Antonio Rodríguez Salvador – La Jiribilla.- Mientras leía cierto documento titulado Articulación plebeya, firmado por un grupo de personas que —valga la paradoja— suelen posar de patricios en el mundillo intelectual cubano, recordaba yo la Fábula de Carlomagno y el anillo encantado.


El emperador se enamora perdidamente de una joven, y es tan poderoso el hechizo que abandona toda obligación de Estado. No administra, no ordena guerras, no recibe embajadores; pero, de repente, la muchacha muere. Entonces Carlomagno manda embalsamar el cadáver y pasa días y semanas contemplándolo arrobado.

El arzobispo sospecha un encantamiento y, en efecto, encuentra un talismán bajo la lengua de la muerta. Apenas lo toma en sus manos, el emperador deja de amar a la joven y dirige su pasión hacia el arzobispo. Muy turbado por los inoportunos cortejos, el prelado entrega la prenda a un paje, solo para que, de inmediato, este empiece a ser acosado por el monarca. Así, el talismán va pasando de mano en mano, siempre con Carlomagno prendado de su poseedor, hasta que, por accidente, el anillo cae en las aguas del lago Constanza. Entonces el Emperador se queda lelo frente al lago, locamente enamorado de sus aguas.

En el lenguaje también tenemos expresiones que persiguen provocar semejante embelesamiento. Son las llamadas palabras talismán, cuyo poder hipnótico es tal, que prestigian palabras que se le avecinan, o desprestigian las que se le oponen. En ellas parecen estar condensadas todas las excelencias humanas, de modo que, al ser introducidas en un texto, cortocircuitan el pensamiento crítico, y manipulan las emociones.

Pero, si bien para hechizar a Carlomagno fue suficiente el empleo de un solo anillo, es obvio que quienes escribieron el documento titulado Articulación plebeya son personas muy exageradas: procuran embelesar al lector con una dosis capaz de embrujar a todo un ejército.

“¿Pero serán justos y tolerantes los tales plebeyos?, es la pregunta que de pronto se me ocurre”. Fotos: Internet

En cinco ocasiones nos columpian ante los ojos la expresión “derechos humanos”. ¿Quién puede atreverse contra ese concepto? Cuando se dice “derecho”, de inmediato asociamos la palabra con justicia, razón, equidad, igualdad… ¿Y humano?: compasivo, sensible, tolerante, democrático… ¿Pero serán justos y tolerantes los tales plebeyos?, es la pregunta que de pronto se me ocurre.

Escrito en tono de encíclica papal en tiempos de San Agustín, el manifiesto también parece tomar de modelo un manual zoroástrico, en tanto nos proponen un origen dual para las cosas. Lo que no es blanco, es negro, sin matices; todo esto con el objetivo de aparecer ellos como nuevos ángeles de la guarda; embajadores plenipotenciarios de los valores divinos.

“¡Asombroso! El documento abarca apenas 30 líneas (...) pero en él caben infinitas  “prendas encantadas””​
 

Veamos un breve párrafo donde pretenden encantarnos con todo un cofre de talismanes (los subrayados son míos): Nuestro horizonte es crear una referencia ética, política, humana, de justicia social, de inclusión, de democracia, de rechazo a todas las formas de discriminación, para posibilitar un ambiente de diálogo y reconciliación en Cuba y en todos los lugares del mundo donde vivan cubanos y cubanas.

¡Asombroso! El documento abarca apenas 30 líneas en Times New Roman 12, pero en él caben infinitas “prendas encantadas”: “puentes de diálogo”, “experiencia espontánea y autónoma”, “avanzar hacia el consenso”, “fomentar una cultura cívica”, “bien de Cuba”, “conservación de la ʻsoberanía nacionalʼ”, “la independencia y la integridad de la patria”... Un estupendo ejercicio de autocanonización.

¿De verdad esto fue escrito en el siglo XXI? ¿Y por quienes se califican intelectuales? Cinco veces se menciona la palabra diálogo en el documento. Pero qué clase de diálogo puede proponer un panfleto de eslóganes y frases hechas. ¿Acaso sería posible dialogar con quien, de esa manera tan burda, desprecia la inteligencia del interlocutor?

Pero bien, como ya sabemos que no puede haber ángeles sin demonios, y como también ya vimos quiénes son los que se han autoproclamado arcángeles, serafines y querubines en una suerte de exhortación apostólico-maniquea, la pregunta natural sería: ¿Quién es el diablo?

Lo contrario de los talismanes vendrían a ser las palabras tabú, que designan conductas moralmente inaceptables, por lo común basadas en prejuicios, y son procesadas en la zona de la mente donde reside la aversión. En fin, el ente que merecería la condenación eterna, o al menos un riguroso exorcismo es… el Gobierno cubano.

¿Cuál es su pecado? Bueno, ya sabemos, la palabra directa nunca ha sido propia de oráculos y brujos: estos procuran que el auditorio sea asaltado por fantasmas propios, ciertas distorsiones introducidas a la percepción. Así, el lenguaje ha de ser sibilino, esotérico. Por eso no acusan al Estado de forma recta, sino que le aproximan o salpican palabras como: violencia, desigualdad, represión… O sea, emplean la misma técnica que suele usar el murmurador o cotillero: la reticencia, el rumor, la insinuación, la evasiva…

Pero imaginen que alguien realice un documental sobre Cuba y, a manera de manipulador pastiche, infiltre en él imágenes de las recientes protestas en Chile, de los periodistas o los líderes sociales asesinados en México o Colombia, de la brutalidad policial contra los negros en Estados Unidos: todo esto como si realmente ocurriera en la Isla. Ello, desde luego, sería un vulgar acto de violencia contra la buena fe del espectador.

Así que una pregunta elemental sería: Señores plebeyos, ¿pudieran ustedes explicarnos qué entienden por violencia y represión en este caso? Es que aquí no vemos falsos positivos, ni desaparecidos, ni torturados, ni carros antimotines lanzando bombas lacrimógenas a la cara de la gente; ni policía que de siete tiros o asfixien con una rodilla a un ciudadano negro desarmado en plena calle.

Pero ello no es todo lo que pretenden colgar al gobierno cubano: también hay una clara intención de desacreditar el orden constitucional vigente. En cuatro ocasiones se hace referencia a nuestra constitución, todas ellas salpimentadas con oscuras demandas. No daré muchas vueltas al asunto: cuántas veces hemos visto esa película, en la que un golpe blando empieza tras la desacreditación de un gobierno. Según Gene Sharp, una clásica revolución de colores consta de tres etapas:

1. Protestas, mítines, manifestaciones y piquetes. Persuasión de la gente de la ilegitimidad del poder, y formación de un movimiento antigubernamental.

2. Desprestigio de las fuerzas de seguridad, huelgas, desobediencia social, disturbios y sabotajes.

3. Derrocamiento no violento del gobierno.

Vaya “casualidad” que a algunos de los principales promotores de esa articulación también se les vea como de los más activos colaboradores de, por ejemplo, la plataforma contrarrevolucionaria “Cuba posible”, o en otros eventos igualmente financiados por George Soros, y su llamada Open Society. Notorio, y harto conocido, es que los dineros de George Soros han provocado muchas muertes por todo el mundo, en lo que se ha dado en llamar “revoluciones de colores”.

“Así, uno dice Revolución naranja, o blanca, o verde (...) como si fuera una pintura, una obra de arte..”

En su libro LTI. La lengua del Tercer Reich: apuntes de un filólogo, publicado en 1947, el historiador Víctor Klemperer analizó la importancia de las palabras en la imposición del nazismo en Alemania. En dicho texto brinda numerosos ejemplos de cómo la repetición de ciertas palabras o frases se convirtió en una de las principales técnicas de manipulación en la época. Hoy tal método continúa más vigente que nunca.

Así, uno dice revolución naranja, o blanca, o verde, azafrán, de las rosas, los jazmines, los cedros, y el objetivo es que el receptor lejano, o acrítico, lo asimile —por obra y gracia de esos talismanes— como si fuera una pintura, una obra de arte, apenas una fiesta en la que, al día siguiente, ni siquiera se sufre resaca. Sin embargo, un drama muy diferente ha vivido la población civil en esos países, porque —luego de semejantes encantadoras retóricas— sobrevienen otras acciones que incluyen violencia, terrorismo, muertes…

En fin, estos patricios ni quieren el “bien de Cuba”, ni “conservar la soberanía nacional”, ni “la independencia y la integridad de la patria”. No buscan diálogo ni consenso, porque son apenas la cáscara de colores con la que se pretende ocultar la semilla podrida. Dicen “gobierno cubano”, pero es contra la Revolución. Así de sencillo. Sin demagógicos talismanes.  

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