Leidys María Labrador Herrera - granma.cu.- «(...) extraordinaria es la grandeza del corazón cubano: haga cada uno su parte del deber, y nadie puede vencernos», decía José Martí. (Foto: Ricardo López Hevia)..


Que una persona defienda los principios y valores en los que cree, desde una postura de diálogo y coexistencia pacífica, es entendible, respetable y constituye, además, un derecho. Sin embargo, cuando hay seriedad en la postura de disentir, nadie tiene por qué denigrarse y llegar al más bajo estatus de la condición humana que implica ponerle precio a su dignidad.

Muchas son las premisas que llevo como bandera para vivir. La mayoría me acompaña desde la infancia, y aunque algunas las he modificado de acuerdo con mis vivencias personales y con el propio decursar del tiempo, otras las mantengo inamovibles, porque considero que le son, al ser humano, imprescindibles, como el mismo aire que respira.

Pudieran ser varios los ejemplos en los que, lógicamente, no es mi intención erigirme como paradigma. Si parto de la propia experiencia, es porque no hay nada más ilustrativo para decirnos con certeza si estamos o no en el camino correcto.

La fidelidad a nuestros principios es la más sagrada prueba, primero, de respeto a nosotros mismos, y después, del imprescindible respeto a los demás.

Es cierto que esa postura que asumimos como nuestra línea de comportamiento y actuación, no depende solo de la voluntad individual. Lógicamente, es un proceso de sedimentación subjetiva, que se edifica gracias al sistema de valores de los que estamos rodeados en el hogar, la escuela, el entorno y la sociedad en que vivimos, eso, sin citar otros cientos de factores para los que no alcanzaría esta página.

De ahí que sean lógicas ciertamente, las contradicciones que se establecen entre las formas que eligen los seres humanos de encarar la realidad, interpretarla y desdoblarse dentro de ella. En este punto es imposible no acudir a Marx cuando expresó que: «No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia».

Es por eso que no pueden juzgarse a la ligera las formas de pensar que difieran con la nuestra, sin antes detenerse a analizar el origen de esas líneas de pensamiento. No puede, por ejemplo, ponerse en la picota al ciudadano estadounidense que cree que su país es verdaderamente un paradigma ante el mundo, porque ha sido educado bajo esa idiosincrasia y, para él, es esa la más pura verdad.

Sin embargo, hay principios y valores que, sin importar el lugar donde nacemos y nos formamos como seres sociales, tienen carácter universal, y eso ya es otra arista del fenómeno. Hay una diferencia entre el citado nacionalismo (extremo), y el que un mandatario justifique con él un «supuesto» derecho a intervenciones militares, o a mover, como fichas de ajedrez, los componentes de geopolítica mundial.

Que una persona defienda los principios y valores en los que cree, desde una postura de diálogo y coexistencia pacífica, es entendible, respetable y constituye, además, un derecho. Sin embargo, cuando hay seriedad en la postura de disentir, nadie tiene por qué denigrarse y llegar al más bajo estatus de la condición humana que implica ponerle precio a su dignidad.

Si algo está claro en este mundo es que quienes se respetan a sí mismos y, por ende, son consecuentes con su manera de pensar, no se ven nunca en la disyuntiva del saber cuánto pagan si digo o hago esto o aquello. Los ideales verdaderos no tienen precio. Cuando una persona vende su conciencia se convierte a sí mismo en objeto de uso del que paga, y solo tendrá valor mientras sea útil; después será olvidado y, como maquinaria descompuesta, lanzado al depósito de las miserias humanas.

Demostrado está que, en Cuba, los espectáculos circenses están reservados para las carpas y los talentosos artistas que, con esfuerzo y sacrificio, deleitan al público. Hay tanta calidad en esos espacios, que las malas imitaciones no llaman la atención de nuestro pueblo, y los frustrados protagonistas deben aplaudirse entre ellos mismos.

Respétese primero quien quiera ser respetado, es ese el más elemental de los principios. Junto a él vienen la dignidad, el reconocer nuestro propio valor como seres humanos (que no se cuenta en metálico), el coexistir como seres sociales y actuar acorde con las disposiciones éticas y legales que rigen esa convivencia.

Quien se acuesta siendo alguien y se despierta con otra identidad (bajo la mágica acción de algún «incentivo» material), es porque jamás tuvo firmeza de ideales, porque ha vivido como péndulo recostado allí donde la sombra le beneficie. Es esa persona que no camina con sus propias piernas, sino que deja arrastrar su ideología, que no es de derecha, ni de izquierda, ni siquiera «centrista», sino una especie de pedazo de metal que se prende al imán del poder.

Todo ser pensante se cuestiona cosas, sabe que las transformaciones son parte indispensable del decursar del individuo y la sociedad, entiende que toda obra es perfectible. Precisamente por eso, si tiene un claro sentido común, si tiene principios, pone sus ideas en favor del bienestar colectivo; no critica con el ánimo de pisotear lo que se ha hecho, sino de contribuir a hacerlo mejor; no se regodea con los problemas de su país para ganarse una extranjera palmada en el hombro, se empeña en resolverlos.

Quien tiene conciencia plena de las realidades del presente no asume posturas oportunistas, no duerme en un colchón de mentiras, no promueve el descontento ni crea oportunidades para subvertir el orden.

Sinceramente creo que en el mundo cada vez son menos los confundidos. Hay demasiadas razones como para no saber de qué lado está lo justo, aunque muchos, de manera hipócrita, se nieguen a reconocerlo y, lamentablemente, otros les sigan el juego.

Los tiempos que corren no son de ambivalencias. Tomar partido es necesario hasta en los marcos más estrechos de nuestra individualidad, y eso va, incluso, más allá de connotaciones políticas. Se trata de reconocernos en la persona que elegimos ser, para que el tiempo no nos obligue a avergonzarnos.

Cada quien es plenamente responsable de las consecuencias de sus actos y, por tanto, de nada sirve empeñarse en la búsqueda de un respaldo colectivo para aquello que no tiene justificación posible, y que deliberadamente hacemos con plena claridad de los códigos que violamos.

Cuando eso sucede, las motivaciones reales de quienes cometen tales actos quedan al descubierto de manera inmediata, porque no existen convicciones reales.

Quien verdaderamente hace honor a sus principios, a los valores en los que cree, a lo que considera justo, no permite nunca que la ambición le corroa esos puntales, no los negocia ni se enferma de prepotencia y cinismo.

Si, por conveniencia, se abraza cualquier bandera, da igual el país, la sociedad, o las circunstancias en que se viva porque, lamentablemente, ya la esencia del ser se habrá perdido.    

Opinión
Néstor Kohan - Cubadebate.- Hasta poco tiempo antes de las últimas manifestaciones populares contra el FMI, el Banco Mundial y la mundialización capitalista (Seattle, Davos, Praga, Génova, Porto Alegre, Buenos Aires, etc.)...
Arnold August.- Don Foreman, representante sindical nacional de los 55 mil miembros del Sindicato Canadiense de Trabajadores Postales (CUPW), en entrevista exclusiva para The Canada Files el pasado 23 de febrero, respondió a una pregunta acerc...
Gustavo de la Torre Morales* - Antorcha Encendida - Foto: Euronews.- "No, yo no considero que Cuba sea una dictadura. Claro que no (…) Yo lo que voy constatando son los pasos que se dan, la Constitución que se aprueba, las medidas ...
Lo último
La Columna
Prisionero por Palestina
Todos los días nace y muere, da con su cabeza contra el muro, y su herida grita. Sus captores tapan todas las ventanas para que nadie vea su nacer y morir, sus días que se encienden y estallan de luz y hacen temblar toda su tierra para ...
La Revista