Wafica Ibrahim -  Al Mayadeen.- Para los que soñaron un idilio entre Estados Unidos y Cuba tras la confirmación de la victoria de Joe Biden en las elecciones estadounidenses, la realidad comienza a mostrar, una vez más, la naturaleza confrontacional e injerencista del establishment estadounidense.


Como es costumbre en la “democracia” liberal, tras el cómputo del último voto, la campaña electoral y lo dicho en ella queda atrás. Aunque en sus mítines y entrevistas Biden haya prometido con desgano un cambio de política hacia Cuba y el retorno de lo adelantado por Barack Obama, lo cierto es que respecto a Cuba lo que verdaderamente cuenta son la coyuntura, los intereses políticos y los cálculos de gobernabilidad, sobre todo en el congreso, a lo que se suma el histórico encono de ambos partidos por la rebeldía de la Isla.

Cuando las cortinas de la era Trump comenzaban a cerrarse, ya se vislumbraban los obstáculos que la derecha más reaccionaria de Estados Unidos comenzaba a interponer para evitar un giro de Washington hacia La Habana.

Conscientes todos en Estados Unidos de la firmeza de Cuba en la defensa de su soberanía, restaba solo fabricar nuevos pretextos para al menos demorar cualquier decisión de Biden respecto a las criminales medidas de asfixia económica implementadas por Donald Trump contra el pueblo cubano.

Alrededor de dos ejes fundamentales se diseñaron las acciones: los derechos humanos y el terrorismo, temas profusamente taquilleros en el entramado mediático articulado contra la Isla durante más de 60 años.

En La Habana, justo en medio de los estragos por los efectos del bloqueo y de la pandemia de COVID, en un contexto además marcado por los esfuerzos de todo el país caribeño para salvar vidas, no solo cubanas sino de todo el mundo, grupos subversivos desarrollaron un show mediático para afectar la imagen del país y sus instituciones y "mostrar" al mundo la "intolerencia" del gobierno presidido por Miguel Díaz-Canel.

El escuálido grupo de San Isidro, conformado por elementos delincuenciales financiados por el erario público estadounidense, generaron las condiciones para que las autoridades cubanas intervinieran, hecho que fue mostrado al mundo como una acción de supuesta represión. Lo cierto es que no hay ni un torturado, ni un desaparecido, ni siquiera uno de ellos enjuiciado por su actuar mercenario, provocador e ilegal.

Este show fue el motivo para que, a través de las redes sociales y cumpliendo los esquemas más básicos de los manuales de golpe blando, se intentara una “manifestación”, que no pasó de un par de centenares de jóvenes y no tan jóvenes, frente al ministerio de cultura de Cuba, “exigiendo” más facilidades para los “artistas”. Lo que poco se ha dicho es que probablemente Cuba ha sido el país de la región que más ha hecho por la cultura de su pueblo y que dentro de los promotores de esa segunda puesta en escena antigubernamental y proestadounidense había reconocidos empleados de las estructuras estadounidenses dedicadas a financiar la subversión en la Isla, que llegaron incluso a pedir una intervención armada contra su propio pueblo..

Todo con el fin de darle curso al guion preestablecido, dirigido a alimentar el falso mito de la violación de los derechos humanos en Cuba, un país del tercer mundo donde más se respetan y veneran los derechos fundamentales de la población.

El segundo eje de la campaña, el terrorismo, vino de la mano del principal aliado de EE.UU. en Latinoamérica: Colombia.

Tras décadas de esfuerzos de Cuba en la búsqueda de la paz en ese país sudamericano, esfuerzos reconocidos por la ONU, la Unión Europea, Rusia, China y el resto de los países de la zona, el gobierno colombiano dio un portazo a la ayuda de la diplomacia antillana exigiendo la extradición de la delegación de paz de la guerrilla ELN, desplegada en Cuba, sede de las negociaciones, a pedido del gobierno que antecedió al actual mandatario colombiano, Iván Duque.

El insólito e ilegal pedido del presidente colombiano fue uno de los argumentos más “fuertes” esgrimidos por Trump para regresar a Cuba a la lista de países que supuestamente no colaboran en la lucha contra el terrorismo, lo que implica afectaciones económicas y políticas adicionales para el pueblo cubano.

Frente a estos hechos consumados, todos construidos milimétricamente y con el respaldo de los medios de comunicación, la vocera de la Casa Blanca anunció recientemente que no está entre las prioridades del ejecutivo de Biden un cambio de política hacia la Isla.

Sin dudas, Washington observa con detenimiento la posibilidad de que haya un estallido social en Cuba en medio de las duras limitaciones económicas y financieras; y esa oportunidad de ver caer a la Isla rebelde y digna no quieren dejarla pasar. En definitiva, Obama decidió dar los pocos pasos que dio respecto a Cuba en el último año de su segundo mandato, pero sin arrancar una sola concesión.

La intención de “democratizar” a Cuba, que no es otra cosa que destruir del proyecto alternativo socialista más hermoso y humano que se haya construido en el mundo, ha sido un anhelo de los halcones demócratas y republicanos, como también lo fue de la administración Obama, de la cual Biden fue su vicepresidente.

A la vez, se oyen voces que, tal y como sucedió en los años 90 del siglo pasado, le exigen a Cuba, concesiones para relajar el bloqueo y las medidas criminales que obstaculizan la vida diaria de los cubanos, postura injusta, pues la Isla es la agredida, la misma Isla que, como ningún otro país, le extendió la mano al mundo durante los momentos más duros de la pandemia del COVID.

La guerra económica de Estados Unidos contra Cuba debe cesar por criminal y anacrónica y porque éticamente es insostenible. Ojalá Biden, quien acaba de autorizar un bombardeo contra el pueblo sirio, y adopta la misma política de Trump con relación a Irán, sea lo suficientemente honorable y termine con este y otros crímenes cometidos por las sucesivas administraciones de su país. Mientras tanto, los que creyeron en el idilio, tendrán que comenzar a abrir nuevamente los ojos y apostarle a la lucha y a la resistencia frente al imperio.

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