Rosa Miriam Elizalde.- Soplan vientos de cambio en Washington. Anthony Blinken ofreció esta semana una fugaz declaración sobre Cuba en una entrevista a la cadena MSNBC en la que derribó, pieza a pieza, el tablero mundial de su antecesor Mike Pompeo. Cuando la periodista Andrea Mitchell le preguntó si revocará la inclusión de la isla en la lista de países patrocinadores del terrorismo, la respuesta del nuevo secretario de Estado se redujo a estamos mirando todo.


El todo es el atado de sanciones que dejó Donald Trump como regalo envenenado para Joe Biden. El apretón de tuercas que comenzó en la primavera de 2017 con el pretexto de unos ataques sónicos a diplomáticos estadunidenses en La Habana –que hasta el sol de hoy nadie ha podido probar–, terminó en las últimas cuatro semanas de la administración republicana con decenas de medidas unilaterales y la inclusión del país caribeño en la lista maldita.

Pero el papel hostil de las administraciones estadunidenses ante la irritante costumbre de la revolución cubana de defender su soberanía, ni comenzó con Trump ni se quedó sólo en el plano de las decisiones públicas de la Casa Blanca.

Desde 1959, Estados Unidos se ha apoderado de la oposición cubana, tanto dentro como fuera de la isla. En 1960, la propuesta del presidente Dwight D. Eisenhower para acabar con Fidel Castro fue una poderosa ofensiva de propaganda, una organización encubierta de inteligencia y acción en la isla y una fuerza paramilitar fuera de Cuba para futuras acciones guerrilleras.

Cuando la contrarrevolución empezó a dar señales de indolencia, Eisenhower ordenó al jefe de la CIA, Richard Bisell: Si no puedes domesticarlos, no los ayudes. En su libro Reflections of a Cold Warrior, Bissell cuenta que la principal tarea de la agencia en Cuba era un programa para fabricar una oposición que fuera responsable, atractiva y unificada. En 1961, la CIA montó en barco a todo el que pudo y lo fletó a una invasión por Playa Girón, en la costa sur de Cuba, con la idea de que los opositores internos completarían el trabajo en 24 horas. Las acciones militares fueron planeadas por el republicano Eisenhower y puestas en práctica por el demócrata John F. Kennedy, por cierto.

Desde entonces, han fracasado una y otra vez, pero aun así insisten en dirigir y financiar esa oposición responsable, atractiva y unificada, con la mala suerte de que ha carecido de las tres cualidades. Ni siquiera ha podido llegar a ser oposición, en puridad de términos, por esa manía de Washington de dirigirla con descaro y millones de dólares de sus contribuyentes. Hasta hoy. Los funcionarios del Departamento de Estado de Trump llamaron colegas a estos disidentes. Ti­mothy Zuñiga-Brown, embajador en funciones en La Habana, no sólo los recibió calurosamente en una embajada que ha cancelado los trámites consulares en medio de una pandemia y obliga a los cubanos con familia en EU a pedir visa en México y Guyana, sino que hizo de chofer y guardaespaldas de los susodichos opositores que, agradecidos, clamaban en Facebook que Trump era (y sigue siendo) su presidente.

Zúñiga-Brown tiene la altura intelectual de Romulus M. Saunders, el ministro de EU en España durante la administración de James Polk, que negoció un acuerdo secreto con Madrid en 1848 para comprar a Cuba por 100 millones de pesos. El entonces secretario de Estado se quejó de “haber colocado en tales manos la misión de adquirir la perla de las Antillas… Debe admitirse que se pudiera haber escogido a un agente más hábil, a fin de desenvolver la negociación con España, ya que nuestro actual ministro en Madrid no habla otro idioma sino inglés y aun éste, a veces lo asesina”.

Uno de los intelectuales cubanos más notables del siglo XIX, Domingo del Monte, que como buen criollo de la época no tenía ni un solo átomo de aprecio por los representantes imperiales, definió a Saunders como “el pelele que estaba de embajador –patán campesino, muy obtuso y aguanajado–”. ¡¿Obtuso y aguanajado?!, ni que hubiera tenido frente a él al enviado de Trump en La Habana.

En la Casa Blanca se olvida con mucha frecuencia que la sociedad cubana no tolera ni la oposición ni la imposición prefabricadas, y es lo que es por rechazo a la intención bicentenaria de EU de comprarse, por las buenas o por las malas, una ínsula en el Caribe. El propio Che dejó escrito que la revolución cubana obró en marxista no por una actitud preconcebida, sino como una solución lógica a los problemas planteados. Y uno de los problemas planteados era la depredación colonial de Cuba y su utilización como gran meublé, gran prostíbulo, gran casino de Estados Unidos.

Si la administración Biden intenta cambiar el tablero de Trump, debería tener en cuenta de una vez que la pieza clave en este ajedrez con Cuba siempre ha sido la reina, la soberana. Es una ficha de alargada sombra en la política nacional y no por casualidad ha terminado dando nombre a dos vacunas.

(Publicado en La Jornada, de México)

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