Por Iroel Sánchez Espinosa - Blog "La pupila insomne".- Desde marzo de 2013 la maquinaria mediática que funciona como las brujas de Macbeth, fabricando profecías que deben autocumplirse, comenzó a trabajar para convertir el fallecimiento del Presidente venezolano Hugo Chávez en el fin de la Revolución bolvariana y, por carambola, en la crisis económica que entregaría definitivamente a Cuba al capitalismo.


Ya en ese momento, que hoy puede parecer lejano, la unanimidad en la prensa corporativa global era total. Sus “expertos” en la economía cubana auguraban que “una disminución (incluso gradual) de los vínculos con Venezuela provocaría… una contracción de hasta 10 por ciento del producto bruto interno, en una recesión de dos o tres años, por una merma de ingresos de divisas, depresión de inversiones, restricciones financieras externas e importaciones más caras, sin facilidades de pago de la factura petrolera. Tal crisis demandaría un ajuste “complejo y doloroso”.

No ocurrió, pero el acoso económico al gobierno de Caracas no dio tregua, incluso mientras un seductor Barack Obama visitaba Cuba, en medio de una contrarreforma neoliberal en la región, y se dirigía a los cubanos proponiendo “pasar página”,  a la vez que declaraba a Venezuela “amenaza inusual y extraordinaria” a la Seguridad Nacional estadounidense con las subsecuentes sanciones y acciones desestabilizadoras que eso conlleva.

Como hizo en junio de 2009 desde la Universidad de El Cairo, una ciudad emblemática para el Islam y el mundo árabe, al hablar hacia todo el Oriente Medio, el emperador soft se dirigió desde La Habana a toda Latinoamérica.

Como escribí entonces, una amiga libanesa me sugirió que se pueden poner en ese discurso las palabras Cuba o cubanos donde dice Islam, Irán, palestinos o musulmanes; en vez de citas del Corán (la palabra de Mahoma) colocar las de Martí referidas por el Presidente de EE.UU. y comparar la  impresionante coincidencia de frases entre ambos discursos. Después  de aquella intervención en la Universidad de Al Azhar llegó la «Primavera árabe», el quiebre de sociedades secularizadas como Siria, el auge del fanatismo religioso y el apoyo de EE.UU. al Estado Islámico y la risa de su Secretaria de Estado Hillary Clinton al conocer del descuartizamiento de Ghadafi. Ya en 2016 los palestinos estaban aun peor que en 2009, si eso es posible, y los pueblos árabes son los grandes perdedores del «cambio» impulsado por el mismo Obama que en América Latina significó el regreso del neoliberalismo de la mano de los Marci, Bolsonaro y Micheletti.

Pero si Obama decía haber renunciado al «cambio de régimen» en Cuba apostando a un progresivo cambio cultural a través de una relación bilateral más abierta -“cómo va a cambiar la sociedad (cubana), el país específicamente, su cultura específicamente, pudiera suceder rápido o pudiera suceder más lento de lo que me gustaría, pero va a suceder y pienso que este cambio de política va a promover eso”- sin retirar un solo centavo de los multimillonarios fondos destinados a fomentarlo por vías subversivas, Donald Trump -manteniendo esos dineros- ha prometido acabar con el socialismo en el hemisferio occidental durante su mandato.

Ya no sólo se multan con miles de millones de dólares a los bancos que realicen transacciones cubanas, como hizo Obama estableciendo récords, sino que se persigue la colaboración médica de la Isla por todo el planeta, se impiden los viajes de los cruceros turísticos, se limitan las remesas y se presiona empresas navieras y aseguradoras para hacer imposible la llegada de combustible a Cuba. Pero, según altos funcionarios de la administración Trump el objetivo no difiere del de su antecesor y es repetido machaconamente por el aparato mediático y sus expertos: “Cuba tendrá que adaptarse y eso significa permitir una economía más basada en el mercado”, un modo eufemístico y delicado de nombrar el “ajuste complejo y doloroso” que auguraba la cubanología en marzo de 2013.

El año 2019 ha marcado la etapa más agresiva en la historia del bloqueo económico a Cuba cuya señal más extrema ha sido la puesta en vigor del capítulo III de la Ley Helms-Burton dirigido a ahuyentar la inversión extranjera, que ni W. Bush se animó a implementar debido a las posturas de rechazo de sus aliados europeos y Canadá, pero ya se sabe que para la política exterior trumpista la única opinión que cuenta es la suya. Para el cálculo político que inició la feroz ofensiva contra el Presidente Nicolás Maduro el 23 de enero, a estas alturas deberían gobernar en Caracas los amigos de Washington, y Cuba estaría al borde de una guerra civil porovocada por escaseces de todo tipo, o implementando una “perestroika tropical” al gusto de los aliados mayamenses de Trump, estos sí escuchados por su control politico de un estado con peso electoral y en disputa -la Florida-  para las elecciones de noviembre de 2020.

Sin embargo, Maduro sigue en el Palacio de Miraflores y las dificultades económicas cubanas no han impedido continuar consolidando el liderazgo del nuevo gobierno de Miguel Díaz-Canel, con una intensa comunicación política, el anuncio de medidas que han fortalecido el consenso positivo sobre su gestión y un protagonismo del control popular que han renovado la unidad nacional para enfrentar las nuevas agresiones estadounidenses. ¿Triunfalismo? No, si algún pueblo rechaza el triunfalismo y el consignismo vacuo es el cubano, pero sí hay confianza en las capacidades para, renovándose en los métodos y afirmándose en las esencias, derrotar los planes estadounidenses.

El Presidente cubano ha desnudado la estrategia estadounidense de “mostrarnos como un gobierno incapaz, ineficiente y con eso buscar un estallido social”, y agrega: “la salida desde nosotros es denunciar todo lo relacionado con esa política hostil”. La maquinaria mediática, muy bien articulada en la internet, trabaja por invisibilizar los efectos del bloqueo y su alianza con la subversión: El primero crea graves dificultades y la segunda sólo culpa de ellas al sistema socialista.  Como me comentaba un amigo: La Amazonia arde y es culpa de Bolsonaro, jamás de la explotación extrema provocada por el capitalismo, pero escasea el diésel en Cuba y el culpable es el socialismo, a pesar de los esfuerzos de Estados Unidos por impedir su llegada a la Isla, por eso la comunicación constante en todas las direcciones es decisiva.

No es casual que en tales circunstancias, en vísperas de una intervención del Presidente Díaz-Canel, para explicar el efecto de las medidas estadounidenses y cómo las enfrenta el gobierno cubano, las cuentas en la red social Twitter de los principales medios de comunicación cubanos, de varios Ministerios y de decenas de periodistas y comunicadores hayan sido bloquedas. La libertad de comercio y la libertad de expresión, principios sacrosantos del discurso dominante, están siendo aplastados en la guerra de Estados Unidos contra Cuba pero el mundo no debe saberlo.

(Al Mayadeen)

 

What’s Going on in Cuba that the World Shouldn’t Know About

Since March 2013, the media machine that works like Macbeth’s witches, manufacturing prophecies that must be self-fulfilling, began to work to turn the death of Venezuelan President Hugo Chávez into the end of the Bolivarian Revolution and into the economic crisis that would definitively hand Cuba over to capitalism.

Already at that time, which today may seem distant, unanimity in the global corporate press was complete. Its “experts” in the Cuban economy predicted that “a decrease (even if gradual) in ties with Venezuela would provoke… a contraction of up to 10 percent of the gross domestic product, producing a recession of two or three years due to a decrease in foreign exchange earnings, a depression in investments, foreign financial restrictions and more expensive imports, without reserves for paying the oil bill. Such a crisis would demand a “complex and painful” adjustment.

It didn’t happen, but the economic harassment to the Caracas government didn’t stop, even while a seductive Barack Obama was visiting Cuba, in the midst of a neoliberal counter-reform in the region, and addressing the Cubans by proposing to “turn the page,” meanwhile declaring Venezuela an “unusual and extraordinary threat” to U.S. National Security with the subsequent sanctions and destabilizing actions that that entails.

As he did in June 2009 from a Cairo University, an emblematic city for Islam and the Arab world, when speaking to the entire Middle East and in 2014 the soft emperor spoke from Havana to all of Latin America.

As I wrote then, a Lebanese friend suggested to me that in that speech the words Cuba or Cubans could be replaced to say Islam, Iran, Palestinians or Muslims; instead of quotes from the Koran (Muhammad’s word) they could be replaced by those of Martí referred to by the President of the United States and I could compare the impressive coincidence of phrases between both speeches. After that intervention at Al Azhar University came the “Arab Spring”, the collapse of secularized societies like Syria, the rise of religious fanaticism and U.S. support for the Islamic State and the laughter of its Secretary of State Hillary Clinton when she learned of Ghadafi’s dismemberment. Already in 2016 the Palestinians were even worse off than in 2009, if that could be  possible, and the Arab peoples now are the great losers of the “change” promoted by Obama himself who in Latin America meant the return of neoliberalism at the hands of the Macri, Bolsonaro and the interim President of Honduras, Micheletti.

But if Obama claimed to have renounced to the “regime change” in Cuba by betting on a progressive cultural change through a more open bilateral relationship – “how is (Cuban) society going to change, the country specifically, its culture specifically, could happen faster or could happen slower than I would like, said Obama, but it’s going to happen and I think this policy change is going to promote that”. And without taking a penny out of the multimillion-dollar subversive funds, Donald Trump has promised to end socialism in the Western Hemisphere during his tenure.

Not only are banks that carry out Cuban transactions fined billions of dollars, as Obama did by establishing records, but the medical collaboration of the island is being pursued all over the planet, tourist cruises are prevented, remittances are limited and shipping and insurance companies are pressured to make the arrival of fuel in Cuba impossible. But, according to high officials of the Trump administration, the objective does not differ from that of its predecessor and is constantly repeated by the media apparatus and its experts: “Cuba will have to adapt and that means allowing a more market-based economy,” a euphemistic and delicate way of naming the “complex and painful adjustment” that Cuba has had to go through, as was predicted in March 2013.

The year 2019 has marked the most aggressive stage in the history of the economic blockade of Cuba, the most extreme sign of which has been the implementation of Chapter III of the Helms-Burton Act aimed at repelling foreign investment, which not even W. Bush encouraged to implement due to the opposing positions of his European allies and Canada. But it is now well known that for Trump the only foreign policy opinion that counts is his own.

According to the political calculation that began the ferocious offensive against Venezuela and President Nicolás Maduro on January 23, by now Washington’s friends were supposed to be governing in Caracas, and Cuba would be on the verge of a civil war due to shortages of all kinds, or by implementing a “tropical perestroika” to the liking of Trump’s allies from Miami. All this based on the political control of a state with electoral weight and in dispute – Florida – for the November 2020 elections.

However, Maduro is still in the Miraflores Palace and Cuban economic difficulties has not prevented the island from continuing to consolidate the leadership of the new government of Miguel Díaz-Canel, through intense political communication, the announcement of measures that have strengthened the positive consensus of his administration and a protagonist popular will that have renewed national unity to face the new US aggressions. Triumphalism? No, if any people rejects triumphalism it is the Cuban people because there is a deep confidence in the capacities here to defeat U.S. plans, by renewing itself in the methods and affirming itself in the essences.

The Cuban President has stripped the U.S. strategy of “showing us as an incapable, inefficient government that will enable a social outburst,” and he adds: “the way out for us is to denounce everything related to that hostile policy. The media machine, very well-articulated on the Internet, works to make invisible the effects of the blockade and its alliance with subversion: The first creates serious difficulties and the second only blames them on the socialist system.  As a friend commented to me: The Amazon burns and it is Bolsonaro’s fault, never is it the extreme exploitation provoked by capitalism, but diesel is scarce in Cuba and socialism is the culprit, in spite of the efforts of the United States to prevent its arrival to the Island; this is a perfect example why constant communication in all directions is decisive.

It is no coincidence that in such circumstances, on the eve of an intervention by President Díaz-Canel, to explain the effect of the U.S. measures and how the Cuban government is confronting it, the Twitter accounts of the main Cuban media, several ministries and dozens of journalists and communicators have been blocked. Freedom of trade and freedom of speech, sacrosanct principles of the dominant imperial discourse, are being set aside in the U.S. war against Cuba, but the world should not know.

Source: La Pupila Insomne, translation, Resumen Latinoamericano, North America bureau

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