Andrés Marí - Cubainformación / Fundació Vivint.- Algunas personas asocian la libertad con la propiedad y sobre todo con la gran propiedad privada que, según defienden, puede tocar a las puertas del ciudadano más pobre de cualquier país, excepto a los de Cuba, la isla de ‘los esclavos’. De ahí que griten y hagan Campañas ‘Solidarias’ buscando propietarios para el terruño. Intentan explicar, como los eternos socorristas del ahogo, que necesitan bien mansas las aguas.


 

Cuando hablan de la propiedad comunitaria, cooperativa y colectiva en Cuba –lograda en muchos países por influencia directa  del ‘degenerado colectivismo comunista’--- se refieren a nosotros como de unos blandos minerales ideológicos que no nos completamos con el paso que ellos descubrieron siendo Segundones y –camuflándose la ira-- se bautizaron con los muy graciosos términos de negociantes y accionistas cuando casi todos son, en realidad, trapicheros de quincallas, traficantes de chinchales y donde, a veces, unos pocos se salvan de sus ansias de grandeza y los más la pasean por los chanchullos de sus amos mientras no les llega el destino que los envuelva en la ostentación de su rapiña.

Por eso para todos esos y sus dueños existió aquel día en que un Titán de barro y de estrellas los mandó a comerse todos los mangos de Baraguá. Y aun hoy, contra todo pronóstico, ya reconocen una diablura necesaria en sus mapas humanos que –a pesar del anacronismo--, se debe a las históricas cagaleras que a sus antepasados les produjo aquella comilona ordenada por 'un negro'.

¡Bella estirpe, cubanos, nuestra isla de ‘esclavos’! Una ‘esclavitud’ que sigue rondando el planeta a ver si algún día los comemangos con diarreas dejan de seguir pensando que “no hay alternativas”. Creen que para garantizar la pervivencia de una ‘cierta’ mayoría en la sociedad –como en la Teoría de los Dos Tercios, de Margaret Thatcher en el ‘Reino Unido’ y de Reagan en ‘EEUU’--, se hace imprescindible tener a Un Tercio de la población en el vacío de los cielos más sordos y que, por la sordidez de tal paisaje, los del Segundo Tercio se conforman con lo recibido y mantienen equilibrada la balanza para no ser arrastrados por el Tercer Tercio que, finalmente, por el mismo Orden y 'los apuros del negro y la negrada' acabarán por dinamitarlos.

Quizás porque los cubanos ya conocemos la historia, la trampa de la atracción con ser Segundones --según los azares de nuestro sino y nuestro esfuerzo--, nos evita comernos el queso de los ratones y en la isla se prefiere, al menos por ahora, no responder al Canto de las Sirenas y que siga obrando en Cuba la distribución de la riqueza para los Tres Tercios de su población. No les atrae --y de nuevo por ahora--, apostar por una imaginaria mayoría de rateros y comemangos en exceso.

Pero el Tercio Único y extranjero, todavía hallando tropas en el Segundo Tercio, insiste en esclavizarnos porque piensan --a todas horas—que si el sol tiene manchas, penumbras y sombras sobre las que recae un magnetismo natural y es el poderoso sol, ¿cómo no aceptar, como algo bienhechor para su reinante sociedad zoológica, que haya esclavos para abrirles los fructíferos surcos a sus majestades? Creen que la verdadera propiedad es singular y que hacerla plural es como crear un rayo que nos parta en mil pedazos sin títulos de propiedad.

¿Es que estos creyentes no conocen que en el sol todas sus partes son las legítimas propietarias de todos los fuegos? ‘¡Bueno, sí, es así, bien, pero todas esas partes saben que son propietarias!’ --quizás me digan y me sigan diciendo--, ‘mientras que en Cuba, prácticamente, ninguna persona, ni familia, ni comunidad sabe decirme con exactitud qué es eso’. ¿Es así, cubanos? ¿Es que no sabemos existir, y existir bien, con las tantas propiedades que tenemos? Con 110,860 Kilómetros cuadrados de superficie estamos muy obligados –como reales propietarios de un país entero--, a aprendernos la fuerza de los dueños, no para tener esclavos, pero sí para hacernos hermanos y cuidar la siempre tierna fraternidad.

Fijémonos que por las montes de güijes y los campos llanos inundados de marabú ya no tenemos tantos mameyes, ni naranjas, ni anones, ni papayas, ni nísperos, ni guanábanas, ni anoncillos, ni guayabas, ni tamarindos, ni chirimoyas, ni caimitos, ni piñas, ni platanitos, ni toronjas, ¡ni mangos!… ¡Por favor, compañeros, que por frutas no quede! Aunque no sean para nosotros, que sean para los nietos. ¡Vamos a estar aquí y no en la cola del pan! Que nadie diga que fertilizar la tierra con nuestros brazos es trabajo de negros o de esclavos.

Ya me dirán qué haremos si a alguien se le ocurre otro Pacto del Zanjón. O nosotros mismos cuidamos nuestras propiedades o nosotros mismos las ignoramos y regresamos a no tener nada. Esto último es más fácil de lograr que lo primero, siempre complejo, extraño y, vaya usted a saber si ‘los esclavos’ pueden superar las maromas de entenderse, creer en sus capacidades y, sobre todo, desmentir y vencer a los Dos Tercios que en Cuba, hasta hace pocos años, fueron los dueños de todas las palabras y en la espalda ya adolorida nos encajaban la última.

Ya no tenemos a aquel Titán de Soles que, en nuestros lugares sombreados iguales a los del astro rey, ponía la pica, encendía el amanecer como a la niña de sus ojos y daba la orden para que los capitulacionistas coman mangos hasta que revienten. No hay muchas opciones, queridos míos, solo hay dos y --vamos a darles alguna razón a los que juntaron la libertad con la propiedad--, somos libres o seremos esclavos, y esclavos –hablemos con toda la plata de la historia-- ‘sin comillas’.

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* Andrés Marí es escritor, profesor y actor cubano residente en Catalunya.

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