Geraldina Colotti - Resumen Latinoamericano / Cubainformación.- Ha pasado más de un año desde que, el 11 de marzo de 2020, la OMS definió la propagación del Covid-19 ya no como una epidemia confinada a determinadas áreas geográficas, sino como una pandemia propagada por todo el planeta. Desde entonces, casi 2.700.000 personas han muerto en todo el mundo, casi 950.000 en Europa.


En este momento, Francia lidera la triste clasificación, seguida de España, luego Italia y Alemania. El Reino Unido, que ya no forma parte de la Unión Europea, supera las 126.000 muertes. Estados Unidos sigue siendo campeón del desastre, con más de medio millón de muertes, Brasil ocupa el segundo lugar con más de 300.000 muertes, casi el doble que toda la India, que registra 161.000.

En América Latina y el Caribe, donde persisten los gobiernos neoliberales, la pobreza, la desigualdad y el desempleo avanzan a un ritmo sin precedentes, provocando un aumento de las estadísticas y el continente sigue siendo el más afectado por el virus en el mundo.

Que Venezuela, Cuba y Nicaragua -los tres países considerados el «eje del mal» por el imperialismo norteamericano y por tanto perseguidos y «sancionados» – sean los que más efectivamente han contenido la pandemia, es una prueba más de la necesidad del socialismo, frente a la crisis sistémica del capitalismo dramáticamente resaltada por la pandemia.

¿Quién puede negar, de hecho, que los países que efectivamente se han enfrentado al Covid 19 son los que tienen un estado capaz de planificar porque han mantenido la gestión de los servicios públicos, empezando por China? ¿Quién puede negar que el sentido de responsabilidad colectiva para cuidarnos y cuidar solo puede surgir de una idea reguladora de la sociedad, que pone al ser social en el centro, conectado con el contexto y con otros en función de los intereses de clase de uno y de una?

Pero todo esto lo ocultan los medios hegemónicos, que para ocultar el fiasco del modelo capitalista deben hacernos creer en el fracaso del socialismo en todas sus formas, y tapar los mecanismos de la gigantesca máquina de lucro que está maniobrando la pandemia.

El año pasado, con la retórica empleada para disfrazar los costos de sus políticas pagadas por las clases populares, la directora del FMI, Kristalina Georgieva, utilizó la imagen de un grupo de montañeros frente a un dificil “ascenso”: “Todos estamos atados a la misma cuerda”, dijo refiriéndose al aumento de la deuda en pandemia, más gravoso para los países del Sur.

Salvo que, ya en materia de escalada, hay diferencia de esfuerzo entre el sherpa, que se carga todo el peso, y el turista. Hay una distancia entre la retórica y la realidad, entre las cifras del PIB y las de salarios y pensiones. Cuando el FMI habla de «ayudar a los países del sur», es decir, a aquellos gobiernos que aceptan los planes de ajuste estructural para destrozar a los sectores populares, lo hace de la misma manera que la cuerda sostiene al ahorcado.

De hecho, incluso en Europa, donde algunos países como Italia y Portugal se encuentran entre los 30 más endeudados, se devolvió a los remitentes el llamamiento al Banco Central Europeo de 100 economistas progresistas de renombre mundial como Thomas Piketty y Eric Toussaint. No se puede cancelar la deuda y convertirla en inversiones para la transición ecológica, respondió la presidenta del BCE, Christine Lagarde: las reglas del tratado UE no lo permiten.

Sin embargo, han permitido maniobras poco convencionales sobre la moneda, como la «flexibilización cuantitativa», llevada a cabo por el actual primer ministro Draghi cuando era presidente del BCE. En Europa se ha difundido una retórica según la cual el bienestar de los sectores populares está determinado por el de las empresas, a cuyas exigencias debe adaptarse toda la sociedad. Tanto es así que todas las fuerzas políticas institucionales han confiado el destino de Italia a un gobierno liderado por Mario Draghi, exdirector del Banco Central Europeo.

Y así, mientras una plétora de expertos, portadores o esclavos de los grandes intereses económicos multinacionales, se apresuran a justificar la esquizofrénia de las medidas tomadas para contrarrestar la pandemia; mientras que los industriales y los evasores de impuestos piden una parte cada vez mayor del dinero público, las cifras de Eurostat muestran otra realidad: que la producción industrial ha crecido durante la pandemia.

 Y es comprensible que el mayor número de muertes, para tomar a Italia como referencia, se produzca en las zonas más industrializadas de Europa. Según Inail, el Instituto que documenta los accidentes laborales, los debidos al covid-19 se duplicaron durante la «segunda oleada» (octubre-febrero), frente a la «primera oleada», entre marzo y mayo de 2020: 101.000 frente a 50.610. El 69,6% de las infectadas son mujeres.

La principal medida adoptada por los dos últimos gobiernos italianos, pero también por los demás países de la Unión Europea que determina sus directrices, fue limitar al máximo las obligaciones de las empresas (incluidas las empresas de guerra): que han seguido produciendo y recibiendo 70% de las subvenciones estatales.

En 10 años, la financiación del sistema nacional de salud se ha reducido a la mitad, pero el gasto militar de uno de los principales países de la OTAN, como Italia, ha aumentado en 1.600 millones de euros respecto al año pasado. A pesar de la congelación de los despidos, en 2020 se perdieron 456.000 puestos de trabajo y hay un millón más de nuevos pobres.

Culpar excesivamente el comportamiento individual, sirve para ocultar las razones subyacentes que provocan un promedio de 300 a 400 muertes al día, que deberían haberse contenido inmediatamente con un cierre real, y con una intervención estructural: utilizar dinero público para restaurar el sistema nacional de salud, y el del transporte, vehículo diario de contagio de cuántas y cuántos tienen que ir a trabajar.

¿Qué se puede esperar de un sistema que todas las noches anuncia la potencia de los coches que van a 300 km por hora y luego llora por la gran cantidad de jóvenes que chocan mientras conducen, después de haberse endeudado para comprarlos? Lo que impulsa a los gobiernos capitalistas europeos queda demostrado por las falsas promesas sobre el intercambio de vacunas.

Para refutar las afirmaciones grandilocuentes de que nadie se quedaría atrás en la producción y distribución de vacunas, llegó la declaración de la Organización Mundial de la Salud en enero de 2021. La OMS denunció el «catastrófico fracaso moral» resaltado por la brecha entre las más de 39 millones de dosis de la vacuna administradas a al menos 49 países de altos ingresos y solo 25 (no millones, sino 25) distribuidas a uno de los países más pobres.

Los datos de Oxfam dicen que, hasta la fecha, el 13% de la población mundial en los países ricos ha reservado el 51% de las dosis. La guerra de las vacunas que estamos presenciando en Europa, la subordinación de las instituciones supranacionales a las grandes industrias farmacéuticas a cuyos beneficios se subordina la vida de millones de seres humanos, indica el valor del modelo capitalista en busca de un gigantesco reinicio global.

La Comisión Europea ha mostrado su subordinación a los intereses de la gran industria farmacéutica. Aceptó asumir los riesgos económicos asociados a los efectos secundarios, dejar las patentes y la propiedad intelectual en manos de las empresas, luego de haber financiado los costos de investigación y la compra de vacunas.

En un acuerdo mucho más desventajoso que el celebrado en Estados Unidos para la vacuna Moderna, en la UE las industrias farmacéuticas deciden cantidades y precios, en función de su propio beneficio, como lo demuestra la guerra en curso por el acaparamiento de dosis, tan caótico y feroz como el que se desató por las máscarillas.

Según el New York Times, el Banco Europeo de Inversiones ha otorgado un préstamo de $ 100 millones a BioNTech, sujeto a un retiro de ganancias de $ 25 millones. Beneficios y dominio de los más fuertes incluso dentro de la UE: Italia recibió 9.750 dosis, Francia 19.500, Alemania 151.125.

 ¿Vacunas a cotizar en bolsa, como ya ocurre con el agua pública? El secreto de los contratos impide que incluso los eurodiputados conozcan los términos y condiciones. Las cláusulas ni siquiera permiten a los gobiernos sancionar el incumplimiento de las entregas, como demuestra el caso de AstraZeneca.

En Anagni, no lejos de Roma, se descubrió un depósito que contenía casi 30 millones de vacunas de esta empresa: casi el doble de las que recibe la UE. ¿Para quién estaban destinados? Al Reino Unido, se ha dicho, que ha abandonado la UE. Catalent, la multinacional estadounidense que los produce, que ha comprado la planta de Bristol en Anagni y que tiene oficinas y redes comerciales en varios continentes, incluido el latinoamericano, balbuceó una disculpa.

Sin embargo, diversas investigaciones revelan que las vacunas AstraZenica ya se producían en Anagni desde octubre de 2020, cuando aún no había llegado el permiso de la Agencia Europea de Medicamentos. Luego, resultó que las tasas de eficacia de la vacuna proporcionadas por la empresa no eran actualizadas y fueron reducidas de un 10%.

Sin embargo, la propaganda capitalista arremete contra la seriedad de la investigación científica en China, Rusia o Cuba, o se ríe de la eficacia del Carvativir.

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