Arantxa Tirado - Publicado originalmente en eldiario.es.- EEUU se resiste a que China pueda convertirse en la superpotencia que lo desplace de su papel de 'hegemón', lo que trastocaría por completo el orden internacional emanado de la Segunda Guerra Mundial.


La Cumbre de la OTAN en Madrid ha dejado un reguero de declaraciones, análisis y opiniones. Desde la obviedad de calificar de “histórica” la Cumbre, pasando por las palabras del ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de España parangonando la importancia del encuentro con la caída del Muro de Berlín hasta quienes repiten que la guerra de Ucrania es el desencadenante del nuevo concepto estratégico de la OTAN o, incluso, de un cambio en el orden mundial.  

Sin duda, la invasión de la Federación de Rusia a Ucrania está teniendo un impacto en la economía mundial agudizando los problemas estructurales ya existentes y añadiendo nuevos desafíos a la agenda global. También marca cambios con claras implicaciones geopolíticas pues no es Estados Unidos de América (EEUU), sino uno de sus principales retadores hegemónicos, quien inicia una guerra de agresión contra otro territorio ubicado, además, en la misma Europa. Pero sólo desde la miopía o el desconocimiento absoluto se puede afirmar que el sistema internacional ha cambiado por la guerra de Ucrania o que la OTAN actualiza su concepto estratégico debido a la agresión rusa. Afirmarlo es confundir consecuencias con causas, sacando del análisis los movimientos que se han estado produciendo en los últimos años en la geopolítica mundial.

La guerra en Ucrania seguramente explica por qué la OTAN ha pasado de la “muerte cerebral”, como dijo el presidente francés Emmanuel Macron en 2019, a una ampliación territorial acompañada de un revitalizado protagonismo político donde todos los países integrantes parecen asumir, sin fisuras ni atisbos de crítica, los intereses geoestratégicos de EEUU. Pero la guerra no explica cómo se ha llegado a la conformación de bloques antagónicos justificados bajo discursos propagandísticos sobre valores que recuerdan a los tiempos de polarización ideológica de la Guerra Fría, aunque no exista una contraposición tan clara de modelos económicos como entonces. Es la confrontación entre potencias, expresada sin ambages en el Concepto Estratégico OTAN 2022 emanado de la cumbre, la que lleva a la creación de bloques geopolíticos antagónicos. Sin este antagonismo, que responde a intereses de expansión económica y política a priori incompatibles, no se pueden entender las guerras existentes y las que -seguramente de manera inevitable- están por venir. 

La mención en esta cumbre de China como un país que plantea “desafíos sistémicos”, pese a ser un actor que se encuentra fuera del alcance territorial de una alianza creada para la defensa del Atlántico norte, da pistas sobre esos movimientos geopolíticos que están configurando un nuevo orden. A la vez, demuestra cómo la OTAN es en realidad una alianza al servicio de los intereses geoestratégicos de EEUU. La idea de China como amenaza está presente en todas las Estrategias Nacionales de Defensa de las últimas administraciones estadounidenses, también en el adelanto de la todavía inédita de 2022, que caracterizan a China como “competidor estratégico” al que hay que “disuadir”. Añadiéndolo en el nuevo concepto estratégico la OTAN deja en evidencia qué está en juego en este orden mundial en transición geopolítica. Se trata de la pugna entre EEUU y China por la hegemonía en el sistema internacional. EEUU se resiste a que China pueda convertirse en la superpotencia que lo desplace de su papel de hegemón, lo que trastocaría por completo el orden internacional emanado de la Segunda Guerra Mundial. La propia Agenda 2030 de la OTAN en 2021 apuntaba cómo el ascenso de China estaba cambiando radicalmente el equilibrio de poder. La OTAN, es decir, EEUU, lleva tiempo acusando a China de “socavar el orden internacional basado en normas” e ir “contra nuestros valores e intereses”. Como bien sabemos que ni EEUU ni la OTAN han respetado las normas cuando se trataba de defender sus intereses geoestratégicos en Yugoslavia, Irak, Afganistán o Libia, por poner sólo algunos ejemplos recientes, seguramente el problema de EEUU (y ahora también de la OTAN) con China radique en los intereses desplazados por el dominio chino en el 5G, la infraestructura crítica, los materiales estratégicos o las cadenas de suministro. 

No sabemos cómo será el reparto de poder en el sistema mundial del futuro, pero sí sabemos que EEUU no se resistirá fácilmente a perder su dominio. De hecho, detrás de muchos conflictos, invasiones y golpes de Estado de los últimos tiempos encontramos el rechazo de EEUU a aceptar un orden multipolar donde tenga que compartir poder de verdad con otras potencias emergentes con proyección económica, comercial, militar o demográfica. Un nuevo orden que se expresa en el desplazamiento del poder mundial a la región de Asia Pacífico, la Nueva Ruta de la Seda impulsada por China, la existencia de los BRICS, la creación de mecanismos de concertación regionales, como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), que ejercen de contrapeso geopolítico a los organismos estadounidenses, o la multiplicación de alianzas Sur-Sur. Pero que también se observa en la negativa de la mayoría de los países del Sur Global a plegarse a la visión del mundo y los intereses de EEUU en el marco de instituciones multilaterales como Naciones Unidas. No es casual que uno de los puntos destacados de la Agenda 2030 que la OTAN presentó en 2021 fuera profundizar y ampliar los mecanismos de consulta política entre sus miembros para llegar con posiciones comunes a la Asamblea de Naciones Unidas o al G-20. Se trata de construir un perfil de la OTAN cada vez más político que sirva para aglutinar visiones entre sus miembros y actuar como bloque en el marco de otras organizaciones. 

El uso de la OTAN que hemos visto estos días para reforzar un bloque geopolítico atlantista deja pocas esperanzas a quienes anhelaban una Europa que pudiera tener un papel protagonista, como bloque geopolítico independiente, en el proceso de transición geopolítica en el que nos encontramos. Los países miembros, y la Unión Europea (UE) en su conjunto, parece haber abandonado, si alguna vez la tuvo, la idea de la autonomía estratégica. Ya nadie recuerda a Charles de Gaulle sacando a Francia de la OTAN en 1966, ni las propuestas posteriores para defender la soberanía del continente, como las de Francia o Alemania, que abogaban hasta hace poco por construir en paralelo a la pertenencia a la OTAN una arquitectura de seguridad y defensa propia, bajo la lógica de los intereses europeos. Lejos queda también la doctrina Sinatra que proponía Josep Borrell en 2020, con la apuesta por una Europa que no acabara “aprisionada en la relación conflictiva entre EEUU y China” lo que pasaba por aumentar la autonomía estratégica de la UE, de la mano de EEUU, eso sí, pues asumía el concepto de rival sistémico para designar a China a pesar de calificarlo de socio estratégico. Una disociación digna de estudio. 

Hoy la mayoría de los países de la UE pertenecen a la OTAN y, después de esta última cumbre, se han posicionado claramente en el choque de titanes sino-estadounidense para respaldar sin matices la estrategia de competición estratégica con China que lidera la administración Biden. Con ello han mandado un mensaje poco diplomático a su principal socio comercial, China, al que se trata en esencia como a un rival sistémico, olvidando que es un socio estratégico con el que hay que negociar. No parece una jugada muy inteligente si tomamos en consideración que una de las premisas del comercio son las buenas relaciones entre las partes. Y parece todavía menos inteligente que lo haga una Europa debilitada económicamente y sin soberanía energética, como está dejando en evidencia la guerra en Ucrania. El “chantaje” ruso no es el único culpable de la crisis de abastecimiento energético que enfrentan países como Alemania pues cabe recordar que EEUU lleva años presionando para evitar que este país pudiera ser abastecido desde Rusia a través del gasoducto Nord Stream II, algo que Alemania finalmente ha aceptado, a costa de sus intereses. Una expresión elocuente de cómo asumir la agenda estadounidense no necesariamente implica beneficios para los países europeos. 

Ahora que la Cumbre de la OTAN en Madrid ha dejado claro que las alianzas en el sistema internacional seguirán cada vez más una lógica binaria que retrotrae a conductas vistas en época de Guerra Fría, conviene recordar algunas ideas de uno de los padres de la doctrina de la contención contra la Unión Soviética, George Kennan, sobre la importancia de saber identificar con precisión al adversario. Kennan alertaba de cómo EEUU se equivocó al atribuir a los líderes soviéticos objetivos e intenciones que no tenían, provocando hostilidades que acabaron siendo profecías autocumplidas. Sería bueno que los líderes de la Alianza Atlántica tomaran nota de las reflexiones de Kennan y se miraran en el espejo. Quizás así se darían cuenta de que para la mayoría de la población mundial la amenaza no es China sino el dominio occidental, en el que los europeos están demostrando no ser más que una comparsa.

 

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