Andrés Marí - Cubainformación / Fundació Vivint.- Iniciándose el mes de junio del ‘Año de la Pandemia’ --como ya muchos lo nombramos entre la ironía y el susto--, baja en la ciudad de Miami un telón de filigranas doradas con 77 encajes bordados en la isla grande de enfrente.


La muchacha alegre que siempre fue Miriam Lezcano se graduó, como muchos otros jóvenes en los años 60-70, en la Escuela Nacional de Arte fundada por Fidel y el Ché. Allí vivió el esplendor de unas ‘Ruinas’ esbeltas que nos fueron echando sueños y muchas ganas de hacerlos reales en el complejo mundo teatral donde nos insertaríamos y donde debían ver nuestra esperanza. Éramos los hijos teatrales de una Revolución triunfante que nos regaló la oportunidad, plena y natural, de estudiar la creatividad escénica con decenas de especialistas cubanos y de otros países. Y significando ello   una fuerte presión que cada uno de nosotros sintió, entendió, guió y cumplió como pudimos.

Miriam mostró sus cartas de gloria bien pronto en una puesta inusual de la gesta de Girón. Con sus estudios en el Teatro de Arte de Moscú regresó a la isla para situarse, con rostro propio, junto a los Grandes y a los que sorprendió con unas lecciones stanislavskianas y brechtianas que –insólitas en los reinos de Vicente Revuelta--, conmovió al ‘Teatro Político Bertold Brecht’.

Al fundarse el ‘Grupo Teatro Mío’ –ella como directora artística y Alberto Pedro como dramaturgo--, se había creado el romance más valioso del Teatro Cubano. Ambos, y en compañía de estupendos actores, actrices y otros artistas escénicos, desnudaron nuestras tablas de algunas telarañas y plantaron un hito de propuestas estéticas que arrasó con sonados aplausos en los escenarios de entonces.

Con la temprana muerte de Alberto Pedro, Miriam, en un tour de force de pequeñas acciones físicas y distanciándose de su dolor, cogió el caminito de Cubanacán y recordando a la ENA y a Cuba en forma de candilejas de su deslumbrante carrera artística, vio cada una de sus puestas en escena en una fila de bóvedas, pasillos, bosques, aguas de río contaminado, uniformes, marchas, mágicos matutinos y con todo aquel mundo de asombros y de amigos que nos acompaña siempre a los graduados de la ENA, fue feliz. Así, Miriam, en plena elaboración de la tristeza y sin sucumbir a ella, sonrió al observar que era la directora teatral más importante de nuestra generación y a la ENA debía ir para recordarle que ya había cumplido la dura misión que nos encomendaron a todos: ser la generación de la esperanza.

 

* Andrés Marí es escritor, profesor y actor cubano residente en Catalunya.

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