Jesús Arboleya Cervera - Progreso Semanal.- El déficit comercial constituye una de la obsesiones de Donald Trump. Según la lógica del presidente norteamericano, este déficit es el resultado de las prácticas abusivas de muchos países contra Estados Unidos y de la incapacidad de los gobernantes anteriores para imponer los intereses del país en las negociaciones.


Para resolverlo, ha cancelado importantes acuerdos comerciales e impuesto tarifas de castigo a la importación de ciertos productos, dando lugar a una guerra comercial que ha afectado el sistema mundial capitalista y complicado las relaciones de ese país con sus principales socios.

Se supone que ello responde a una actitud nacionalista, en defensa de los empresarios y trabajadores norteamericanos, colocados en desventaja frente a los competidores extranjeros. “America First” es la consigna que, en buena medida, llevó a Trump a la presidencia y sostiene su popularidad en un segmento de la población estadounidense.

Efectivamente, la creciente globalización de la economía mundial, ha tenido consecuencias negativas para la industria manufacturera norteamericana. En el pasado, una de las principales fuentes de empleo del país.

Esto ha afectado a buena parte de la llamada clase media trabajadora blanca, la cual llegó a alcanzar un nivel relativamente alto de vida, sin necesidad de una gran calificación. Trump representa la puja de estas personas por recuperar el estatus perdido o el temor de perderlo, dando forma a un movimiento social muy retrógrado, que exacerba los conflictos de la sociedad norteamericana.

Abarca aproximadamente a un tercio de los votantes y se describe compuesto de manera mayoritaria por hombres republicanos blancos, de relativamente bajo nivel cultural, muy participativos en las elecciones y bastante vociferantes en el debate nacional, lo que lo potencia su peso en el balance político del país.

Este movimiento cuenta con el apoyo de algunos millonarios de extrema derecha, convertidos en los patrones de muchos políticos ultraconservadores gracias al sistema electoral vigente, así como de sectores del capital sionista y de importantes ramas de la iglesia evangélica. Dispone, además, de una poderosa infraestructura comunicacional, capaz de influir en todo el tejido de la sociedad.

El descontento de estos sectores plantea un dilema para la estabilidad del régimen, en tanto forman parte del núcleo social que, hasta ahora, ha servido de sustento al American Way of Life.

También refleja una contradicción para el ejercicio de la hegemonía estadounidense, toda vez que si bien es apreciable la pérdida de competitividad de la producción manufacturera, no ocurre lo mismo con todo el capital norteamericano, muy bien posicionado en el mundo financiero, las empresas de alta tecnología, los servicios especializados y las inversiones transnacionales.

Es muy probable que cuando un producto de cualquier país desplaza a un competidor norteamericano del mercado nacional o internacional, otros sectores del capital estadounidense se beneficien como inversionistas de las empresas extranjeras, financieros de sus operaciones o mediante la oferta de servicios legales, de seguros, marketing y la comercialización de estos productos, entre otras posibilidades.

Lo más conveniente para ese gran capital transnacional, es la existencia de un mercado global completamente libre de interferencias gubernamentales. A ese sistema se le denomina “neoliberalismo” y protegerlo a toda costa, incluso mediante el uso de las armas, ha sido el principal objetivo de los gobiernos norteamericanos después de finalizada la Guerra Fría, cuando la hegemonía de ese país parecía definitivamente consolidada.

El orden económico internacional vigente, dígase las  organizaciones financieras internacionales, las instituciones reguladoras del comercio internacional y la mayoría de los acuerdos de libre comercio establecidos, fueron diseñados en función de los intereses de este gran capital transnacional norteamericano.

Trump habla de “americanismo contra globalismo”, pero esa alternativa no existe. La globalización, al menos como la conocemos en la actualidad, es un producto “made in USA”, aunque muchos ciudadanos de ese país también terminen siendo víctimas de su implantación.

Dentro de la lógica transnacional, el mercado interno de Estados Unidos solo es un componente del mercado mundial. El déficit comercial no importa, si el resultado final es potenciar las ganancias en el exterior.

Tampoco se puede aducir que es una opción negativa para la mayoría de los norteamericanos. Gracias a la globalización, los consumidores de ese país pueden adquirir productos de consumo masivo más baratos, lo que sirve para reducir tensiones políticas internas, y facilita el buen desenvolvimiento de renglones más lucrativos de la economía, como las finanzas, los bienes raíces, el entretenimiento y los servicios de diversos tipos.

Empaquetado en ideas religiosas, prejuicios sociales y rígidas normas de conducta, a lo que en realidad aspira el movimiento ultraconservador en Estados Unidos es a alterar la lógica natural del capitalismo, que no es otra que la búsqueda del máximo de ganancia posible, sin importar las bajas colaterales.

Un montón de demagogos hacen política a costa de las aspiraciones de estas personas, sin importarles soplar la llama en la pradera seca, ya que este movimiento está animado por sentimientos chovinistas muy primitivos, muestra un alto grado de intolerancia y es propenso a reacciones muy violentas contra otros segmentos de la sociedad norteamericana.

También el mundo corre grandes peligros, toda vez que sobre este movimiento ultraconservador doméstico, se han encaramado figuras muy agresivas del neoconservadurismo en política exterior, promotores de guerras en cualquier parte, con tal de imponer una doctrina de dominación que asegure la consecución de lo que denominan “el siglo americano”.

Aunque el conservadurismo ha sido una tendencia dominante en el panorama político estadounidense y han existido momentos de intolerancia y represión más intensos que el actual, no deja de ser preocupante que, desde la propia Casa Blanca, se estimule una corriente muy cercana a los movimientos fascistas que se extendieron por Europa en la primera mitad del siglo XX y en la actualidad aparecen revitalizados en ese continente y en América Latina, muchas veces con las simpatías expresas y el apoyo del gobierno de Donald Trump.

El fortalecimiento o no de esta tendencia se decidirá en las próximas elecciones norteamericanas. En el otro extremo del espectro político aparece fortalecido otro movimiento aún más inusual en estas contiendas, la de sectores de izquierda, que en algunos casos se definen como socialistas, igual opuestos, desde otra perspectiva, a los desmanes de la globalización neoliberal.

En ambos casos se trata de la rebelión de los perdedores, que no es otra cosa que un reflejo de las contradicciones del capitalismo contemporáneo en Estados Unidos, lo que explica la tremenda polarización que se aprecia en la sociedad norteamericana y las enormes dificultades existentes para encontrar un consenso en la política nacional. Por eso, cualquiera puede ganar en el 2020.

 

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