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La más bella la vi en mi mamá. O mejor, se la regaló ella al mar de Cuba, en las playas de Santa María, a las afueras de La Habana.

Y ese mar hizo que yo viera en ella los ojos más maravillados del universo.

Fue durante su primera visita a esa Isla para reencontrarnos, no me acuerdo ahora la fecha. La última vez que nos habíamos visto fue en el aeropuerto de Quito, unos pocos años antes, en una situación bien diferente.

Yo estaba rodeado de policías, sin la posibilidad que alguien se me acercara. Cuando escuché decir: “¡A mi hijo no se me lo llevan sin que le de un beso!”. Bajita de talla, la vi apartar a los uniformados a empujones, hasta llegar a mis brazos y llenarme de besos. Mi padre la seguía. Es que me expulsaban, luego de pasar tres meses encarcelado por motivos políticos.

Extrañamente, en esos breves momentos sus ojos no soltaron llanto. Y ella es de lágrima fácil. Pero tenían un brillo indescifrable.

Ahora estábamos en La Habana, más libres que el viento y los sueños.

Apenas nos bajamos del auto me agarró del brazo. Yo había notado que cada vez que salíamos a caminar ella se prendía de mí. Estoy seguro que era para protejerme, para que los malos no pudieran volverle a robar y hacerle daño a su “niño grande”. Por más que yo le repetía que en Cuba nada me pasaría, ella mejor se aseguraba. 

No teníamos apuro, pues el mundo y su tiempo eran nuestros. Ella apenas tenía como sesenta años y había bailado buena parte de la noche.

Nos tomamos un trago de ron bajo ese sol que ya calentaba, y me la fui llevando despacito para acercarnos a la playa. Mi padre nos seguía, como el mejor guardaespaldas. Unos arbustos y un entramado de palmeras impedían ver el mar.

De un momento a otro lo tuvo al frente, azul turquesa, clarísimo. Ella se quedó muda, boquiabierta. Por esos ojos y esa boca se tragó toda esa inmensidad. Solo alcanzó a decir: “¡Qué belleza! ¿Esto es el mar?”

No se pudo mover durante muchos instantes, hechizada. Yo sentía cómo su mano apretaba mi brazo. Luego me abrazó, me besó y agradeció a la vida por estar vivos. Y otros besos por haberla llevado a ver esa magia vuelta agua.

Había pasado casi toda su vida a tres horas del Pacífico, en carro, sin saber lo que era el mar. Las economías familiares no lo habían permitido.

Nunca pudo creer que existía tal y como yo se lo contaba.

 

*Hernando Calvo Ospina, periodista, escritor e investigador colombiano residente en Francia.

Enviado por el autor a: Martianos-Hermes-Cubainformación

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