Jesús Arboleya Cervera - Progreso Semanal.- Todo indica que el reciente golpe de Estado contra Evo Morales en Bolivia, forma parte de los planes cuidadosamente tejidos por Estados Unidos y sus aliados de la derecha latinoamericana para revertir el llamado “proceso progresista”, que se desarrolló en América Latina a partir de la victoria de Hugo Chávez  en Venezuela en 1998.  


Basta mirar los últimos veinte años de la historia continental, para desmentir la afirmación de que América Latina no es del máximo interés de los gobiernos norteamericanos. Es una política que avanza por inercia, muchas veces por caminos tortuosos, en correspondencia con la propia naturaleza del imperialismo estadounidense.

Golpes de Estado más o menos descarnados en Honduras, Paraguay y Brasil, la sospechosa reconversión de Lenín Moreno en Ecuador y triunfos electorales de la derecha en algunos países, especialmente en Argentina y Chile, transformaron el mapa político latinoamericano, con consecuencias negativas para un proceso integracionista que pujaba por consolidar un mayor grado de independencia respecto a Estados Unidos.

En esas condiciones, se debilitaron los mecanismos de concertación autóctonos, la OEA recuperó un alto grado de protagonismo en la política regional, aparecieron bloques de países orientados a consolidar el movimiento conservador y algunos gobiernos asumieron posiciones de absoluta subordinación a la política norteamericana.

Contra Venezuela y Nicaragua se pusieron en marcha todos los instrumentos de la guerra no convencional y, después de un breve período de intentos de aplicación de “nuevos métodos” por parte de Barack Obama, Cuba ha sido víctima de una intensificación brutal del bloqueo económico y otras formas de agresiones políticas.

Ante lo que parecía inevitable, en la mayor parte de los casos la Unión Europea se subordinó a la política norteamericana y llegó a extremos tales como reconocer al autoproclamado Juan Guaidó presidente de Venezuela.

Aunque los factores determinantes han sido básicamente endógenos, en particular China y Rusia establecieron un balance que ha influido en que el péndulo de la política latinoamericana también se moviera en contra los planes norteamericanos. Venezuela, Nicaragua y Cuba han resistido los embates de Estados Unidos. En México, la izquierda obtuvo un triunfo arrollador, que recuperó el liderazgo del país en la región. Por su parte, en Argentina, el progresismo derrotó a la las fuerzas neoliberales, a pesar del enorme respaldo estadounidense al gobierno de Mauricio Macri.

Las revueltas populares en Ecuador, Chile y la propia Bolivia, dibujan un escenario donde la derecha solo podrá gobernar mediante la represión y eso tiene siempre vida limitada, por más brutal que sea. La otra alternativa será la emergencia de gobiernos orientados a la izquierda, con agendas sociales aún más radicales y una franca oposición a Estados Unidos.   

El problema es que la contraofensiva contra el movimiento popular no vino de la fuerza, sino de la debilidad de Estados Unidos y la derecha latinoamericana para ejercer el dominio que antes detentaban, lo que explica su fragilidad. El fracaso progresivo de estos gobiernos es un síntoma de los límites del sistema neoliberal y del deterioro relativo de la hegemonía norteamericana a escala mundial.

Paradójicamente, debido a condicionamientos objetivos, no exentos de errores en la conducción de estos procesos, los gobiernos progresistas latinoamericanos han potenciado el desarrollo de sectores que en ocasiones se distancian de sus orígenes, para sumarse a una clase media moldeada a partir de los patrones ideológicos del neoliberalismo.

Una vez derrocados los gobiernos populares, para satisfacer los intereses de estos sectores sin afectar los márgenes de ganancia del gran capital, en definitiva el objetivo del proyecto neoliberal, la derecha no tiene otra alternativa que una agenda económica basada en la privatización de los servicios básicos y la reducción de los programas sociales. Lo que Frei Betto denomina el conflicto insalvable entre la acumulación y la distribución en el sistema neoliberal.

El resultado es la agudización de niveles de inequidad que resultan explosivos, dando lugar tanto a las grandes rebeliones populares como a la emergencia de fuerzas neofascistas, que reaccionan mediante la  represión, la discriminación y la exclusión social de las mayorías.

Este es el cuadro que estamos observando actualmente en América Latina. Contra la derecha neoliberal conspira la historia, la cultura y la propia evolución de las estructuras económicas de los países latinoamericanos.

Ni la oligarquía es la misma, afectada por la globalización capitalista, ni lo son los sectores populares, especialmente caracterizados en esta etapa por la emergencia de un movimiento indígena, mayoría de la población en varios países, que gana protagonismo en la medida que se integra al resto de los movimientos sociales y asume posiciones nacionalistas, desde el reconocimiento de la diversidad étnica. Evo Morales no es un accidente de la historia, sino el reflejo de la configuración de las nuevas repúblicas latinoamericanas.

Parece estarse cumpliendo la profecía que hizo Túpac Katari hace más de 230 años: “volveré y seré millones”, dijo entonces el líder aymara mientras lo destrozaban, después de haber sitiado La Paz por más de tres meses.   

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