La solidaridad no es un lujo en una Revolución: es su esencia. Y si no se desborda, si no se expresa lo mismo dentro que fuera de sus fronteras, no es solidaridad, ni es Revolución.


Enrique Ubieta Gómez - Granma.- Cuando llegaron los médicos y enfermeros cubanos a Turín, ella, que es cantante lírica, pero cubana, se inscribió en la Cruz Roja para servir de intérprete. Ileana Jiménez Calá, toda risa y cordialidad, se torna seria al decirme:

«He cambiado mucho. Tengo que decírtelo: he cambiado mucho. Esto probablemente no es bueno que lo diga, pero lo tengo que decir: he cambiado humanamente, porque para mí ha sido una sorpresa. Yo estaba acostumbrada a ir a los hospitales solo si tenía un dolor, algo; nunca había tratado a médicos especialistas. Para mí, que vivo ya hace más de 20 años aquí, fue una sorpresa.

«Las pocas veces que he ido a un hospital la relación ha sido muy distante, ¿qué tú tienes? Este es el tratamiento, adiós y paga. Verlos a ellos, en una situación tan difícil, dispuestos a todo, sin mirar si eres rico o pobre, sin pensar en lo que tienes que darme por estar aquí, que vienen a salvar vidas, eso me ha cambiado. Empecé a ver las cosas de otra manera, me ponía en la piel del enfermo y en la del médico, empecé a ver la gran disposición de esos hombres, su gran profesionalidad, eso también de manera inconsciente me dio seguridad, porque me dije sí, si a mí me pasa algo, sé que voy a estar en buenas manos, sé que ellos harían de todo por salvarme. He crecido humanamente. Me siento muy orgullosa de ser cubana».

La solidaridad no es un lujo en una Revolución: es su esencia. Y si no se desborda, si no se expresa lo mismo dentro que fuera de sus fronteras, no es solidaridad, ni es Revolución.

He tenido el privilegio de acompañar a los trabajadores cubanos de la Salud por Centroamérica, Haití, Venezuela y los países de África Occidental durante la epidemia del ébola. Pocos países pueden, como Cuba, movilizar en horas a decenas de excelentes médicos y enfermeros, y ubicarlos en zonas de desastre, sin condiciones ni pagos extraordinarios. Ello se debe a la vocación de servicio que sustenta la formación de nuestros trabajadores de la Salud, y a una tradición forjada desde los primeros años de la Revolución, que pesa y encuentra apoyo en la sociedad, para la cual el internacionalista es un héroe.

No tengo que explicar a los lectores cubanos que la participación de sus médicos y enfermeros es absolutamente voluntaria. Hay profesionales de la Salud muy competentes en Cuba que nunca han participado en ninguna misión solidaria y gozan de prestigio profesional. Ello es posible, en primer lugar, por una razón matemática: Cuba posee el mayor número de médicos per cápita del mundo: nueve por cada mil habitantes. En enero de 2019 estaban inscritos en el país 95 417 médicos, según refiere el Anuario Estadístico Nacional en su capítulo sobre la Salud Pública.

Pero existen otras razones no cuantificables: el médico cubano no es ni se siente parte de una clase social superior a la de sus pacientes, ni necesita pertenecer a ella para ser respetado; se sienta a la mesa pobre de cualquier campesino o indígena, lo toca con sus manos sin desagrado, está dispuesto a realizar, si es necesario, cualquier tipo de trabajo, incluso físico, ajeno a sus funciones habituales; educado en una sociedad compartidora, ve a su paciente como su vecino.

La Medicina cubana acumula una larga experiencia en dos frentes importantes: la prevención de Salud en la comunidad, de una parte, y el enfrentamiento a epidemias y eventos meteorológicos inesperados, de la otra. Ha desarrollado el método clínico, en parte por las limitaciones tecnológicas que el bloqueo estadounidense impone, y en parte por convicción.

No son médicos aislados los que viajan. No son simples brigadas o contingentes. Detrás de todos ellos hay un Estado revolucionario. La voluntad política es decisiva. Pero los médicos y enfermeros cubanos no se inmiscuyen en la política local ni hacen proselitismo político. Se relacionan, por el contrario, con todo aquel que facilite el desarrollo de las políticas de Salud, respetan sus creencias y credos, atienden a cualquiera que lo necesite o solicite, a contendientes locales de un bando o de otro. En pueblos pequeños o muy aislados se alían a los líderes religiosos (sacerdotes, pastores, imanes, curanderos, etc.), y colaboran con médicos u ong de cualquier otra nacionalidad. No existe rivalidad, porque el objetivo primario es salvar vidas.

Es la primera vez, después de más de cinco décadas de ir y venir por el mundo, que un país de la vieja Europa, del Grupo de los Ocho, solicita ayuda a Cuba. La experiencia ha sido extraordinariamente rica. No fueron los poderosos quienes ofrecieron esa ayuda, sino los «pobres». Como me dijera Alessandra Monzeglio, jefa de enfermería y administradora del hospital covid-ogr de Turín: «que las personas que tienen menos que uno sean las más dispuestas a ayudar es algo que nos tiene que hacer reflexionar».

EL PICO FIDEL

Hay un lugar al que tendremos que ir todos: el pico Fidel Castro. En uno de sus muchos viajes a Cuba, Michele Curto trajo una tabla de caguairán en la que encargó que se esculpiera el nombre de Fidel. Es tan fuerte esa madera –como su espíritu–, que en la aduana pensaron que transportaba algún tipo de metal. En el primer aniversario de la desaparición física del Comandante, la subieron al Monte Arpone, que se encuentra encima del llamado Colle de Lys, donde en 1944 se produjo uno de los enfrentamientos más cruentos entre partisanos de la Brigada Garibaldi (comunistas) y tropas fascistas. Los alpinistas subieron e identificaron una roca lo suficientemente limpia y lisa. Hasta allí llegó después un grupo de jóvenes de la Aicec (Agencia para el Intercambio Cultural y Económico con Cuba), de la Asociación de Amistad Italia Cuba del territorio, y de la Brigada Gino Doné, e instaló la tabla. Una vez hecho esto, pidieron a las alcaldías de los alrededores que reconocieran el topónimo, lo cual ocurrió. Desde entonces, el pico lleva su nombre.

POR UN SOLO MUNDO DIFERENTE

Fue precisamente Ileana Jiménez Calá quien recreó en su voz, a capella, la mítica Bayamesa de Sindo Garay. Luego interpretó la romanzetta de Vincenzo Bellini titulada Vaga Luna. No cometeré el error de decir que fue el momento cultural del Simposio, porque la ciencia, y sin dudas la Medicina, expresa la cultura de cada pueblo, y simultáneamente el acervo de toda la humanidad: si no, que lo digan los médicos y enfermeros de Cuba y de Italia, que han compartido el empeño por salvar vidas y han intercambiado saberes y experiencias vitales.

El encuentro contó con la presencia y las palabras de Carlo Picco, director general de la Empresa de Salud Citta de Torino –gerente de nuestro hospital–; de Fabrizio Ricca, vicepresidente para las relaciones internacionales del Gobierno piamontés, y del embajador cubano, José Carlos Rodríguez, quien ayer arribó a la ciudad, acompañado de Jorge Alfonzo, Ministro Consejero. «Estamos muy felices por el trabajo que hemos realizado juntos», dijo en italiano, al finalizar su breve intervención, el doctor Julio Guerra Izquierdo, jefe de la brigada cubana.

Desde ayer hay paneles que exhiben las cartulinas en las que se imprimieron los 11 trabajos científicos de cubanos e italianos. Hay una puerta de cristal sellada que da hacia la zona roja –por cierto, allí radicaba antes de ser transformada en hospital covid, la discoteca del centro cultural–, tras la cual los enfermos ya recuperados se concentraron para ver y escuchar a los ponentes. Algunos se acercaron, incluso, en sillas de ruedas.

En el hospital no solo hay trabajadores de la Salud procedentes de Cuba, también se mezclan entre los italianos hombres y mujeres nacidos en otras tierras o descendientes de emigrantes.Entre el 15 y el 20 % de los pacientes ingresados han sido extranjeros o de origen extranjero. Turín es una ciudad de emigrantes, lo mismo de italianos del Sur, que de otros países.

El Simposio cerró una etapa de la colaboración, digamos que fue su punto culminante. Esperemos que también inicie otras.

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