Daniela Ferrández - O Salto Galiza.- Hace muchos, muchos años, las cubanas se contagiaron con un virus barbudo cuyo foco se originó en Sierra Maestra, extendiéndose pronto por toda la isla. Un patógeno humano que se creía controlado desde hacía mucho y que era muy temido debido a su rápida transmisión, ya que no eran posibles distancias de seguridad para algo que saltaba de ser en ser solo con la mirada empática de reconocerse en la otra. Y es que su fluido favorito era algo tan abstracto como el brillo de los ojos, ese que provocan las miradas de rabia, de soledad, de miedo y de hambre, pero también de esperanza y lucha, y a fin de cuentas de futuro y de libertad.


Rápidamente, azucareras, ganaderas, trabajadoras de fábrica, camareras e incluso artistas se descubrieron con la misma mirada, y, en lugar de aislarse en sus sombras, decidieron caminar iguales por alamedas y avenidas contagiando a cuantas sabían de ellas. Este virus, al igual que otros muchos, tenía un sesgo de clase a la hora de expandirse, y por eso no pudo infectar a un gran número de propietarios y ricachones que pusieron agua de por medio, casi sin echar la vista a atrás.

La capital no tardó mucho en sumirse a la pandemia, y con ella todo el país. No había vuelta atrás, el mundo tendría que convivir con un virus que se pensaba extinto por culpa de esta isla del Caribe, que ya estaba exportándolo a otros lugares. Esto alertó rápidamente al señor de los cañones, amo de la guerra que inmunizaba a la población repartiendo vacunas de capital por todo el mundo. Paradojas de la vida que este todopoderoso señor que vigilaba mares de tantos colores como el arcoíris, viera proliferar una cepa justo a su lado, por lo que puso un especial empeño en erradicar el virus cubano erigiéndose como principal custodio de la cuarentena.

De esta forma en 1960, un año después del brote, el gigante estadounidense impuso un bloqueo en la isla mediante el cual solo circularían medicinas y alimentos, reconociendo la escasa capacidad productiva de un territorio al que habían tratado de convertir en una especie de casino de variedades. No obstante, la peligrosidad de la epidemia exigía acciones más contundentes, y dejándose llevar por algo que habían soñado, intensificaron el bloqueo tan solo un año después, manteniéndolo hasta la actualidad.

Pese a esto, el virus cubano había demostrado de sobra ser más fuerte que los embargos, las invasiones y los intentos de asesinato y boicot, y siguió medrando a las orillas cristalinas del Caribe. Del amor, estamos hablando, por amor, estamos haciendo, cantaba la nueva trova a la sombra del gigante para reafirmarse en aquello tan bonito que habían encontrado. Y es que el virus, había resultado ser una virtud, una oportunidad para crecer de la mano de la justicia, pero sin dejar de reconocer los errores, donde serviría de señal cada huella de las horas felices, se hablará tanto de las estrellas como de cicatrices.

Fue justo por esto por lo que comenzaron a exportarlo. Hay quien concibe este paso como un intento del patógeno por seguir infectando, pero muchas sabemos que la iniciativa partió de las propias cubanas y de su manera de comprender el amor. Gracias a ejemplos como el de Ernesto, el argentino, que había arriesgado su vida en Cuba y la había perdido en Bolivia, las cubanas sabían que el amor carecía de todo sentido al ser sometido a una frontera. Al contrario, para mantener la compostura en tiempos de aislamiento forzoso las personas de esta isla optaron por prestar su amor a todo aquel que lo necesitara, y ya se sabe que la medicina más escasa, la más insuficiente, es la de remediar, la mente.

Ayudaron en Angola y curaron en Haití o Venezuela, manteniendo siempre una filosofía basada en la solidaridad, en ese hermanamiento que todas tenemos por el simple hecho de haber nacido. Ahí, y justo ahí, reside el motivo que explica su determinación a la hora de extender esa ayuda a todas aquellas a las que hasta ahora molestó su amor. Mi amor no es amor de mercado, porque un amor sangrado no es amor de lucrar, mi amor es todo cuanto tengo, si lo niego lo vendo, ¿para qué respirar?

Sus médicos están en Italia y en breve partirán también hacia aquí, mientras que su interferón salva vidas en China. Lo relevante aquí no es si se consigue o no ablandar los corazones de los señores de la guerra para que cesen el bloqueo tras la crisis. Lo relevante es que seguimos siendo quien merece su amor, quien es capaz, todavía, de mirarse y contagiarse de ese virus cubano capaz de vencer a cualquier otro.

 

Cuba e o virus do amor

Fai moitos, moitos anos, as cubanas contaxiáronse cun virus barbudo cuxo foco se orixinou en Sierra Maestra, estendéndose despois por toda a illa. Un patóxeno humano que se cría controlado e que era moi temido por causa da súa transmisión, xa que non eran posibles distancias de seguridade para algo que saltaba de persoa en persoa só coa mirada empática de recoñecerse na outra. E é que o seu fluído favorito era algo tan abstracto como o brillo dos ollos, ese que provocan as miradas de rabia, de soidade, de medo e de fame, pero tamén de esperanza e loita, e a fin de contas de futuro e de liberdade.

Rapidamente, azucreiras, gandeiras, traballadoras de fábrica, camareiras e incluso artistas se descubriron coa mesma mirada, e, en lugar de illarse nas súas sombras, decidiron camiñar iguais por alamedas e avenidas contaxiando a cantas sabían delas. Este virus, ao igual que outros moitos, tiña un rumbo de clase á hora de expandirse, e por iso non puido infectar a un gran número de ricos propietarios que puxeron auga de por medio, case sen botar a mirada atrás.

A capital non tardou moito en sumirse á epidemia, e con ela todo o país. Non había volta atrás, o mundo tería que convivir cun virus que se pensaba extinto por culpa desta illa do Caribe, que xa comezaba a exportalo a outros lugares. Isto alertou rapidamente ao señor de los cañones, orgulloso dono da guerra que inmunizaba á poboación repartindo vacinas de capital por todo o mundo. Paradoxos da vida que este todopoderoso xigante, que vixiaba mares de tantas cores como o arco da vella, vira proliferar unha cepa xusto ao seu carón, polo que puxo un especial empeño en erradicar o virus cubano, erixíndose como o principal custodio da corentena.

Deste xeito en 1960, un ano despois do brote, o querido tío Sam impuxo un bloqueo na illa mediante o cal só circularían medicinas e alimentos, recoñecendo así a escasa capacidade produtiva dun territorio ao que trataran de converter nunha especie de casino de variedades. Non obstante, o perigo da epidemia esixía accións máis contundentes, e deixándose levar por algo que co que tiñan soñado, intensificaron o bloqueo tan só un ano despois, manténdoo ata a actualidade.

Malia isto, o virus cubano demostrara de sobra ser máis forte que os embargos, as invasións e os intentos de asasinato e boicot, e seguiu medrando ao carón das cristalinas augas do caribe. Del amor, estamos hablando, por amor, estamos haciendo, cantaba a Nueva Troba á sombra do xigante para reafirmarse en aquelo tan bonito que atoparan. E é que o virus resultara ser unha virtude, unha oportunidade para medrar da man da xustiza pero sen deixar de recoñecer os erros, onde servira de señal cada huella de las horas felices, se hablará tanto de las estrellas como de cicatrices.

Foi xusto por iso polo que comezaron a exportalo. Hai quen concibe este paso como un intento do patóxeno por seguir infectando, pero moitas sabemos que a iniciativa partiu das propias cubanas e do seu xeito de comprender o amor. Grazas a exemplos como o de Ernesto, aquel arxentino que arriscara a súa vida en Cuba e a perdera en Bolivia, as cubanas sabían que o amor carecía de todo sentido ao ser sometido a unha fronteira. Ao contrario, para manter a compostura en tempos de illamento forzoso as persoas desta illa optaron por prestar o seu amor a toda aquela que o precisara, xa que é sabido que la medicina más escasa, la más insuficiente, es la de remediar, la mente.

Axudaron en Angola e curaron en Haití ou Venezuela, mantendo sempre unha filosofía baseada na solidariedade, nese irmandamento que todas temos polo simple feito de ter nacido. Aí, e xusto aí, reside o motivo que explica a súa determinación á hora de estender esa axuda a todas aquelas ás que ata agora molestou o seu amor. Mi amor no es amor de mercado, porque un amor sangrado no es amor de lucrar, mi amor es todo cuanto tengo, si lo niego lo vendo, ¿para qué respirar?

Os seus médicos están en Italia e moi posiblemente partan axiña cara aquí, mentres que o seu interferón salva vidas en China. O relevante aquí non é se se consegue ou non abrandar os corazóns dos señores da guerra para que rematen o bloqueo trala crise. O relevante é que continuamos sendo quien merece el amor, quen é capaz, aínda, de mirarse e contaxiarse dese virus cubano capaz de vencer a calquera outro.

 

*Este relato enviouno Daniela. Por se non vos decatastes lendo as citas, escribiuno mentres escoitaba a Silvio Rodríguez nun momento de felicidade. Podes enviar o teu conto a osaltogaliza@gmail.com ou por mensaxe privada ao noso Facebook.

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