Jesús Arboleya - Progreso Semanal.- En la política actual, ha devenido casi una rareza hablar de solidaridad hacia el resto de las personas. La imposición del individualismo, como filosofía de vida, es la resultante del auge alcanzado por la ideología capitalista a escala planetaria. Su expresión en el mercado es el “consumismo”, entendido como el ansia irracional de consumo, a la larga una tragedia, porque establece una falsa medida de la felicidad, que el sistema resulta incapaz de satisfacer. Esta relación entre expectativa e insatisfacción, puede resultar un buen patrón para medir la salud del capitalismo contemporáneo. 


Una de sus consecuencias más evidentes es el desborde la migración internacional, mucha gente emigra en pos de la ilusión consumista, que llega a través de los medios informativos y culturales a los lugares más recónditos del mundo. También plantea el dilema de la sostenibilidad del sistema de cara al medio ambiente, toda vez que la ambición por consumir parece destinada a arrasar con la vida del planeta. Por último, es una de las causas de la ingobernabilidad que se aprecia en muchos países y a escala global.

El manejo de la pandemia es una prueba de ello. No han sido razones de capital, científicas o industriales las que han impedido generalizar las vacunas y así frenar la expansión del virus, sino la lógica del sistema, donde imperan las reglas del mercado, las diferencias sociales y la asimetría de poder entre los países. El neoliberalismo ha costado millones de vidas a la humanidad, dicho en las palabras que exige la diplomacia, este es el veredicto de la OMS, la ONU, incluso del papa Francisco.

Llama la atención que han sido muy escasas las reacciones populares frente a este estado de cosas. Es cierto que son pocos los políticos que han sobrevivido a una elección en medio de la pandemia, pero las mayores expresiones de oposición a la gestión de los gobiernos han estado más centradas en el rechazo a las medidas colectivas de protección que a las desigualdades imperantes, lo que reafirma el peso del individualismo en la ideología de las personas y sus efectos, a veces devastadores. 

La derecha se ha alimentado de esta corriente y el neofascismo gana terreno en todo el mundo, incluso en Estados Unidos, epicentro del sistema capitalista mundial. Donald Trump es, sobre todo, un fenómeno ideológico. Pero el individualismo no es patrimonio absoluto de la derecha, al contrario, el liberalismo se funda en esta filosofía y es la razón por la que el gobierno de Joe Biden resulta incapaz de enrumbar la política en otra dirección, lo que explica la continuidad trumpista que se aprecia en muchas de sus acciones. 

Biden no puede tener una política migratoria esencialmente distinta a la de Donald Trump, porque se lo impide la corriente política predominante en la sociedad norteamericana. Está sustentada en el deterioro económico de la clase media, base social del sistema, y es consecuencia de factores objetivos, relacionados con la pérdida relativa de la hegemonía estadounidense. 

La guerra en Ucrania es otra expresión de la crisis del sistema neoliberal globalizado. No hay que absolver a los rusos de sus culpas, y el drama humanitario que conllevan, para entender que ha sido una guerra instigada por Estados Unidos, enfrentado a la incapacidad de competir con ventaja dentro del propio orden neoliberal que ellos promovieron, cuando la plena libertad de comercio y el flujo de los capitales resultaba funcional a sus intereses.

Putin tiene razón cuando dice que el resultado de la guerra en Ucrania será el avance de un nuevo orden internacional, pero no será por mérito ruso, aunque ganen la guerra, como casi todos esperan. Más allá de consideraciones éticas, la invasión fue un error, porque colocó el conflicto en el terreno que más conviene a los norteamericanos. Gracias a ella, Estados Unidos ha logrado concretar negocios fabulosos, vender armas por tubería, dominar el escenario diplomático internacional e imponer la narrativa mediática que rige la opinión pública del mundo. 

Sin embargo, para logarlo se han violentado tantas normas del orden mundial, que nadie se siente seguro bajo las actuales reglas del juego. Lo que queda a los norteamericanos es tratar de administrar la decadencia del sistema que ha servido de base a su hegemonía en la pos guerra fría y esa es la señal más relevante del escenario político mundial. 

El peligro radica en que nadie sabe lo que viene, porque el peso de la cultura hegemónica es muy potente en ese país, sus ventajas han sido extraordinarias para los sectores de poder, en buena medida también toda la sociedad se ha beneficiado de esa condición y el liderazgo estadounidense es tan primitivo, que resulta difícil suponer que el sistema optará por rendirse ante la multipolaridad, sin ofrecer una resistencia que puede resultar muy destructiva para todos. Biden no grita “América primero”, sin tapujos, como hace Donald Trump, pero de seguro piensa lo mismo.

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