertes y masculinos. Por eso nosotras escribimos sobre esos hombres y a vosotras os gusta leer sobre ellos”.

Que Lipińnska piense así -y lo declare sin tapujos- no sorprende mucho. Al fin y al cabo, escribió una novela que cuenta, básicamente, cómo un atractivo mafioso italiano secuestra a una joven empresaria polaca, le da 365 días para enamorarse de él, la agrede una y otra vez, pero lo consigue. Una especie de Síndrome de Estocolmo romantizado, con largas y realistas escenas de sexo, mucha violencia e incluso acoso sexual. 

Massimo, su protagonista, es el hombre fuerte, rico y sensual que, según la autora, las mujeres estamos añorando. Claro, para garantizar esa masculinidad ideal, son necesarias también la violencia y la dominación. La relación que construye con Laura se sostiene en regalos caros, lujo, seducción, control, posesión y una idea del sexo bastante agresiva y machista. Pero parece funcionar, porque ella cae rápidamente en sus redes. 

El problema del libro no es que cuente una historia de secuestros y abusos, sino que muestre todo eso como amor y hasta convenza. Es, en definitiva, la validación de las relaciones tóxicas -y de toda la violencia de género que implican- en su máxima expresión.

Por tanto, sí sorprende que en pleno 2020, luego del amplio movimiento de denuncia vivido en el cine bajo el hashtag #MeToo, Netflix considerara buena idea rodar una historia así,  o que ya trabaje en una segunda parte. Lo que da miedo es el éxito de la película, que se ubicó como una de las más vistas en la plataforma de streaming en varios países de América Latina y Europa. Cuba, por cierto, no estuvo al margen. 

Yendo más allá, no se trata siquiera de su popularidad, o del retraso que suponen las declaraciones de la polaca para una lucha de años tratando de visibilizar masculinidades diversas. El verdadero peligro está en lo común que resultan, en muchas series y películas de moda, historias camufladas que responden a las tesis de Lipinska. Más o menos violentos, muchos otros Massimos legitiman relaciones tóxicas y estereotipos sexistas en estos tiempos de pantallas.

Basta con echar un vistazo a sagas como After, Crepúsculo, El Stand de los Besos o Cincuenta Sombras de Grey, todas particularmente reconocidas por los amplios movimientos de fans que generan. Aunque con historias y niveles de violencia diferentes, las cuatro recurren al mismo formato: una chica buena se enamora de un chico malo que la maltrata y la controla, pero la ama e intenta ser mejor por ella. 

Hardin, Edward, Noah y Christian comparten pasados traumáticos que, de un modo u otro, justifican el control obsesivo, el amor como posesión y las muestras de violencia más o menos evidentes. Mientras, Tessa, Bella, Elle y Anastasia, sus parejas, tienden a romantizar y justificar las conductas de sus enamorados. Además, se proponen cambiarlos, salvarlos, hacerlos mejores. Las tramas refuerzan una y otra vez su rol sexista de cuidadoras y legitiman el ciclo de la violencia de género, que se sostiene sobre la supuesta idea de que cada agresión será la última. 

Sky Rojo. Imagen: Netflix

No son los únicos ejemplos. En Sky Rojo, otro éxito reciente de Netflix, llegan a romantizar la relación de Coral, una prostituta, con Moisés, uno de sus proxenetas. Aunque a nivel de guion se presenta como pareja tóxica e incluso, una de sus compañeras le advierte sobre el verdadero carácter del “chulo”, no faltan las escenas románticas en un barco, en un faro o en el capó del carro al atardecer. La relación está pensada para que, como espectador, te enamores de ellos. Moisés, por supuesto, encaja perfectamente en ese patrón de masculinidad fuerte, sensual y violenta. 

Pero esta no es la única crítica que ha recibido Sky Rojo. La serie narra la huida y persecución de tres prostitutas encadenadas a un club nocturno a través de deudas, amenazas y manipulaciones, tras un enfrentamiento con su proxeneta y “dueño”. Aunque supuestamente pretendió visibilizar conflictos como la prostitución, la trata de mujeres y la violencia sexual, para muchos especialistas y colectivos feministas, terminó logrando lo contrario: convertir esos problemas en un espectáculo que hipersexualiza y subordina a las mujeres de todas las formas posibles.

Se repite aquí, además, un recurso al que guionistas y productores de series y películas mainstream han acudido cada vez más en los últimos tiempos. Parecen pensar: si el feminismo está de moda, si el hashtag #GirlsPower gana seguidores, si las altas casas de modas imprimen en sus camisetas llamados al empoderamiento femenino... en las series y películas hacen falta heroínas empoderadas, porque venden. Aunque luego el guion y la realización destruyan a pedazos esa fortaleza.

En relación con este imaginario, la directora de cine Anna Biller considera que el auge del feminismo no nos ha traído necesariamente películas feministas, sino que nos ha llevado "a que las películas violentas que hacen los hombres sean etiquetadas como feministas". 

Coral, Wendy y Gina, las protagonistas de Sky Rojo, son el ejemplo perfecto. Aparentemente, la serie muestra la evolución de tres mujeres que se liberan de sus cadenas y se empoderan capítulo a capítulo. Para demostrarlo, enfrentan a sus opresores, disparan armas, lanzan parlamentos feministas y confirman que no necesitan a los hombres. Desde el enunciado parece estar muy claro.  Sin embargo, son agredidas física o psicológicamente una y otra vez, nunca abandonan sus vestuarios sensuales y sexistas y abren las puertas a relaciones románticas con clientes o proxenetas. 

La Casa de Papel. Imagen: Netflix

Algunos especialistas identifican el mismo esquema en La Casa de Papel, la serie española que cuenta las peripecias de la banda de atracadores dirigidos por El Profesor. Tokio es una mujer fuerte, dura, impulsiva, que no necesita a nadie para defenderse e incluso protege a su novio Río. En tanto, Nairobi evoluciona hacia posiciones abiertamente feministas y se enfrenta a los discursos patriarcales de los machos alfas de la banda. A primera vista están al mismo nivel, son anti heroínas como todos los otros protagonistas. Tokio, incluso, es la narradora.

Sin embargo, no escapan a los sexismos de una trama donde, a la larga, el patriarcado gana. De hecho, la actriz Alba Flores (Nairobi) ha confesado que llegó a comentarles a los guionistas que la serie se pasaba de machista por momentos. Por solo poner un par de ejemplos, el matriarcado de Nairobi en la segunda temporada solo dura un par de capítulos y más de una vez encontramos escenas de Tokio semidesnuda, sensual, sin ninguna justificación lógica. Sus colegas hombres no suelen quitarse ni el pulover. 

Según la cineasta Nina Menkes, en muchas de estas producciones hay "una falta total de originalidad en la forma en que estos hombres usan la iluminación, los ángulos de cámara, el punto de vista y el encuadre para desempoderar formalmente a las mujeres en la pantalla".

El tratamiento de las violencias machistas, las relaciones tóxicas, los roles estereotipados y otros asuntos de género en productos audiovisuales de moda ponen otra vez sobre la mesa preguntas sobre los objetivos y límites de los mismos. ¿Forma parte de su encargo potenciar un enfoque adecuado de estos temas o son productos artísticos con libertad creativa, que están hechas para “refrescar” y no para educar? ¿Tiene una película o serie la responsabilidad de apelar a la ética y ser coherente entre lo que muestra y cómo lo muestra? 

El asunto da para debate. No por gusto la periodista, profesora y especialista en género Isabel Moya explicó los peligros de que los medios establezcan, a través de sus discursos, un eje de matrices culturales donde se explicita y reproduce el poder hegemónico.  “Se constituyen en uno de los mecanismos de reproducción del patriarcado en el plano de la subjetividad”, escribió.

Si cerramos los ojos, si justificamos el sexismo tras supuestas libertades artísticas de la industria, corremos el riesgo de perpetrar el círculo vicioso de la violencia, también de la simbólica, donde los realizadores de audiovisuales validan y transmiten mitos e imaginarios machistas heredados.

No se trata de catalogar series o películas como buenas o malas. Muchas de las aquí mencionadas tienen tramas absorbentes, realización espectacular y nos enganchan, ¿para qué negarlo? El punto está en mirarlas con lentes de género, para que los estereotipos y sus consecuencias no se escondan y reproduzcan tras el entretenimiento, en estos tiempos de pantallas.

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