Roberto Savio.- Después de varios años de una permanente campaña de desprestigio en contra de las Naciones Unidas, ahora son las llamadas instituciones gemelas de Bretton Woods ‹el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional‹, las que se encuentran en crisis política y económica. Instituciones hasta hace poco intocables en su prestigio y credibilidad, solo denunciadas por la sociedad civil, siempre gozaron de una estable consideración por el sistema de información internacional. 
La lujosa sede del Banco Mundial en Washington.

Ahora, tras una década de continuas acusaciones sobre la corrupción, ineficiencia y despilfarros de las Naciones Unidas (que ha sido obligada a reducir la tercera parte de sus efectivos, a pesar de costar menos que los bomberos de Nueva York), los reflectores pasan de Nueva York a Washington.

Al final, las grandes acusaciones sobre la ONU se redujeron a dos hechos concretos: que el hijo de Kofi Annan había ganado casi 80 000 dólares de manera dudosa y que el funcionario encargado de la operación Petróleo por Alimentos, Benon Savan, había registrado de manera misteriosa 140 000 dólares en su cuenta personal.

Y este es el FMI.

En verdad, el escándalo de los sobornos en la venta del petróleo de Iraq alcanzaba los 12 000 millones de dólares, y la operación estaba en manos de los países involucrados, y en particular de compañías norteamericanas.

Esta abrupta pérdida de inmunidad se debe a tres causas que, si bien separadas, finalmente confluyeron debido al festival mediático creado en torno al ex presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz.

La primera se viene desarrollando desde la caída del muro de Berlín y la consiguiente revancha del capitalismo salvaje, a través de la puesta en marcha de la globalización neoliberal, que hace del mercado el único criterio válido para las relaciones internacionales, y prescribe ajustes internos en cada país.

La base conceptual de este tipo de globalización es el llamado Consenso de Washington, por el cual el gobierno de Estados Unidos y las criaturas de Bretton Woods postularon durante dos décadas una minuciosa revisión de las políticas monetarias y económicas y exigían ajustes estructurales para minimizar el papel del estado, privatizar todo lo posible, eliminar costos sociales no productivos (como enseñanza y salud) y las tarifas aduaneras con la finalidad de abrir las puertas a las inversiones extranjeras.

Esta política, que se llevó adelante con fervor ideológico, es hoy reconocida como la causa principal de la crisis monetaria asiática de los años 90.

La segunda causa es que la campaña contra el multilateralismo lanzada por la administración Bush alcanzó de rebote a las instituciones de Bretton Woods.

El portavoz de lo privado contra lo público, el Wall Street Journal, impulsó una campaña aduciendo que con la globalización y la asunción del mercado como parámetro único de las relaciones internacionales, se podía prescindir de estas instituciones.

La tercera causa es que la sociedad civil global ya es una realidad, aunque sin una estructuración real. El Foro Social Mundial es solo la punta de un iceberg.
El Banco Mundial se halla en una crisis financiera de la que no se habría salvado aunque Wolfowitz no hubiera caído acusado de corrupción. Tendría que reunir por lo menos 16 000 millones de dólares para restablecer su capital operacional.
Más grave es el caso del FMI. Sus ingresos bajaron de 3 190 millones de dólares en el 2005 a 1 309 millones en el 2006, que caerán este año a la mitad. El déficit se debe a que cada vez menos países solicitan al FMI sus créditos condicionados (1Ž4 ) Por lo tanto, merman los intereses que recibe por sus préstamos.
 
Como remate, el 5 de mayo, China, Japón, Corea del Sur y los 10 países de la Asociación del Sudeste Asiático crearon un fondo para la mutua prevención de crisis financieras, respaldado por sus ingentes reservas monetarias, despidiéndose así del FMI. Unos días después, los países del MERCOSUR se adhirieron a la propuesta venezolana de un banco sudamericano que persigue propósitos semejantes.

El FMI, aislado y deficitario, tendrá ahora que aplicar en carne propia las políticas de ajuste estructural que impuso a los países del Tercer Mundo.

La crisis de Bretton Woods es el último acto de la crisis de la arquitectura financiera internacional. Al final de la Segunda Guerra Mundial, siempre orientado por Washington, supo crear las Naciones Unidas y los gemelos de Bretton Woods. Después de la Guerra Fría, Estados Unidos cambió de rumbo, se dedicó a imponer la globalización y a resistir toda reforma del sistema internacional.

Ahora la crisis ha llegado a su propia casa y convulsiona sus instrumentos privilegiados. Es evidente que no hay gobernabilidad cuando el sector financiero, que es 20 veces mayor que la producción de bienes y servicios, no tiene mecanismos de gobierno y de autocontrol. Con Naciones Unidas relegada básicamente a las políticas de desarrollo y las instituciones de Bretton Woods enfrentadas a una profunda revisión, ¿los dramáticos temas del cambio climático serán suficientes para crear una nueva conciencia de que el mercado sin reglas no soluciona los problemas de una gobernabilidad internacional para todos los ciudadanos, ricos y pobres?

Tomado de un artículo de Roberto Savio, fundador y presidente emérito de IPS y miembro del Comité Internacional del Foro Social Mundial.
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