Por Iroel Sánchez Espinosa - Blog "La pupila insomne".- Hace pocos meses Hugo Cancio -quien en las páginas de la revista OnCuba es descrito como “empresario y activista, presidente de Fuego Enterprises, Inc, Fuego Media Group. Fundador y Editor en Jefe OnCuba Magazine y ArtOnCuba”- juzgó “desafortunado” que el músico Francis del Río pidiera en en una televisora de Miami libertad para quienes la mayoría de los cubanos consideramos héroes y que estaban en ese momento presos en EE.UU.“Es como ir a una sinagoga y hablar mal de los judíos”, afirmó Hugo Cancio acerca de la actitud de del Río, quien respondía a una convocatoria realizada por Juan Formell para que los artistas procedentes de la Isla que visitaran Miami reclamaran en los medios de comunicación de aquella ciudad la libertad de los antiterroristas cubanos.


 

Una polémica reciente me ha hecho recordar aquel pasaje, y también las reflexiones del gran Ryszard Kapuściński acerca de por qué los empresarios se interesan en el periodismo, pero sobre esto último volveré más adelante.

A diferencia de lo sucedido con la “desafortunada” solidaridad de Francis del Río con Los Cinco, no he conocido la opinión del “Fundador y Editor en Jefe de OnCuba” -¿dueño, podría decirse?- sobre un texto publicado en su revista por un joven periodista que ha despertado discusión en la web. El reportaje, de un lado, es elogiado como ejemplo de “buen periodismo”, y del otro, calificado como violación ética al sacar a la luz el difícil entorno familiar de un colaborador cubano fallecido mientras integraba la brigada que enfrenta la epidemia de ébola en África Ocidental.

Creo en la libertad del autor para escribir y publicar lo que considere válido y también en la libertad de quienes se sienten ofendidos por su texto para expresar su desacuerdo. Sin embargo, pienso que tanto quienes lo defienden como aquellos que lo condenan no abordan en este caso un asunto fundamental: el espacio y las condiciones en que ese texto se publica.

OnCuba es una publicación acreditada como corresponsalía extranjera en La Habana pero que tiene las ventajas de remunerar a un periodista cubano en un día su sueldo de un mes, y las posibilidades de acceso a información y contratación profesional que no se permiten a una publicación extranjera en ninguna parte del mundo. No domino los detalles pero entiendo se trata de una publicación extranjera, porque si no estaríamos ante una violación de la Constitución cubana, que dice  en su artículo 530 que los medios de comunicación “no pueden ser en ningún caso objeto de propiedad privada”.

Quizás alguien diga, a raíz de este tema, que sólo la propiedad privada puede garantizar la libertad para que aparezca el “buen periodismo”. Aunque Wilfredo Cancio Isla, uno de los que ha escrito comentarios elogiosos al artículo de la discordia, parece haber vivido una experiencia diferente. Según cuenta un bloguero de Miami:

cuando lo despidieron de EL NUEVO HERALD de Miami, [Wilfredo Cancio Isla] me dijo telefónicamente y en el restaurante “Mi Casita” de Homestead: “Me sacaron de EL NUEVO HERALD, pero ellos tuvieron que darme algo…” (al parecer, en el Canal 41 de Miami). Como se trata de una democracia, yo todavía no sé quiénes son esos “ellos” que ejercen el poder sobre empresas y medios de comunicación miamenses, asumiendo funciones que normalmente competen a los departamentos de “recursos humanos”.

Siempre la soga se rompe por el lado más débil, en este caso el joven periodista. Tal vez aportaría más discutir si hay coherencia entre considerar “desafortunado” defender en Miami la libertad de Los Cinco y pagar por sacar a la luz las disfuncionalidades del entorno familiar de un cubano, muerto allí donde la “sinagoga”, contando con mucho más dinero, no ha podido enviar ni a un conserje.

En cuanto al periodismo y su relación con los empresarios y la ética en los tiempos que corren, prefiero dejar aquí las reflexiones Ryszard Kapuściński a las que me referí antes:

En la segunda mitad del siglo XX, especialmente en estos últimos años, tras el fin de la guerra fría, con la revolución de la electrónica y de la comunicación, el mundo de los negocios descubre de repente que la verdad no es importante, y que ni siquiera la lucha política es importante: que lo que cuenta, en la  información, es el espectáculo. Y, una vez que hemos creado la información-espectáculo, podemos vender esta información en cualquier parte. Cuanto más espectacular es la información, más dinero podemos ganar con ella. De esta manera, la información se ha separado de la cultura: ha comenzado a fluctuar en el aire; quien tenga dinero puede cogerla, difundirla y ganar más dinero todavía. Por tanto, hoy nos encontramos en una era de la información completamente distinta.

En la situación actual, es éste el hecho novedoso. Y éste es el motivo por el que, de pronto, al frente de los más grandes grupos televisivos encontramos a gente que no tiene nada que ver con el periodismo, que sólo son grandes hombres de negocios, vinculados a grandes bancos o compañías de seguros o cualquier otro ente provisto de mucho dinero. La información ha empezado a «rendir», y a rendir a gran velocidad. La actual, por tanto, es una situación en la que en el mundo de la información está entrando cada vez más dinero. Hay otro problema, además. Hace cuarenta, cincuenta años, un joven periodista podía ir a su jefe y plantearle sus propios problemas profesionales: cómo escribir, cómo hacer un reportaje en la radio o en la televisión. Y el jefe, que generalmente era mayor que él, le hablaba de su propia experiencia y le daba buenos consejos. Ahora, intentad ir a Mr. Turner, que en su vida ha ejercido el periodismo y que rara vez lee los periódicos o mira la televisión: no podrá daros ningún consejo, porque no tiene la más mínima idea de cómo se realiza nuestro trabajo. Su misión y su regla no son mejorar nuestra profesión, sino únicamente ganar más. Para estas personas, vivir la vida de la gente corriente no es importante ni necesario; su posición no está basada en la experiencia del periodista, sino en la de una máquina de hacer dinero.

Para los periodistas que trabajamos con las personas, que intentamos comprender sus historias, que tenemos que explorar y que investigar, la experiencia personal es, naturalmente, fundamental. La fuente principal de nuestro conocimiento periodístico son «los otros». Los otros son los que nos dirigen, nos dan sus opiniones, interpretan para nosotros el mundo que intentamos comprender y describir.

No hay periodismo posible al margen de la relación con los otros seres humanos. La relación con los seres humanos es el elemento imprescindible de nuestro trabajo. En nuestra profesión es indispensable tener nociones de psicología, hay que saber cómo dirigirse a los demás, cómo tratar con ellos y comprenderlos.

Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se denomina «empatía». Mediante la empatía, se puede comprender el carácter del propio interlocutor y compartir de forma natural y sincera el destino y los problemas de los demás. En este sentido, el único modo correcto de hacer nuestro trabajo es desaparecer, olvidarnos de nuestra existencia. Existimos solamente como individuos que existen para los demás, que comparten con ellos sus problemas e intentan resolverlos, o al menos describirlos.

El verdadero periodismo es intencional, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible. Hablo, obviamente, del buen periodismo. Si leéis los escritos de los mejores periodistas -las obras de Mark Twain, de Ernest Hemingway, de Gabriel García Márquez-, comprobaréis que se trata siempre de periodismo intencional. Están luchando por algo. Narran para alcanzar, para obtener algo. Esto es muy importante en nuestra profesión. Ser buenos y desarrollar en nosotros mismos la categoría de la empatía. Sin estas cualidades, podréis ser buenos directores, pero no buenos periodistas. Y esto es así por una razón muy simple: porque la gente con la que tenéis que trabajar —y nuestro trabajo de campo es un trabajo con la gente- descubrirá inmediatamente vuestras intenciones y vuestra actitud hacia ella. Si percibe que sois arrogantes, que no estáis interesados realmente en sus problemas, si descubren que habéis ido hasta allí sólo para hacer unas fotografías o recoger un poco de material, las personas reaccionarán inmediatamente de forma negativa. No os hablarán, no os ayudarán, no os contestarán, no serán amigables. Y, evidentemente, no os proporcionarán el material que buscáis. Y sin la ayuda de los otros no se puede escribir un reportaje. No se puede escribir una historia.

Todo reportaje -aunque esté firmado sólo por quien lo ha escrito- en realidad es el fruto del trabajo de muchos. El periodista es el redactor final, pero el material ha sido proporcionado por muchísimos individuos. Todo buen reportaje es un trabajo colectivo, y sin un espíritu de colectividad, de cooperación, de buena voluntad, de comprensión recíproca, escribir es imposible.

(…)

Nuestra profesión no puede ser ejercida correctamente por nadie que sea un cínico. Es necesario diferenciar: una cosa es ser escépticos, realistas, prudentes. Esto es absolutamente necesario, de otro modo, no se podría hacer periodismo. Algo muy distinto es ser cínicos, una actitud incompatible con la profesión de periodista. El cinismo es una actitud inhumana, que nos aleja automáticamente de nuestro oficio, al menos si uno lo concibe de una forma seria. Naturalmente, aquí estamos hablando sólo del gran periodismo, que es el único del que vale la pena ocuparse, y no de esa forma detestable de interpretarlo que con frecuencia encontramos.

En mi vida, me he encontrado con centenares de grandes, maravillosos periodistas, de distintos países y en épocas distintas. Ninguno de ellos era un cínico. Al contrario, eran personas que valoraban mucho lo que estaban haciendo, muy serias; en general, personas muy humanas.

Como sabéis, cada año más de cien periodistas son asesinados y varios centenares más son encarcelados o torturados. En distintas partes del mundo se trata de una profesión muy peligrosa. Quien decide hacer este trabajo y está dispuesto a dejarse la piel en ello, con riesgo y sufrimiento, no puede ser un cínico.

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